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¿Cómo fue la invitación para dirigir la Malher Chamber Orchestra?
La orquesta estaba interesada en trabajar conmigo, abrir su espectro y viajar a Suramérica. Combinaron la logística con sus intenciones y se logró el encuentro.
¿Cuál cree que es el espíritu de esta orquesta?
Una de las características más importantes es que toca con mucha inteligencia y emoción, pero siempre con naturalidad. Es una orquesta que siempre está sedienta de hacer las cosas, no sólo de la mejor manera, sino de ir probando cosas diferentes. Es absolutamente flexible, con un sonido muy propio que se acomoda a nuestro tiempo.
Usted comenzó estudiando violín, ¿cómo ha influenciado esto su rol como director?
Conocer un instrumento de cuerda me ha servido muchísimo para entender el sonido y poderme comunicar con los músicos, en especial de la cuerda, que son la base más importante de la orquesta.
Alguna vez fue llamado como ‘El milagro de Viena’ por la crítica, ¿cómo recibió ese comentario?
Eso fue hace algunos años cuando hice mi primer gran concierto debut con una de las orquestas en Viena. Fue un empujón en mi carrera. Despertó mucha curiosidad acerca de mí y eso fue muy importante.
¿Cómo es tener a cargo dos orquestas, una en Austria y otra en el País Vasco?
Es una enorme alegría, es un reto gigante y una responsabilidad. Ambas tienen su propia alma, su propio carácter, que es lo más interesante del asunto.
¿Qué determina que un director use o no la batuta?
Es algo muy personal. La batuta es un instrumento para darle claridad a los gestos y la comunicación con los músicos. En orquestas grandes es muy útil; en grupos pequeños no es necesario y puede llegar a molestar.
Usted está a la par de los grandes maestros, ¿cómo siente esta cercanía?
Realmente creo que el camino de la música clásica es de toda la vida. Lo más interesante de estos grandes maestros es tratar de aprender la gran cantidad de experiencias y sabiduría. Para mí es una gran alegría compartir con ellos.
¿Qué es el silencio para usted?
El silencio es absolutamente fundamental. En la música es un momento mágico que te da la posibilidad de hacer un cambio de color, de ambiente...
¿Qué extraña de Medellín?
Sobre todo mi familia, la gente, la ciudad, el calorcito y la comida.
¿Quién lleva la batuta en su casa?
A mí me encanta la armonía, compartir la batuta y realmente en mi casa está muy compartida y equilibrada.
Un sonido que le recuerde a Colombia.
La naturaleza y el canto de los pájaros en la mañana. Obras como Colombia tierra querida me recuerdan muchísimo al país.
Si no fuera director de orquesta, ¿qué le gustaría dirigir?
Me gustaría ser director de algo, eso lo tengo seguro. Me gusta el trabajo con la gente, seguramente tendría algún tipo de trabajo enlazado con los grupos, por ejemplo ser director técnico de fútbol. Siempre me gustó esa combinación de ser parte del todo, y al mismo tiempo del que dirige ese todo.
¿Cómo sabe si el público está satisfecho, si en la mayoría de escenarios le da la espalda?
Por un lado está el momento definitivo que es el final con los aplausos. Pero un momento más interesante, es en el que terminas un movimiento y vas a empezar otro. En ese momento se nota si hay una conexión, si has logrado cautivar a la gente.
¿Qué es lo que tiene Viena que da tan buenas orquestas?
Una enorme tradición que se cuida, se respeta y se le invierte.
¿Cómo ve el panorama de la música clásica hoy en Colombia?
Aunque he dejado de vivir este panorama, porque llevo muchos años por fuera, desde la distancia veo que se trabaja muy fuerte en la parte educativa, lo que muestra que hay un gran interés y respeto por la música clásica. Esto es una muestra clara de un enorme avance.