Un talento brasileño para el mundo

Pabllo Vittar, voz de mujer y corazón latinoamericano

Ahí está Pabllo Vittar, una joya que se contonea sin vacilar en la imponente tarima de Rock In Río (2017) y que requisa al público con una mirada fugaz para expresarse a través de la música.

El primer gran salto de Pabllo Vittar a las pantallas fue en 2017, cuando junto a Major Lazer y Anitta (su coterránea) presentaron “Sua Cara”. Cortesía

La multitud enloquece, ¿y por qué no?, si vestida se encuentra de la Bella, entonando a todo pulmón, “I don't really need to look very much further, I don't wanna have to go where you don't follow, I won't hold it back again, this passion inside, Can't run from myself, There's nowhere to hide”. Entonces por un segundo vemos en su tez el R&B y soul de la joven Whitney Houston que en los 90 a peso de una voz soprano sublevó el góspel americano. Luego se desviste, sin más que unas mallas color almendra que le cubren hasta el torso y el maquillaje que aún dibuja el rostro de Bella, vemos a Pabllo Vittar, un brasileño de 23 años que acaba con los prejuicios de género, que se enfrenta a la categoría de ser mujer con la puesta en escena de una diva, histriónico en forma de Drag Queen, Pabllo Vittar se eleva entre las voces más controversiales de la actualidad.

Como un elemento de causa de liberación, la música ha gestado, ha sido canal y resultado de movimientos alrededor del globo, desde los Beatles (impulsando el hipismo) y Bob Dylan (en forma de folk), hasta la fusión de los ritmos latinos producto de una mezcla diseñada en las colonias del nuevo mundo. Es por eso que cuando aparece un artista como Pabllo Vittar, que nos saca de la cotidianidad de las tradiciones del continente, se vuelve a sentir el revuelo de la revolución, la ruptura de paradigmas a son de una voz aguda que entona un himno de independencia, no precisamente con letras que incitan a la rebelión, más bien con un performance amotinado en la mujer, brillante y de carácter fuerte. No es él, no es ella, es la voz de muchos que al igual que un Harvey Milk aluden a su libertad de ser humanos en este mundo plagado de contradicciones.

El primer gran salto de Pabllo Vittar a las pantallas que cruzan el Atlántico, lo sintió la globalidad en 2017 cuando junto a Major Lazer y Anitta (su coterránea) presentaron Sua Cara. El grupo de EDM y dancehall conformado por Diplo, Jillionaire y Walshy Fire sumaron sus potentes voces y le otorgaron matices electro a la particularidad de los sonidos brasileños. Las ventajas de la vida digital le dieron la ganancia de ser visto más de 307 millones de veces sólo en el video oficial de esta colaboración, y con la opulencia de un arma tan directa y diversa como internet logra hablar del poder de la resistencia en un escenario en el que el conocimiento está al alcance de todos. Entonces las que eran voces sesgadas del continente americano, de esa región que es considerada periferia, empiezan a ver la luz al ritmo del Electro Dance Music, el portugués como idioma deja de ser una barrera y la polémica que pretendían los más arraigados a las tradiciones, se disuelven en este mar de posibilidades.

La música ha sido un canal especial de construcción y difusión, y Pabllo Vittar lo ha sabido usar. La perspectiva se hace explicita, en un mundo teñido por las estructuras digitales, divorciado de la figura análoga, consciente de un Renacentismo cargado de tecnología. La verdad sobre los valores tradicionales se convierte en un discurso que se multiplica, y además se vuelve heterogéneo al contacto con la tierra.

Joséphine Baker, quien llevaba consigo coordenadas secretas disfrazadas, alzaba su voz en un canto que para aquella época parecía proveniente de una salvaje y exótica criatura descendiente del más antiguo de los continentes, hoy aparece como un ícono con piel de ébano, una pieza de arte con tesón político. Igual a ella es Pabllo Vittar, un fragmento, inconcluso sí, pero alucinante, una partitura teñida por los valores heredados de una colonia portuguesa, caminada por los esclavos que cruzaron el Atlántico por capricho del imperio y amortiguada por la efervescencia del fútbol como práctica.

Ahí está Pabllo Vittar, una joya latinoamericana que se contonea sin vacilar en la imponente tarima de Rock In Río (2017), que mira a Fergie, requisa al público con una mirada fugaz para lanzarse, hipnótica, a dar un show digno del Blond Ambition World Tour, y que tan polémico como la misma Madonna de los 90, se convierte en un propósito receloso para muchos y en una voz disonante para otros.