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Raúl Fajardo Moreno

La mayor herencia que deja este arquitecto antioqueño es la dignidad.

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El Espectador
04 de agosto de 2012 - 03:00 a. m.
Raúl Fajardo Moreno en los años 80.  / Cortesía El Mundo
Raúl Fajardo Moreno en los años 80. / Cortesía El Mundo
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Si usted está en el centro de Medellín y mira hacia arriba verá las puntas de los dos rascacielos más altos de la ciudad: el edificio Coltejer y el edificio del Banco Cafetero. Ambos fueron construidos y en buena parte diseñados por el mismo arquitecto, Raúl Fajardo Moreno, fallecido esta semana en la capital de Antioquia a los 83 años. Pero si su mirada por la ciudad no se dirige hacia lo alto sino a una dimensión más humana, allí también se destacan las obras realizadas por el mismo constructor: la Ciudad Universitaria de la Universidad de Antioquia, el emblemático edificio donde está la sede principal de Suramericana de Seguros, con uno de los entornos urbanos mejor planeados de la ciudad, y el Centro Comercial Oviedo.

Sin embargo, los edificios no son el mayor legado de este buen antioqueño que afrontó con una serenidad ejemplar la última prueba vital de la enfermedad; su mayor herencia es una estela de bonhomía y dignidad. Raúl Fajardo fue una persona afable y decente, que por su don de gentes e inmensa simpatía se ganó también el aprecio y el respeto de sus colegas y sus conciudadanos, y el amor entrañable de su familia. A esta herencia de dignidad tendrá que hacer honor su hijo más destacado, Sergio Fajardo Valderrama, quien ha hecho de la transparencia y de la lucha contra la corrupción una bandera en su actual desempeño político como gobernador de Antioquia.

En una sociedad como la antioqueña, que estuvo lacerada por las mafias del narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares, también surgieron ciudadanos íntegros que al morir dejan recuerdos amables y obras benéficas para una ciudad como Medellín, que si bien a veces pareció haber perdido su rumbo, gracias a hombres como Raúl Fajardo Moreno fue capaz de mantener la confianza en un futuro digno y en una redención de las múltiples violencias que no pudieron derrotar a las personas de buenas intenciones y de buen corazón. Hay padres y abuelos que se van y su partida deja una honda tristeza, pero también, como en las coplas de don Jorge Manrique, “aunque la vida perdió, dejónos harto consuelo su memoria”.

Por El Espectador

 

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