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Un cura tallador de almas

Si alguien conoce de cerca el dolor y las marcas que ha dejado la guerra en las comunas de Medellín, es el sacerdote Juan Carlos Velásquez, quien ha dedicado su vocación para que los jóvenes escapen del mundo delictivo.

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El Espectador
11 de febrero de 2020 - 04:54 p. m.
La parroquia de Juan Carlos Velásque está en el barrio el Guayabo de Itagüí. / Luis Benavides
La parroquia de Juan Carlos Velásque está en el barrio el Guayabo de Itagüí. / Luis Benavides
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Es un cura fuera de lo común, no viste de negro, no usa clériman; de barba no muy perfilada, cabello largo e inquieto para hablar, su apariencia física se refleja más a un ciudadano común que a un clérigo, para ubicarlo hay que rogar al cielo, porque su despacho parroquial está en la calle. Es conocido como el cura pacificador de “combos”. Su mayor logro lo tuvo en la comuna 5 Castilla, zona periférica de Medellín donde alcanzó a desarticular una banda completa sin la necesidad del uso de la fuerza y la aplicación de la ley. Comenta que le devolvió a la sociedad “seres transformados y con ganas de soñar”.

“Siempre quiero dejar claro que yo no trabajo con pillos, ni con bandidos, sino con seres humanos… eso es lo que yo veo en el otro. Yo empecé a humanizar, a hacerles las preguntas que ya nadie les hace, el cómo estás, cómo te sentís, qué necesitas, es lo que ellos quieren escuchar. Es más, no sé cómo funcionan sus vueltas, a mí me interesa es la vida del otro”, señala el padre Juan Carlos Velásquez Rúa.

Relata que nunca ha encontrado resistencia en su labor social por parte de los jefes, ni los integrantes de las bandas, no ha recibido amenazas y tampoco le han impedido que lidere procesos en los barrios. Sus opositores, quién lo creyera, son “la gente de bien” que no ven con buenos ojos el trabajo social que lidera.

Quienes lo han conocido reconocen en él un líder que quiere transformar la sociedad con hechos e historias reales. A pesar de que lo marca un estilo de guía rockero, todas las generaciones lo ven como un referente. “En mis visitas a la parroquia he notado el liderazgo que desempeña entre las personas de cualquier generación en la comunidad. La gente reconoce su proyección en lo cultural y en lo social”, manifestó el feligrés Luis Fernando Osorno.

Su parroquia está ubicada en el sur del Valle de Aburrá, en el barrio el Guayabo de Itagüí, allí atiende a cerca de cincuenta jóvenes con proyectos sociales, educación y alimentación. Cada semestre entrega becas universitarias para los más vulnerables. Su labor es tan popular que lo buscan para que plasme su proyecto en otros sectores.

“Son miles de vidas las que se han podido salvar, esto no es una opción individual, es colectiva; yo me he valido de la Iglesia, del gobierno, de las ONG, me sueño sacando a los jóvenes del conflicto. He tenido experiencias en las que me llama el papá de alguno de los muchachos a darme las gracias porque el hijo está en buenos caminos. Lo más curioso es que el papá es el que lidera la plaza de vicio del barrio y me dice llorando que no quiere que su hijo siga sus mismos pasos”, señala el padre Juan Carlos Velásquez Rúa.

Si bien en los últimos años la vida del padre Juan Carlos ha transcurrido entre misas, confesiones y en la labor social. Su vocación ha estado acompañada por un mazo, las gubias y troncos de madera en los que plasma todo lo que la imaginación le permite. Desde los ocho años descubrió que tenía talento para la talla en madera, sus primeras obras las sacó de los palos de escoba de su casa utilizando el cuchillo más afilado que encontraba. Ese talento de artesano lo perfeccionó al lado de su papá, también artista plástico.

Tiene un concepto más avanzado de la evangelización y es lo que siempre ha querido mostrar por medio de sus obras de arte. Es un convencido que no solo hay que anunciar, sino también denunciar, en especial lo que ha vivido el país. No lo quiere hacer desde el pulpito sino por medio de signos que reflejen el dolor que causa la muerte.

Su obra más reciente lleva por nombre ¡Ay Colombia!, una talla de una sola pieza que mide 2,50 metros de altura, 1 metro de ancho y pesa aproximadamente 800 kilos. Está elaborada en el tronco seco de un Guacarí; en ella se relata en tres momentos la realidad de los colombianos.

En el primero se percibe el holocausto vivido desde las masacres y las fosas comunes; en el segundo espacio se observan tres perros o chacales como los ha denominado el autor, sedientos por devorar y son el reflejo de los tres principales actores del conflicto. En el último momento se plasman las tres edades del hombre acompañados por una libertad amarrada, la justicia derrotada y la paz envejecida.

“Es una obra muy dramática. A nivel personal es una catarsis para mí porque toda la vida he acompañado el tema de conflicto, el arte es una forma de sanar, de ir expresando el dolor que tengo en el alma, porque cuando uno se acerca a la fibra del ser humano uno tiene que buscar la manera de liberar ese dolor”, puntualiza el sacerdote.

La obra ¡Ay Colombia! se encuentra en exposición permanente en la sede de la Casa de Justicia de Itagüí, y relata el padre Juan Carlos que entendió que su trabajo debía estar en este punto luego de reunirse con la Mesa de Victimas de este municipio para explicar y presentar todo el dolor que contenía su inspiración, la cual tardó un poco más de un año en ser terminada.

Con algo de nostalgia señala que el holocausto que plasmó, lo vivió de cerca cuando las victimas le expresaban en medio de lágrimas que no encontraban a un ser querido desaparecido, o los restos habían sido hallados en fosas comunes.

Dentro sus proyectos artísticos, tiene en la mira una exposición en la que quiere contar todo el sufrimiento que padecen los migrantes cuando abandonan sus costumbres buscando un mejor futuro para sus familias. Para el religioso el migrante, al estar fuera de casa y lejos de los suyos, vive lo que se denomina como la muerte ontológica. La muestra está programada para ser llevada a Uruguay, Brasil, Argentina, México y Colombia. “La idea es sembrar conciencia en torno al tema de la migración que es el gran drama de la actualidad. Muchas veces la gente sale a buscar el sueño americano, pero cuando llegan todo se queda en un sueño, la gente sufre mucho cuando los arrancan de sus raíces”, expresa.

Otra de sus majestuosas obras “Santa Elena de Arví” fue instalada en el año 2011 en el Parque Arví de Santa Elena, corregimiento al oriente de Medellín. En ella se exalta la memoria ancestral y se cuentan las tradiciones que han hecho popular este territorio. En esta talla se ven los rostros de Jerónimo Luis Tejelo, el mariscal Robledo, rostros indígenas, un silletero, un armadillo y un pájaro barranquero, dos especies tradicionales, además de otros elementos típicos de la tradición antioqueña.

El padre Juan Carlos no quiere cambiar su esencia, quiere seguir siendo un cura de calle, artista, pacifista. Le gusta la diplomacia, pero la que se vive en las esquinas. Quiere seguir siendo un líder dentro de esa iglesia, que contrario a lo que se piensa, para él es una institución muy diversa.

Por El Espectador

 

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