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Un gigante llamado Gérgiev

El director, famoso por haber dirigido toda una tanda de Mahler por más de nueve horas seguidas, conducirá en el Teatro Mayor, de Bogotá, fragmentos de Wagner y Tchaikovsky.

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Teatropedia, Especial para El Espectador
05 de marzo de 2016 - 03:37 a. m.
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Una ilustración de la revista The New Yorker se acerca muy acertadamente a quién o cómo es Valery Gérgiev, el director ruso que conducirá en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, de Bogotá, fragmentos de Parsifal de Wagner y la Sinfonía Manfredo de Tchaikovsky. Se trata de un gigante de manos inmensas, mirada profunda y barba apenas creciendo sobre sus mejillas. Un director que se ha convertido en una vedette internacional, famoso por haber dirigido toda una tanda de Mahler por más de nueve horas seguidas, por hacer giras de cientos de conciertos anuales por todo el mundo y dirigir las mejores orquestas del planeta, por ser la cabeza del imponente teatro Mariinsky de San Petersburgo, por haber descubierto la increíble voz de Anna Netrebko y, quizá la más controversial de todas las razones, por ser un alfil de Vladimir Putin, una suerte de embajador afecto al régimen ruso, y, por tanto, criticado en diversos escenarios, como sucedió en 2013 a las afueras de la Metropolitan Opera House de Nueva York, en pleno estreno de la ópera Eugene Onegin, frente a la cual se plantó un agitado grupo de activistas LGBTI gritando consignas contra Gérgiev y la Netrebko por su silencio cómplice en el maltrato a los gais en su país. Sin embargo, este hombre, nacido en Ossetia, en el Cáucaso ruso, en 1953, ha logrado trascender las críticas —o convivir con ellas— y se dedica a lo que dice que es lo más importante para él: vivir el momento del concierto como algo único, como un ejercicio de creación, nunca de rutina.

Verlo dirigir es una experiencia en sí misma. Habla con los ojos, mueve las manos impetuosamente, al punto de que parece que fuera a volar, pero también con tal suavidad que todo se hace silencio. O explosión, como cuando dirige el Pájaro de Fuego de Stravinski. Oírlo en ensayo es oír sus susurros, es entender cómo siente que debe contarse la música, es escuchar sus ruidos guturales explicando un sonido. Para él, el ensayo lo es todo, y les exige a los músicos que saquen todo de sí. Sabe lo que es y lo que hace, como cuando le explica a un joven músico el papel del director: “Soy importante ahora. No pueden empezar sin mí”, dice en su golpeado inglés. Y si de vanidad se trata, hay que verlo peinarse con delicadeza para las fotos que vendrán, para los autógrafos que le pedirán. Aunque no suele negarse a hablar con sus fans, a los que les dedica el tiempo suficiente después de un concierto. Poco, es verdad, pero suficiente para conversar un poco, tomar una comida ligera, revisar en el periódico el marcador de un partido de fútbol y emprender un nuevo viaje a algún lugar del mundo, seguramente con otro huso horario e idioma. Dice protegerse del mundanal ruido al no tener correo electrónico, y cuando verdaderamente necesita desconectarse se escapa a las montañas de su infancia. Vive casi ocho meses al año por fuera de casa, por lo cual su familia, esposa, tres hijos, madre y hermana, viven en un mismo edificio.

Es el titular de la Orquesta Sinfónica de Londres y también tiene a su cargo la dirección de la máxima expresión de las artes rusas: el teatro Mariinsky, sueño nacionalista de Pedro el Grande, insignia de la tradición, cuna de los más grandes: Diaguilev, Anna Pavlova. La casa de la música, la ópera y el ballet. Para él, elegido para dirigir semejante institución cuando apenas contaba con 34 años, la misión ha sido preservar la cultura nacional, la tradición, el espíritu de lo clásico. Es él quien decide quién surge y quién no.

Alex Ross, crítico y autor musical estadounidense, ha escrito varios perfiles de él y lo ha bautizado como Imperious, valiente palabra que denota tanto esa idea de lo imperial como de lo impetuoso. Menciona su inagotable energía y la forma como impone un estilo único, a veces, para su gusto, demasiado personal. Elogia la calidad con la que ha venido mejorando la orquesta del Mariinsky, que ha logrado colocar a varios de sus más jóvenes músicos en la escena mundial, y define el estilo Gérgiev como “sonidos de vino tinto en los cellos y los bajos, calibrados con precisión en las explosiones de percusión”, pero lamenta que al repertorio ruso, paradójicamente, le falte mayor matiz romántico. Al final, no logra quitarle a Gérgiev su halo político al recordar que el terror estalinista en los tiempos de Shostakovich, narrados de manera magistral en sus composiciones, suenan extraños de su mano: “¿Cómo debería uno reaccionar cuando la música de este compositor es dirigida por un conductor que ha creado su propio pacto con la autoridad y que ha legitimado las políticas del miedo? No hay una respuesta clara a esta pregunta. Todos hemos firmado nuestros compromisos con el poder; en todas partes, las más nobles expresiones artísticas se han circunscrito a condiciones sociales que las hacen ver hipócritas. Pero las ironías históricas alrededor de Valery Gérgiev están volviéndose incómodamente intensas”. Efectivamente, Gérgiev encarna de manera precisa la relación del arte con el poder, algo que no es nuevo, claro está, pero que impide que se idealicen las artes como algo aséptico y fuera de la realidad. Y aquí vale la pena retomar a Teodoro Adorno cuando nos dice: “El arte no da respuestas, cambia las preguntas”.

Por Teatropedia, Especial para El Espectador

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