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Se metió de 'chanfle'

Lo más serio que hizo el comediante mexicano fue resaltar la cotidianidad del continente. Con detalles inundó las pantallas durante más de cuatro décadas.

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Juan Carlos Piedrahíta B.
30 de noviembre de 2014 - 02:00 a. m.
Roberto Gómez Bolaños (1929 -2014) durante la grabación de una escena del Chapulín Colorado, el superhéroe cuyo segundo apellido es Lane.   / Archivo particular
Roberto Gómez Bolaños (1929 -2014) durante la grabación de una escena del Chapulín Colorado, el superhéroe cuyo segundo apellido es Lane. / Archivo particular
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“Bogotá es un país que queda en Norteamérica del sur”, ilustra Don Ramón a la Chilindrina y al Chavo en un capítulo de la exitosa serie mexicana. En este mismo episodio, que como forma de respeto al público nunca tuvo risas grabadas, se dice que Doña Cleotilde (La Bruja del 71) no está en la Vecindad y que no ha llegado de su recorrido por la capital colombiana, lugar en el que se desarrolló, en la realidad y no en ficción, un congreso de brujería en 1973, organizado por Simón González, exgobernador de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

A este mismo lugar del planeta arribó en varias oportunidades Roberto Gómez Bolaños, el creador de la Bruja, de Kiko, de Don Ramón y de muchos otros personajes con los que quedó demostrado que el humor audiovisual no es una cosa distinta al manejo mágico de la sencillez. Y en eso este hombre, experto en la elaboración de libretos, diestro en la construcción de personajes cotidianos y con una habilidad única para crear situaciones cómicas, fue un maestro.

El Chavo del Ocho, el Chapulín Colorado, el Doctor Chapatín, Chaparrón Bonaparte, Vicente Chambón y el Chómpiras quedaron atrás en la cotidianidad de Gómez Bolaños hace varios años, aunque estuvieron presentes dentro de su barril (porque no era un baúl) creativo en su última aparición artística, la comedia teatral 11 y 12, que se mantuvo por casi una década en temporada y que sirvió como pretexto para su visita final a Colombia.

Sobre las tablas, el comediante mexicano ponía al servicio del personaje de Eloy Madrazo sus habilidades como clown. Con la movilidad disminuida y guiado por instrucciones visuales, porque durante los últimos años casi no escuchaba, recurría a Florinda Meza, su esposa, quien le servía como traductora y no lo desamparaba ni en el escenario ni en el contacto personal con los periodistas.

El montaje 11 y 12 no es del todo ajeno a las creaciones anteriores de Chespirito, pues este Eloy Madrazo, un camionero que tiene la posibilidad de vender sus órganos y en los momentos de disgusto emplea números para no pronunciar malas palabras, es una suerte de primo hermano del Chómpiras. El verdadero nombre del caquito que se resocializó y trabajó como botones en el Hotel... Lucho es, sin ir más lejos, Aquiles Esquivel Madrazo.

“Lo que uno hace sobre las tablas no se publica mucho, pero ahora con 11 y 12 hemos roto todos los récords. La temporada de estreno, que fue en el 92 y duró hasta el 99, fue maravillosa. Con todos mis montajes (Silencio, recámara, acción; Títere, y Milagro y magia) he tenido la suerte de contar con el favor del público y eso es esencial para mí”, comentó Roberto Gómez Bolaños.

Con más de 80 años aceptó realizar una gira teatral, que sólo se vio interrumpida momentáneamente por el fenómeno de la gripe porcina. Postergó las fechas y cuando el peligro dejó de existir tomó un avión para entrar en contacto directo con el público. La misma entereza que tuvo para estar sobre las tablas cuando muchos a su edad ya hacen uso de buen retiro, la exhibió durante las primeras épocas de su consolidación.

Roberto Gómez Bolaños se le midió con más de cuatro décadas encima a representar a un niño de ocho años y a un superhéroe que, a pesar de su torpeza, estaba obligado a efectuar saltos casi acrobáticos para que sus memorables caídas quedaran registradas. Con todos sus personajes incluido Vicente Chambón, el intrépido reportero del periódico ‘La Chicharra’, el comediante mexicano logró darle relevancia a la letra ‘ch’, que resulta para muchos secundaria dentro del alfabeto en castellano.

Esa fue una de sus primeras iniciativas, poner a circular en el ambiente una letra compuesta y que en el repaso del abecedario ni siguiera se nombra. Lo mismo hizo con el Chapulín Colorado, cuyo segundo apellido es Lane (como Luisa, la novia de Clark Kent), que no estaba diseñado para ser representado por su creador. Sin embargo, al ver que nadie más daba el paso adelante para su personificación, Chespirito decidió darle vuelo a su idea poniéndole carne y hueso. Inicialmente no era rosado sino azul, pero, de nuevo, se dejó llevar por un tono de media tinta.

Un superhéroe de América Latina no podía usar los colores del denominado, en ese entonces, Primer Mundo, así que fue ‘Colorado’, también gracias al apellido paterno (Pantaleón Colorado y Roto).

Muchos de los desarrollos propuestos en escena por Roberto Gómez Bolaños eran asimilados de la relación con su familia, con sus hijos principalmente. Los salticos que daba el Chavo del Ocho cuando celebraba una invitación a ‘juegar’ (“y entonces yo juego y empiezo y gano y...”) son una radiografía de los movimientos de una de sus hijas cuando le traían un nuevo muñeco.

En serio, el comediante mexicano abrió su corazón para reflejar la esencia del continente y se llevó todos los aplausos. Hizo un gol, como los tan festejados de Enrique Borja, y, de chanfle, se metió en la historia.

Por Juan Carlos Piedrahíta B.

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