Pudo ser un acaudalado constructor o un cura guerrillero. También tuvo la opción de casarse, tener hijos y acostarse después de ver tres telenovelas. Pero Jorge Eduardo Serrano Ordóñez optó por entregarle sus energías a Dios y para ello se convirtió en sacerdote jesuita.
Hoy va por el país, acelerado pero sonriente, repartiendo sillas de ruedas a desvalidos, dándoles la mano a 3.000 mujeres en el Magdalena Medio o Córdoba que han sufrido en carne propia los horrores de la guerra, oficiando misa en el barrio La Soledad y en las montañas del sur de Bogotá, o asistiendo a un adolescente atrapado por la droga.
El director de la Fundación Amar y Servir es un hombre corpulento y carismático, que vive a cinco minutos de la casa del Presidente de la República, tan sólo que en el sector marginado de Los Laches, Dorado y San Dionisio, en la parroquia de San Alberto.
¿En lugar de estar encerrado en una parroquia le dio por ayudar a los más necesitados?
Mi claustro es la calle, el barrio popular, la pareja que está con dificultades, el muchacho drogadicto… porque los jesuitas fuimos fundados por Ignacio de Loyola para encontrar en el mundo el lugar donde nosotros nos pusiéramos en comunicación con Dios.
¿Qué representa la Fundación Amar y Servir?
La Fundación es un puente para unir gente que necesita que le apoyen, con gente que necesita apoyar. Entonces lo que hacemos es mostrarle a la persona que pueda apoyar que le estamos ofreciendo un proyecto transparente, que está dirigido a personas que realmente lo van a aprovechar, no para seguir pidiendo limosna sino para dejar esa situación de mendicidad.
Les estamos diciendo a quienes se están presentando, que hay mucha gente que quiere ayudar, pero necesitamos que la propuesta sea clara, que tenga objetivos, no es para que después vayan a vender las sillas, porque para entregarlas visitamos las familias y las entrevistamos. ¿Por qué? Aquí hay gente que recibe la silla y ya la tiene vendida. Yo no juzgo a esa persona, sino a la organización que se la da y que no hace los controles, porque si yo estoy ‘llevado del bulto’ y le puedo ‘tumbar’ la silla, se la ‘tumbo’, y si le puedo ‘tumbar’ la grabadora, lo hago. Por eso si la organización no toma las cautelas, está siendo irresponsable con el donante. No damos hasta que no sepamos quién está recibiendo.
¿De dónde salieron y cómo llegaron a Colombia esas 550 sillas de ruedas?
Un gringo llamado Don Schoendorfer va a África de vacaciones y se encuentra a un niño caminando en los muñones. ¿Por qué no está en una silla de ruedas?, se pregunta como habitante de un país donde toda persona tiene derecho a ella. Y la gente lo mira como preguntándole: ‘¿Usted de qué planeta viene?’. El tipo se queda loco y empieza a entender que el bienestar social sólo se da en Europa, Japón y Estados Unidos, porque en el resto del mundo se los llevó el ‘chiras’. En países como el nuestro, quien es discapacitado se fregó y fregó a la familia.
El ‘man’ empieza a rebuscarse ingenieros, ruedas de bicicleta, repuestos y arma una silla de ruedas hechiza. Regresa ‘perforado’ a su país y empieza a diseñar un sistema para poder donar sillas de ruedas para el resto del mundo. Concluye que es absurdo regalar sillas de las tradicionales, porque supone un departamento de servicios que
no va a existir, y se cranea una silla de inyección de plástico que si se daña se cambian por otra. Están pensadas para que las ‘piratiemos’ y que las personas que las vean puedan hacerlas, repararlas, mejorarlas.
Nos enteramos de que estaban dispuestos a regalarnos 550 sillas, que son hechas en China y ya han entregado 310 mil en todo el mundo, pero Colombia no había recibido por todos los líos de importación. Luego vinieron las cadenas de solidaridad, pero nos encontramos con el problema de la importación, que nos valía como 8 mil dólares. Entonces se nos aparece un ángel que es Ana María González, de Acción Social, quien nos dice que había un camino: que se las donaran a Acción Social y esa entidad se las entregara a la Fundación Amar y Servir para que las distribuyéramos. Y se salvaron las sillas.
¿Qué costo tiene una de estas sillas ‘pirateables’?
44 dólares (80 mil pesos) puesta en puerto colombiano. La más barata que conseguíamos aquí vale 485 mil pesos, de lona.
¿Cómo ven su trabajo los demás jesuitas?
El padre Gerardo Arango fue provincial y nos acaba de dar una nueva sede aquí. En el bazar del Colegio San Bartolomé La Merced, de Bogotá, nos dieron un estand para presentarles una propuesta a las madres de familia. Decirles: “mamá, usted está cansada de que le regalen refractarias, planchas y pañoletas. Quisiera que su hijo, que desde que se volvió grande no quiere que ni lo lleve al colegio porque le da oso, le regalara mejor comportamiento o más abrazos, que su marido le regalara más besos, entonces le proponemos que les escriba una carta y dígales que son el mejor regalo que Dios le ha dado y dígales por qué, cosas que usted no les dice por estarlos cantaleteando. Propóngales que lo que le vayan a regalar se lo den en dinero para 3.000 mujeres, hijas, mamás, esposas de personas asesinadas, desaparecidas, secuestradas por la guerrilla o por los ‘paras’”. Lo que les estamos diciendo es que hay que llenarse de perdón.
Les decimos: “Si ustedes no perdonan, sus hijos seguirán la guerra”. Si usted cuando ve a (Salvatore) Mancuso, a (Manuel) Marulanda o a cualquiera de las personas que ha afectado a su familia, puede decir “yo lo perdono y lo que no quiero es que venga alguien a reemplazarlo, señor Mancuso”, si no rompemos con esa cadena de violencia, no estamos sembrando nada, estamos arando en el mar.
La sonrisa de un mutilado
La vida le sonreía al soldado profesional Luis Alfredo Celis Ramírez hasta que el 1° de junio de 1990, cuando se encontraba de patrullaje en el sector de Mico Ahumado, sur del departamento de Bolívar, pisó una mina antipersona sembrada por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y perdió su extremidad derecha.
Hoy, con una pensión de 659 mil pesos, sobrevive vendiendo chance, está validando el bachillerato y en sus ratos libres hace deporte sin importarle que deba recurrir a su prótesis.
Celis le da gracias a Dios por haberlo dejado vivo y piensa que con el calor de su familia saldrá adelante. Da por superado el trauma y dice que no ha caído en el licor ni en el cigarrillo. Su optimismo, alentado por las prácticas de atletismo, se ha fortalecido gracias a la mano que le extendió la Fundación Amar y Servir, que el pasado 19 de abril le entregó una silla de ruedas.
Teología de la Liberación siglo XXI
Hijo de un conservador laureanista y una liberal, El Gordo Serrano se graduó de bachiller en 1968 en el Colegio San Pedro Claver, de Bucaramanga. De la Universidad Javeriana lo sacaron corriendo y buscó refugio en Brasil, con el amparo de Leonardo Boff y los demás simpatizantes de la Teología de la Liberación. Se ordenó en Cúcuta, ciudad en la que organizó restaurantes populares para 2.500 personas que no tenían trabajo. Lo amenazó el grupo Muerte a Revolucionarios (MAR), sus superiores se lo llevaron a España y regresó tres años después a Villa Javier, en Bogotá. Luego se fue a crear un distrito misionero en el Amazonas, pero una llaga incurable lo llevó a escampar en el Magdalena Medio, haciéndose cargo del servicio a desplazados. En 2002 se fue a Irlanda y escribió el libro Somos desplazados pero tenemos dignidad. Por último, volvió a Bogotá, creó la Fundación Amar y Servir, y terminó una maestría en desarrollo rural.