La familia Cárdenas es lo que podría llamarse el germen de una dinastía de pintores desprovistos de las frivolidades y las vanidades de un mundo que a veces parece más un espectáculo.
Todo comenzó cuando Juan Cárdenas regresó a Colombia. Después de 20 años de haber permanecido en Estados Unidos, Juan Antonio Roda lo llamó para ofrecerle la clase de dibujo anatómico en la Universidad de los Andes. Era la época dorada de la facultad de Bellas Artes porque todos los que fueron profesores son quienes hoy en día forman la historia del arte colombiano, como Luis Caballero, Roda, Carlos Rojas, Santiago Cárdenas, entre otros.
Con la rigurosidad que lo caracteriza, llevó el aprendizaje hasta sus últimas consecuencias, haciendo que sus alumnos visitaran el anfiteatro de la facultad de medicina de la Universidad Javeriana para que vieran de primera mano los cadáveres. Esta práctica, como era de esperarse, tuvo que suspenderla por el creciente número de desmayos. Paradójicamente, entre corazones, hígados y todo tipo de órganos sumergidos en formol y un ambiente algo grotesco, conoció a su actual esposa, la artista Mónica Meira. Miguel y Verónica Cárdenas vendrían después a formar parte de este hogar donde el talento se pega en las paredes. Crecieron con un lápiz en la mano, entre caballetes, el olor del óleo y la trementina y no es de asombrarse que los dos hayan decidido convertir la pintura en su actual oficio.
La descendencia
Miguel siguió los mismos pasos de su padre al graduarse de artes en la misma universidad, el Rhode Island School of Design. En este momento vive en Nueva York, donde por su apariencia de eterna juventud es difícil creer que lleva los zapatos del profesor. Dicta clases de dibujo y es el coordinador del programa de verano de artes visuales en Columbia University. Además, como crítico invitado es su responsabilidad ver la obra de los estudiantes durante el semestre y hacer las anotaciones respectivas. Su tiempo lo reparte entre la academia y su taller, pintando cuadros y haciendo esculturas donde elucubra sobre los recuerdos de la selva y la interacción de la naturaleza con la arquitectura.
Así como su padre, quien en un momento de su vida intentó girar el timón a babor aplicando a la academia militar West Point, Verónica tuvo pocas posibilidades de salirse del destino de la pintura. A pesar de que estudió flauta traversa, el gen de las artes plásticas se manifestó y terminó por atacarla.
Hoy, Verónica toma clases de carpintería en la Escuela de Artes y Oficios de Santo Domingo y hace esculturas en madera. A pesar de la reticencia en la adolescencia a querer pintar, se dio cuenta de que todo lo necesitaba plasmar en un papel a través del dibujo. Por medio de la pintura y de la escultura, Verónica resuelve diferentes inquietudes y por eso no puede dejar de combinarlas. Los temas, como los paisajes e interiores, han sido parte de la influencia de la pintura de sus padres. Tanto Miguel como Verónica aseguran que más que influencia, son aprendizajes lo que han recibido de sus progenitores. Cada miembro de la familia tiene su propia personalidad, un mundo propio y una manera para desarrollar su obra. Es también ahí, en ese núcleo familiar, donde encuentran mutuamente las críticas más implacables.
La casa y la obra
Buscando un espacio alejado de la ciudad, Juan y Mónica compraron a mediados de los años 70 un lote en San José de Bavaria, el campo profundo para la época. Trazaron varios papeles y llegaron a un diseño que fue traducido en cortes, perspectiva y arquitectura por el reconocido Jacques Mosseri, el esposo de Ana Mercedes Hoyos. A pesar de que la urbanización los rodea, hoy la casa sigue siendo ese oasis que concibieron al principio.
Sorprenden los muros escasos de la obra de Juan, a excepción de tres cuadros, uno arriba de la chimenea y los próceres que acompañan el comedor. La mayoría de las pinturas que están colgadas en la casa son de Mónica, seguida por las de sus hijos. Esto no corresponde a una pugna de poderes ni intenciones de figurar de ninguno de los integrantes, sino que la obra de Juan tiene una particularidad: está en continuo proceso. “Cuando creo haber terminado un cuadro, lo sigo cambiando, lo rasgo y no puedo evitar seguir interviniéndolo a menos de que me lo quiten de las manos o me lo compren.
Yo hacía esto al principio sin darme cuenta por la naturaleza de la obra, porque es un pensamiento en constante evolución y me parece interesante como concepto de arte moderno, de arte de vanguardia. No conozco a nadie que lo haya hecho consistentemente. Me intriga a mí también”. Como anécdota recuerda que algún día recibió un cuadro suyo porque había sufrido un percance. Comenzó a retocarlo, pero no le gustó, así que raspó hasta terminar cambiándolo totalmente. Cuando la señora recogió su cuadro, éste no tenía nada que ver con el original.
Su obra no es tan conocida en Colombia como la de su hermano Santiago Cárdenas, con quien mantiene una gran amistad y colaboración en vez de competencia, pues la mayor parte de su carrera se ha desarrollado en el exterior. De hecho es artista exclusivo de la galería francesa Claude Bernard, que lo ha representando en los últimos años. Por otra parte, sus exposiciones en Colombia han sido pocas, no por falta de voluntad, sino porque la obra figurativa es muy demorada y escasa, y por lo tanto tiene que pensar cuidadosamente dónde la va a exponer.
En 2001 expuso por última vez en Colombia una retrospectiva en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Esta vez lo hace en el marco del Festival de Música de Cartagena en el Museo de Arte Moderno de esta ciudad. Dentro de las obras expuestas se encuentra su más reciente creación, la cual recibió las últimas pinceladas al comienzo de este año. Este tríptico sigue la misma orientación de su recorrido artístico: abstraccionismo figurativo que se traduce en sátiras y comentarios sobre la historia del arte desde Velázquez hasta Duchamp. “Lo que hago es una especie de arqueología en pintura. He cogido aspectos de la vida histórica de Colombia y he tratado de reconstruir personajes e historias que no existen para dejarle un legado al país”.
En efecto, el primer cuadro de este tríptico tiene una clara referencia a Velázquez, uno de sus grandes héroes porque su pensamiento sigue aún vigente en pleno siglo XXI. Y si de influencias se trata, según Juan, es en los años de juventud donde se es más vulnerable a ellas “La influencia es saludable porque nadie es una isla ni lo debe ser. Pero en la medida que van pasando los años, uno siente más la necesidad de comentar sobre sus vivencias que las de los personajes que admira. Llega un punto en donde uno se dice: ‘He participado suficiente de la vida que yo quisiera poder comentar lo que yo he vivido’. Y ahí comienza uno a hacer lo de uno, pero hay mucho artista que nunca lo hace”.
La pareja
Juan y Mónica tuvieron como proyecto conjunto el cine experimental, que aún está en estado en remojo. De resto, comparten los espacios para hacer las mismas cosas pero por separado. Es imposible hablar de la obra de Juan Cárdenas sin incluir a su familia, que tantas veces ha sido retratada. La musa es sin duda alguna su esposa, quien se dio cuenta realmente del impacto causado al verse retratada en sus cuadros. “En el último libro sobre Juan, no sólo vi todo el desarrollo de su obra, sino toda nuestra vida en evolución. Fue muy impactante. Vi nuestra vida en cuadros, como cuando se congela un pedacito de la vida ahí”, afirma Mónica.
Transitan entre la ruta Nueva York-Bogotá y no conciben vivir de alguna otra manera. “Nueva York es un reto constante, es un estímulo impresionante y un derroche de ideas. Está uno en medio del pensamiento actual contemporáneo con la música, el teatro, las exposiciones, los libros y las publicaciones”, asegura Mónica, a pesar de que encuentre difícil desconectarse y enchufarse cada seis meses con una nueva dinámica. Por otra parte, Bogotá es como esa enzima que permite digerir todo el remolino que nutre y que los mide con todo. Bogotá es el espacio, la naturaleza, los amigos. Es, al final, el verdadero hogar, ése que los reúne por encima del talento que se confirma como genético.