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El periodista caminaba, abandonado del mundo, por la carrera 7ª de Bogotá. En una de sus manos, un porro. En sus oídos, unos audífonos, y a un volumen que apagaba totalmente el ruido de los buses, de la ciudad, del resto de la vida, la canción Máter España, de Joaquín Sabina. “Madrastra España a la hora de la siesta/ la puta que se enamora, la fruta que se indigesta/ que al filo de la cucaña mira pa otro lado./ Bendita España de Azañas y Machados”. Una esquina, otra esquina. Y en cualquier esquina, una camioneta esperando el semáforo y en ella el mismísimo genio de Úbeda, Joaquín Ramón Martínez Sabina. Como en un guión escrito por Woody Allen.
— ¡Heyyyy, te estoy escuchando!
— ¿Ah sí? ¿Y qué escuchas, tíooo?
Sucedió ayer y sucedió porque uno de los cantautores en idioma castellano más celebrados de todos los tiempos —“el poeta que canta”, “el músico poeta”, le han llamado— se encuentra en el país para ofrecer, por tercera vez en cinco años, sus conciertos. Esta vez, presentará el melancólico, rockero y romántico (como siempre, disparando al corazón) Vinagre y Rosas, su disco número 19. Antes, el ex periodista, íntimo amigo de Gabriel García Márquez, hijo de un policía, uno de cuyos mayores orgullos es tener más de 10 mil títulos en su biblioteca personal, habló con la prensa en uno de los salones del hotel en el que se hospeda.
Un vaso grande de cerveza, algo de hielo y muchos micrófonos esperaban a Sabina, quien llegó al encuentro 45 minutos tarde y en compañía de su guitarrista, productor, arreglista y amigo desde hace 28 años, Pancho Varona. “Pero, ¡qué manera de madrugar!”, dijo vestido de gorro, chaleco de colores, camisa azul y pañoleta rojiblanca al cuello.
El hombre que alguna vez aseguró que una buena canción es una mezcla entre una buena letra, una buena música, una buena interpretación, un buen arreglo y algo más que nadie sabe lo que es, pero es lo único que importa, declaró, de entrada, sentirse un poco huérfano en su regreso al país sin la gigantesca sombra de Serrat —Joan Manuel Serrat, con quien hizo la gira ‘Dos pájaros de un tiro’—. “Pero tiene sus ventajas. Ya no le tengo que dar la mitad de mi sueldo”.
Entre sorbo y sorbo de cerveza, Joaquín, quien en más de una ocasión ha recabado para sí su derecho a contradecirse lo que le dé le gana, cuenta que no habla más de política en público. Quiere pasar tranquilos estos días en Colombia y por eso no se refiere al proceso electoral del que todo el mundo habla y pregunta. “No se imaginan las broncas terribles cada vez que opino de política en un país. Lo único que diré es que un cambio no les vendría nada mal”.
Y enseguida habla del encanto de su música y del nuevo CD, que escribió en Praga a cuatro manos con el escritor español Benjamín Prado. (“Vine a Praga a fundar una ciudad/ una noche a las 10 de la mañana”). Busca un público “un poquito sofisticado desde el punto de vista poético”, sin ningún mensaje particular para trasmitir. Tiene rock ‘rollingstoneano’, lamento mexicano, canciones de amor, cómo no, un blues y un tema dedicado a Violeta Parra —Violetas para Violeta—. “No se qué tiene Vinagre y Rosas, pero bienvenidos sean los oídos cómplices que lo han acogido”.
Sabina, quien se presentará en la capital hoy y en Medellín el próximo martes, aprovecha para anunciar que grabará un trabajo con Calle 13 y que no se le mediría a escribir un vallenato. “Aunque he disfrutado muchos con el Gabo y con Daniel Samper Pizano”.
Ahora que la nariz “sólo sirve para respirar”, les dice a los jóvenes que manden los videojuegos a la mierda. Entonces, toma de su vaso. Se despide. Sale como un rayo del salón. Prende un cigarrillo. Seguramente, va a seguir escribiendo. Canciones inteligentes, del alma, escritas “con el corazón y no con la calculadora”.
Panchito, eterno compañero
El guitarrista y arreglista madrileño Pancho Varona es, junto a Antonio García de Diego, el músico que más tiempo ha permanecido trabajando con Joaquín Sabina. Más allá de eso, es el cómplice de infinitas noches y madrugadas en las que ambos han compuesto más de 100 canciones a lo largo de 28 años.
Se conocieron en el mítico bar ‘La Mandrágora’, en el que el entonces desconocido Joaquín, un veinteañero romántico que fue apresado por su propio padre policía durante una manifestación contra la dictadura, se presentaba eventualmente.
Cualquier día, uno, no importa cuál, le pidió cigarrillos al otro. Panchito, como lo llaman en su círculo íntimo y algunos fanáticos, por la época estaba aplicando a un cargo en el Ministerio de Defensa. “Tocaba la guitarra, pero no se me pasaba por la cabeza vivir de ella”.
Dejó todo por su Sabina, a quien también ha dejado de vez en cuando, especialmente en los momentos en que los dos se sienten agotados creativamente. Varona no estuvo en 19 días y 500 noches, el que es considerado el mejor disco de Joaquín Sabina. “Pero siempre estaremos juntos”, dice el reconocido Panchito, quien le ha compuesto temas a artistas como Ana Belén y ahora anda obsesionado con los Beatles. “Los he amado siempre, pero hace como un año que pienso mucho en ellos. Sueño con conocer a los dos que quedan vivos”.
Este sábado, Coliseo Cubierto El Campín a partir de las 8 pm. Informes y boletería: 5 93 63 00 y www.tuboleta.com