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¡Moda, líbranos de la miseria!

Después de conquistar importantes pasarelas del mundo, esta mujer se dedicó a rescatar los tejidos tradicionales de su país para hacer de ellos una fuente de ingresos y desarrollo.

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Angélica Gallón Salazar
15 de enero de 2011 - 03:17 a. m.
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En 1994, Bibi Russell renunció a los tacones. A pesar de su porte de modelo, ése que le había valido ser la protagonista de desfiles de Yves Saint Laurent y Kenzo, decidió para siempre andar con la comodidad de unos tenis. Sus pies ya no andarían las plateadas pasarelas, se internarían más bien en caminos arenosos, en villas polvorientas en donde emprendería la búsqueda de esos humildes artesanos de Bangladesh que desde niña había visto y que la habían enamorado del color.

Si la moda era uno de los negocios más lucrativo del mundo, ¿por qué no usarla como una estrategia para crear desarrollo?, ¿por qué países como el suyo gastaban millones en tintes y químicos que manchaban los ríos cuando a veces se perdían en el olvido los oficios más nobles, esos excelsos que nacen de las manos, en donde ni siquiera la electricidad se necesita? Estas cuestiones asaltaban la cabeza de esta liviana mujer, quien luego de ser la primera bengalí en estudiar en el London College of Design en 1975 regresó a su país para tejer un puente entre esos artesanos que hilaban sentados en la calles y las grandes boutiques europeas. “Soñaba con crear una reputación mundial de todos esos textiles que recordaba de mi infancia y promover las telas tradicionales de Bangladesh como el khadi y jamdani”, asegura Russell, de visita por estos días en Bogotá para replicar en Colombia esas prácticas que han resultado efectivas con más de 35 mil artesanos bengalíes.

Su proyecto de recuperar los saberes más tradicionales de su tierra para tejer el algodón, la seda y el yute, su trabajo para regarle algo de tendencia e innovación a esos tejidos únicos que empezaban a deslumbrar a importantes casas de moda y su apuesta vital por crear su propia marca de ropa en la que se usaran telas completamente naturales —la mayoría tejidas por expertas costureras cabezas de familia— se convirtieron pronto en un modelo que recibió el apoyo de la Unesco y el reconocimiento mundial.

 “Se trata de usar la cultura y creatividad para erradicar la pobreza. No se trata de caridad, la gente con la que trabajo puede mostrar su talento al mundo con orgullo”, explica Russell, quien añade: “A través del arte y el diseño intento demostrarle al mundo las inmensas habilidades y conocimientos de los artistas locales de mi país, y con esto no sólo logro darle a la moda eso que tanto demanda, unicidad y novedad, sino que logro preservar una herencia, alentar la creatividad, crear oportunidades de trabajo, empoderar a las mujeres a sentirse útiles y contribuir a la erradicación de la pobreza”.

 Esta primera visita de Russell a Colombia, que incluyó la presentación de una colección de vívidos colores, tejidos transparentes y siluetas holgadas, forma parte de una serie de visitas y reuniones que la modelo y activista hará en conjunto con la Secretaría de Desarrollo Económico de Bogotá y un amplio grupo de artesanos locales que intentarán apropiarse de su lema: “Moda para el desarrollo”.

Por Angélica Gallón Salazar

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