Mientras trenzan tiras de cabello artificial las mujeres van tejiendo la historia de San Basilio. En esta triada de color castaño claro se resume el camino hacia la libertad para este pequeño refugio palenquero.
En la primera porción de pelo va descifrada la ruta con la que dejaron atrás aquellos siglos de esclavitud. En sus cabezas, como si se tratara de la labor más exacta realizada por un cartógrafo, se dibujan senderos misteriosos por los que hombres y mujeres esclavizados se desplazaron con rumbo a sitios estratégicos alejados del centro de reclusión forzada. Integrantes de una misma familia se encargaron durante siglos de esta minuciosa labor y todos los caminos arenosos de la población y sus alrededores han sido plasmados en sus vistosos peinados. A través de ellos se cuenta su historia, se pregona su libertad y se observa la cotidianidad de su raza.
En la segunda fracción de esta triada de cabellos rizados tan sólo se insinúan las semillas, las piedras de oro y los diminutos utensilios que camuflados en sus peinados posibilitaron la supervivencia de las familias Cassiani, Hernández, Simarra y Tabalá, algunos de los primeros pobladores de esta región en el departamento del Bolívar.
Y en la última vertiente de la trenza están incorporadas, en símbolos y representaciones, las deidades más emblemáticas de la africana tradición Yoruba, de gran influencia para los moradores de la región.
En el Palenque de San Basilio vive Adriana, 14 años. Ella no sabe cómo aprendió a peinar y posiblemente desconoce el trasfondo cultural y social que está dibujando en la cabeza de Ney. Lleva más de media vida ejerciendo esta actividad y su destreza en los dedos es tan grande que se puede dar el lujo de estar más pendiente de la televisión que del futuro estético de su amiga, quien de vez en cuando le quita los ojos de encima a Víctor, el protagonista de una telenovela venezolana, para coquetearle al espejo. “Somos tú y yo / hasta el final. / Nada ni nadie podrá separar / y el tiempo nunca nos va a cambiar /”, repiten en coro un fragmento de la banda sonora mientras se acerca un corte de comerciales.
Por su parte, Ney, 13 años, hace más fácil el trabajo de Adriana y tiene la misión de realizarse algunas trenzas para que no la coja desarreglada la inauguración del Festival de Tambores y Expresiones Culturales de Palenque. El compromiso es que después Ney asuma la mecedora, el consabido trono de vaivén, y su amiga se disponga en el piso para someterse al proceso de embellecimiento personal. “Estos pelos son de caballo, eso es lo que dicen”, manifiesta Ney mientras trenza de manera hábil una pequeña parte de su pelo.
Sin embargo, estas jóvenes son apenas dos de las cientos de mujeres que hacen y se dejan hacer trenzas en cualquier esquina de la población. Por pura información genética son capaces, muy rápido, de transformar un afro corto en toda una obra de arte. “Pitillo, zigzag, dos puntos, la puerca parida, bejuco zulumbí y los caminos de Palenque son algunos de los estilos que hacemos aquí con este material sintético que se compra por $5.000 el metro en el caso del producto nacional y $6.000 el paquete si se trata del pelo venezolano”, comenta Josefa Hernández, quien invirtió en su peinado más de $15.000. Ella, como líder cultural, se ha preocupado por estudiar los fenómenos sociales de su raza, y desenrollando su compleja moña dice que la actividad del peinado es muy interactiva, pues siempre reúne a seis o siete mujeres bajo la sombra de un frondoso árbol.
Josefa o Chepa, como se le conoce en el entorno de la plaza principal, estudia Lingüística en la Universidad de Cartagena y el día en el que su hermana le hace las trenzas se siente capaz de conquistar el mundo. Pero el ritual del peinado no está precisamente ligado con una provocación sexual. Su fin supera los límites de la estética. “Para nosotros el trenzado es una especie de amuleto para el cuerpo. Nos gusta trabajar siempre los números impares porque se dice que hay que dejar un espacio para que salgan las cosas malas. Los impares te protegen de lo bueno y hacen que lo malo tenga por dónde salir”, asegura Moraima Simarra, docente de profesión y experta en la cultura palenquera.
Moraima, Chepa, Ney y Adriana saben que cada peinado tiene su ocasión. Y estos calurosos días de fiesta ameritan portar sus moñas apuntando hacia arriba, mientras que los peinados que caen los dejan para desarrollar sus actividades diarias. “Tenemos peinados que acompañan hasta el ritual del lumbalú”, confirma Moraima, la orgullosa portadora de un peinado de Dos puntos, en el que se destacan los ejes de San Basilio: la plaza principal y el arroyo. El primero está ubicado en la parte frontal de su cabeza y el segundo se ubica muy cerca de su oreja derecha. Ella, como si recorriera con sus pasos el camino desde el centro hasta la fuente de agua del pueblo, mueve su dedo por su cuero cabelludo y asegura que muy pocas cosas en el Palenque carecen de significado.
Por eso no es gratuito que hayan sido las mujeres las comisionadas para guardar en sus trenzas el secreto de la libertad. La estética masculina, por su parte, está dominada por los cortes a ras y los pocos que se hacen trenzas optan, por tradición y respeto, por los peinados hacia abajo. Es un oficio tan relacionado con las labores domésticas que ningún hombre en esta población a 45 minutos de Cartagena tiene desarrollada la habilidad de trenzar.
Las mujeres más diestras en el arte del borde balay (nombre dado a una artesanía en forma de ponchera en la que se arrojan los deshechos resultantes de la elaboración del arroz y el maíz) pueden tardar dos horas en cada cabeza. Es el caso de Keila Regina Miranda, quien aprovechó una tarde de su semana de receso en el colegio para acicalar a cinco de sus compañeras a cambio de una sonrisa.
“La gente pregunta que si el trenzado se hace con alguna herramienta, pero los dedos son nuestro único instrumento. Aquí nadie le enseña a nadie porque se aprende viendo. Cuando yo llego de Cartagena mi mamá me da quejas y me dice: Moraima, tu hija no ha hecho nada de oficio por estar peinando a las amigas, pero ella no ha tenido tiempo para que la peinen y pregúntale si alguien le dio algo”, dice mostrando sus enormes dientes.
En este ejercicio manual, artesanal y tradicional, las mujeres van tejiendo una suerte de telaraña, una red en la que se mezclan pelos naturales con fibras artificiales dejando al descubierto buena parte del cuero cabelludo con el fin de facilitar el acceso de las buenas ideas y entablar una relación, sin intermediarios, con el entorno.
Los peinados de esta raza que un día fue esclavizada son una muestra contundente de su esencia africana, pero también una demostración de su ingenio y su capacidad para enfrentar el mundo. En la parte interior de sus cabezas está el recuerdo de su pasado y por fuera una manifestación contundente de su libertad, cuya celebración se teje, tal como sus trenzas, día a día.
El festival de tambores
Lo más importante del Festival de Tambores y Expresiones Culturales del Palenque de San Basilio es su carácter integrador. Toda la comunidad, sin importar la edad, se vuelca en torno a la conservación y divulgación de las manifestaciones autóctonas de la comunidad.
En las 14 versiones que lleva este particular encuentro se ha logrado convertir en el espacio en que se manifiesta, de una forma viva y cambiante, el patrimonio inmaterial de este resguardo africano, considerado el primer pueblo libre de América Latina.
El segundo fin de semana de octubre se institucionalizó la realización del festival, en el que se incluyen muestras folclóricas, actividades gastronómicas y jornadas de integración. Invitados nacionales y extranjeros confirman la consolidación de este evento.
San Basilio, el sueño de Benkos Biohó
Benkos Biohó, a quien muchos nativos llaman Domingo Biojó, es la guía espiritual del Palenque de San Basilio. Este negro cimarrón, traído como esclavo desde Guinea (África), nunca reprimió sus deseos de libertad y después de varios años de una lucha incansable, la consiguió.
En 1599 se escapó, junto con su mujer, sus hijos y otros esclavizados más hacia la región de los Montes de María. Allí se refugió, se hizo fuerte y seis años después la Corona decidió firmar un acuerdo con los liderados de Biohó, en el que se eliminaban los ataques cuyos objetivos militares fueran los cimarrones, palenqueros y mulatos. Sin embargo, la paz y la libertad para este refugio africano rodeado de palos (de ahí su nombre “Palenque”) se concretaron entre 1612 y 1613. Por eso se dice que San Basilio es el primer pueblo libre de América y en la actualidad es el único palenque existente en Colombia.