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"Ser diseñador fue inevitable": Jorge Duque

El colombiano fue el gran ganador de Project Runway.

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Liliana López Sorzano
14 de diciembre de 2010 - 03:10 a. m.
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“Creo que puedes ir empacando las maletas de una vez”, le vaticinó uno de los concursantes a Jorge Duque en la primera semana de integración al conocer que era el único diseñador autodidacta del grupo de 15 participantes. No sólo fueron antipáticas sus palabras, sino además muy equivocadas porque el colombiano, de origen y hablado paisa pero bogotano de corazón, fue el gran ganador de Project Runway.

Fueron tres meses de convivencia en Buenos Aires y de aislamiento (los concursantes no podían ver TV ni leer ni acceder a internet) durante los cuales cada día de por medio se les asignaba un nuevo desafío: diseñar un vestido inspirados en un género cinematográfico, otro para una mujer MasterCard, crear un outfit para una mujer profesional, otro con materiales no convencionales, entre muchos más. Ya en la pasarela los diseños de todos eran evaluados por los jueces de manera implacable. Duque demostró durante toda la competencia entrega, cumplimiento y prolijidad en sus creaciones, que se complementaban con la manera como defendía cada prenda. Cumplía con las tareas y a pesar de que era el único que no había estudiado diseño de modas, era uno de los más expertos en cuestión de moldes.

Contra todo pronóstico, se formó como fisioterapeuta y fue esta carrera formal la que, asegura, le dio una base sólida y estructural. Desde que tiene uso de razón su habilidad manual se ha destacado en todo momento. Su familia siempre fue muy cercana a las artes, por lo tanto los libros, la historia y la plástica siempre fueron de su interés y eso, a la larga, logra formar de alguna manera un sentido estético. En una mudanza de su tía rescató una máquina de coser destinada a la basura. Ya reparada, empezó la fiebre de la costura. Duque recuerda que lo primero que hizo fue una copia de un pantalón Girbaud. Lo desarmó y empezó a entender la dimensión de las prendas. Todo lo que llegaba a sus manos lo desbarataba y fue así, casi como en un proceso inverso, que descubría cada corte y las normas de los moldes. En esos juegos de exploración, en un constante ejercicio de ensayos, logró trabajos pulidos, bien confeccionados. Tiempo después les cosió a los estudiantes de último año de diseño de la Colegiatura en Medellín y eso terminó por darle esas práctica y cancha necesarias en este mundo.

Sin embargo, esto no le daba para vivir. Fue asistente de fotografía, oficio en el que entendió “el equilibrio visual de las cosas. “Pienso que todo esto lo único que hace es refinar la visión”, confiesa. Después se volvió vestuarista de televisión y de comerciales y todo lo que no podía conseguir lo hacía él mismo. Siguió como director de arte de películas, creando escenografías y espacios efímeros, haciendo estilismo   hasta que decidió crear su propio taller. La primera clienta como tal le pidió su vestido de matrimonio. Y desde entonces no ha parado de crear vestidos de noche, de coctel y de novias.

La participación de Project Runway llegó por casualidad. “La validación pública en el mundo de la moda es muy difícil de conseguir. Esta era una oportunidad que no podía dejar pasar”, afirma Duque. Y no fue en vano. Este programa le abrirá muchas más puertas: tendrá la portada de Elle México en la edición de diciembre, participará en el Puerto Rico High Fashion Week y en el DFashion de México, lo cual ayudará en la internacionalización de su trabajo. El último desafío en el concurso era crear una colección de 10 prendas, de hecho la primera ejecutada en su vida. Duque la llamó Herencias y se inspiró en una frase de Tolstoi: “Para ser universal cuenta la historia de tu propio pueblo”. Con este propósito se llenó de lecturas, visitó el Museo de Oro y entre fábulas indígenas y tradiciones ancestrales comenzó a reinterpretar la silueta y la feminidad. Con el apoyo del taller Hechizoo, de Jorge Lizarazo, fueron creadas las telas con fibras naturales, hilos de plata, de oro, seda, entre otros. Su colección fue la sofisticación en pasta de lo que somos y una afirmación de que Latinoamérica puede ser un punto cardinal de la moda en el mundo, sin copias, con identidad.

Por Liliana López Sorzano

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