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Fernando España Abadías, un amigo entrañable, un caballero a carta cabal, un gran enófilo colombiano, amante del vino y excelente catador, cumplió su ciclo vital y se ha ido dejándonos cientos de enseñanzas y anécdotas. Hombre inquieto, avezado lector, educador del vino, gastrónomo y bon vivant, Fernando decidió abandonarnos este lunes, luego de haber compartido generosamente cientos de inolvidables tertulias vinícolas y excelentes botellas.
Desde muy niño, en su hogar de origen español, Fernando aprendió que el placer del vino es compartirlo, y siempre fue fiel a ese postulado. Por ello siempre hubo una gran química entre nosotros y cada encuentro era una ocasión para viajar por el mundo del vino, compartir, aprender, recordar y quedar siempre a la espera de nuestra próxima copa.
Nació en Huesca (Aragón), también cuna del gran director de cine español Carlos Saura, y llegó a Colombia a los diez años. Debido a la Guerra Civil española y la confiscación de sus bienes, su padre Josep María, exconsejero de la Generalitat de Catalunya, llegó exiliado en julio de 1939, primero a Barranquilla y luego a Bogotá. En la capital del país existía una buena colonia de peninsulares y fue la tierra de promisión para los España.
Con Fernando compartimos el amor común por el vino desde nuestro encuentro en 1998 gracias al diario El Espectador, en el que él escribió durante varios años la columna Vitrina Vinícola. En 1996 yo había fundado y dirigía en el periódico la revista Autos, dedicada a la industria automotriz y el automovilismo, otra de mis pasiones. Además, Fernando era también un gran amante del malt whisky, y compartíamos el gusto por el Lagavulin, aunque era un fan del Macallan, mientras que yo lo invitaba a descubrir otros excelentes turbados, como Ardbeg, Bruichladdich y Bowmore.
Luego de concluida su experiencia de columnista en El Espectador, continuó su misión pedagógica y de educador y, gracias al respaldo del Grupo Editorial Norma, en 2004 publicó su libro El vino: conózcalo y disfrútelo, que recopila buena parte de sus escritos y dedica varias páginas a la apreciación del vino, la cata y la armonía con los alimentos. Vale decir que es una de las obras que más aprecio de mi biblioteca.
Acompaño de corazón a la familia de Fernando con la alegría de haber podido conocer y disfrutar momentos maravillosos con un enófilo consumado, un ser humano inmenso, un amigo completo, un maestro generoso y un inolvidable hombre del vino.
Descansa en paz, amigo Fernando. ¡Salud! Sláinte!
* Versión editada de un texto publicado por Juan Carlos Rincón en su blog Mi Rincón.