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En las próximas semanas los dos canales privados estrenarán sus nuevas producciones.
Ambas abordarán un tema espinoso: las relaciones interpersonales y de convivencia entre aquellos ángeles o demonios que los colombianos han coincidido en llamar, simplemente, vecinos.
Los inquilinos de la casa RCN preparan el lanzamiento de la telenovela Aquí no hay quien viva, del director Sergio Osorio. Un elenco de lujo, en el que figuran Jorge Enrique Abello, Patrick Delmas, Yaneth Waldman, Jimmy Vásquez, Dora Cadavid y Vicky Hernández, entre otros actores, formará parte de este proyecto.
Mientras tanto, Caracol estrenará su producción Vecinos, cuyos protagonistas son Robinson Díaz y Flora Martínez.
A propósito del enfrentamiento, El Espectador reunió a varias personalidades para que contaran anécdotas particulares que hayan tenido con aquel personaje con quien comparten zonas comunales, escaleras, ascensores, parqueaderos, jardines, terrazas, voces que se cuelan por los canales de ventilación y todas aquellas minucias que por lo menos alguna vez en la vida les hayan producido sonrisas o disgustos.
Personajes públicos echaron su cuento para confirmar que cualquier parecido con la realidad de un barrio es pura coincidencia.
DANIEL SAMPER OSPINA
La decoración de mi casa no suele ser muy convencional: hay elementos de la cultura popular tanto colombiana como mexicana. En el apartamento había, y hay, una rocola, un juego de rana, sillas de cafetería, una bola de espejos, altares para Chavela Vargas, para el Santa Fe, para Joaquín Sabina, y en general mucho colorido.Un día encontré la carta de un vecino que se quejaba de todo eso. Decía que desde afuera se alcanzaba a ver la estruendosa decoración de mi casa, y que aun en la terraza saltaban a la vista muchos colores y perendengues que ensuciaban la vecindad.
Fue tal mi nivel de desconcierto, y mi incapacidad para asimilar semejante gesto de intolerancia, pero sobre todo de falta de oficio para husmear cómo decoran los demás sus casas, que le respondí con una carta en la que aceptaba que él me dijera cómo y con qué podía hacer la decoración de mi apartamento, siempre y cuando a cambio yo pudiera hacer con él exactamente lo mismoQuedé tan sorprendido de que una persona en teoría estudiada —porque, según él, era arquitecto— mostrara tal grado de torpeza para convivir, tal grado de descortesía, que tanto mi esposa como yo pensábamos que era una broma. Pero no era una broma. Él insistió con una carta más agresiva que la anterior, que desde luego no le respondimos, y que venía firmada con su nombre, que si no me falla la memoria era Alejandro Ossa.
Nunca supe bien quién era; nunca me dijo nada en la cara; no sé aun cuál será su físico o su edad. Pero guardo la esperanza de que este Alejandro Ossa tenga una edad que excuse sus cartas infantiles: unos doce años, máximo trece, al menos de madurez.
MARCELA CARVAJAL
En un apartamento que tenía en el Bosque Izquierdo, tuve un vecino fantástico. En uno de los apartamentos, que no eran muchos, vivía el pintor Giangrandi y las puertas de su casa se fundían con el espacio comunal porque era como si estuvieran siempre abiertas. Pasaba mucho por su casa para hablar e iba a las divertidas fiestas que organizaba. El hecho de que él estuviera en el edificio, daba la sensación de estar todo el tiempo en casa. Tuve otro apartamento en el mismo barrio que pertenecía a Antanas Mockus. Me tocó aguantarme miles de llamadas para el alcalde, a las horas más absurdas, de estaciones radiales que nunca había escuchado para pedir mil opiniones. Muchas personas creían que yo lo estaba negando y no desistían en seguir llamando.
GUSTAVO GÓMEZ
Soy de una época cuando los barrios eran habitados por gente. Ya no es así. Vivo en la misma cuadra hace treinta años. Sí, en serio: hace treinta años. Hoy mis vecinos son los administradores de una casa-almacén de uniformes para trabajo pesado, unos médicos alternativos que regentan una casa-consultorio, una mujer oscura que está al frente de lo que parece ser una casa-hogar para niños abandonados, un pastor que despacha desde una casa-templo y que cada sábado tiene servicio con canto de nada celestiales decibeles y, claro, montones de perros que la gente deja encerrados para que ladren día y noche, pues ya se sabe que cuando la gente no está, los animales se convierten, acosados por la soledad, en máquinas de ruido.
¡Ah!, y a dos cuadras una de esas megacorporaciones de salud levantó una clínica muy cerca de donde una constructora levantará, eludiendo las normas de planeación y en connivencia con un torcido curador urbano, un centro de negocios. Yo vivía en un barrio hace tres décadas. Ahora vivo en una casa-cárcel. Qué dicha grande la de aquellos años en que los barrios eran barrios y no guetos comerciales.
KARL TROLLER
El peor vecino que he tenido se llama el Portal de la Antigua, porque la rumba empezaba en la mitad de la semana e iba hasta el final, siempre hasta las 3:00 a.m. Los miércoles eran de Heavy Metal, los jueves de Tango y viernes y sábados de CrossOver. A eso se le unía la chiva rumbera que pasaba cada 20 minutos, más la pitadera de los camiones en la madrugada que descargaban la mercancía de un supermercado. El ambiente era imposible tanto de día como de noche. Hubiera querido lanzar una pipeta de gas, pero el único que tenía era el del BBQ y no me alcanzaba. Como no logré sacarlos del vecindario, me tocó irme. Me fui lo más lejos posible y ahora estoy en un sitio donde no escapé al vecino rumbero, sólo que éste hace fiestas de tres días seguidos. A eso también hay que sumarle la obra de Peñas Blancas y la referencia obligada es que Juanes compró el penthouse. Estoy pensando seriamente en irme a Ráquira, al menos los carrangueros son más acústicos.
ALEJANDRA AZCÁRATE
Mi vecino actual es buenísimo, estoy muy feliz con él. Él se ingenió una muy buena técnica. Hace tiempo, para evitar las molestias de los vecinos cuando hace alguna reunión o fiesta, él me deja en la puerta una torta y una invitación para que yo haga parte de ella. Cuando hace esto se echa todos los vecinos al bolsillo. Soy muy buena vecina, nunca me han hecho reclamos, ni llamados de atención y mucho menos he tenido conflicto con alguien.
MANUEL TEODORO
En 1993 vivía en el Edificio Cervantes, en la calle 92 con carrera 11. Recuerdo en especial a mi vecina Ani Zamorano, quien hoy en día es mi esposa y la mamá de mis dos hijos. Siempre la veía con jeans y botas de vaquero y me parecía que estaba buenísima. Le preguntaba a José, el portero, quién era esa chica que estaba en la portería, y le mandaba saludos. Ella nunca decía nada y yo no le gustaba. Veía que los buzones de ella estaban siempre con la revista ‘Time’ y ‘National Geographic’, y eran las mismas que yo recibía. Me sirve, pensaba. Se fue de ese edificio y como al año me la invitaron en una cita a ciegas a un paseo a Girardot. Inmediatamente me di cuenta de que era la vecina que siempre me había gustado.