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Will Ferrell habla sobre su última película, 'Casa de mi padre'

El actor norteamericano dice que su nuevo filme está basado en las telenovelas mexicanas, y que en ella se ríe de los estadounidenses.

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Alejandro Millán Valencia / Los Ángeles
17 de marzo de 2012 - 03:28 a. m.
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“Hola amigazos”, dice en un español trabado este gigante llamado Will Ferrell al entrar a la habitación del hotel donde lo espera un grupo de periodistas con motivo de la promoción de su última película Casa de mi padre, en la que interpreta a un mexicano que debe luchar por el amor en contra del azote de capos del narcotráfico que se interponen en su camino hasta la mujer de sus sueños.

Por esa razón se le vio recientemente en las tribunas del Orange Bowl de Miami durante el partido de Colombia y México. Además, iba acompañado de su ahora amigo Diego Luna, quien también interpreta un papel en esta comedia estilo telenovela de canal hispano.

Antes de comenzar con las preguntas, entre las que están las de El Espectador, Ferrell, uno de los comediantes más reconocidos de Estados Unidos, confiesa que apenas se sabe “56 palabras en español”, así que pide que las preguntas se hagan en su idioma, inglés, para poder explicar los motivos de grabar una película enteramente en español, con dos de los actores mexicanos más reconocidos del momento, porque además de Luna, también participa Gael García Bernal (Amores perros). La bella del cuento es Génesis Rodríguez, más conocida por ser la hija del cantante venezolano José Luis Rodríguez, El Puma.

¿Por qué el filme en español?

Por mucho tiempo había tenido la idea de que podía ser algo único. Sentía que no se había hecho una película en la que se viera a alguien del mundo de la comedia estadounidense ponerse en el contexto del español y armar algo de comedia alrededor de eso. Mirando las telenovelas y viendo lo exageradas y costumbristas que son, pensé “Dios, eso sería divertido de hacer”. Ponerme a mí mismo en esa situación.

¿Por qué se ríe de su propia gente?

¿De los estadounidenses? Porque necesitamos que se rían de nosotros. Y alguien tenía que hacerlo (ríe).

¿No cree que vaya a ser tomado como un insulto?

Bueno, esa es la belleza de la sátira, lo bueno de la libertad de expresión. Creo que somos un país en el que a la gente, a la vez que está orgullosa de ser estadounidense, también le parece bien reírse de sí misma y señalar las cosas que no estamos haciendo tan bien o las actitudes que tenemos y que tal vez deban cambiar. Y la comedia es una gran herramienta para eso.

¿Hay un mensaje detrás de la película?

Sí, el de que las percepciones que tenemos los estadounidenses y los mexicanos de nosotros mismos y del vecino no siempre son verdad. Las líneas del guión lo satirizan, “que no todos los mexicanos son ‘narcos’” y que “no todos los gringos son malos”. Pero más allá de la broma, es un poco la intención. Podemos pasarla bien haciendo una comedia que celebra estas diferencias, pero también se burla de ellas.

Bueno, pero usted no sabe hablar español. ¿Cómo fue el proceso de aprendizaje para memorizar sus líneas del guión?

Fue un proceso largo. Trabajé a diario con la persona que tradujo el guión del inglés al español. Él me ofreció ayuda como entrenador de acento y le dije que sí. Empezamos seis semanas antes del rodaje y después trabajamos en cada escena, todos los días y todas las noches. Para mí era importante poder hablar español tan bien como pudiera, no quería que la broma de la película fuera tan pobre como era mi español, porque esa broma ya la hemos visto antes. Obviamente, tenemos esa broma en la película, con un agente de la DEA (Nick Offerman) que habla un español terrible y ni yo lo puedo entender, lo cual es una broma sobre la broma.

¿Es difícil actuar en otro idioma y a la vez no perder su intención actoral?

Sí, es muy difícil... Y hubiera sido mucho más difícil si no hubiéramos empezado este proceso en inglés. El hecho de que el guión inicial se escribió en inglés ayudó mucho, porque entendí a cabalidad la intención, el tono, los giros. Luego teníamos un guión con las líneas en español y debajo en inglés, así que cuando las iba memorizando sabía exactamente lo que estaba diciendo y podía ponerle la inflexión adecuada. Tengo suficiente comprensión en la lectura para entender lo que pasaba; fue una transición hacia ello. Pero si hubiera sido un guión en coreano hubiera sido por fonética y eso lo hubiera hecho mucho más difícil.

Aunque Estados Unidos ha tenido una historia cercana y dolorosa con la drogadicción, no la ha tenido tanto con el horror del narcotráfico. ¿Cómo fue su acercamiento estético a ese tema?

Mucho de ello vino por Andrew Steel, que hizo el guión, y de Matt Piedmont, el director. Pero es una mirada que sobrevuela el tema del ‘narco’ y no pretende ser un estudio. Es una farsa y una mímica de muchas películas mexicanas de fines de los años 60 y 70 que tienen parte de esa estética que reproducimos. Yo armé en mi cabeza cómo debía verse y puse en marcha esa construcción.

¿Y tuvo la intención de ponerle un aire latino, de cambiar al Ferrell al que estamos acostumbrados?

Sí, era indispensable, así fuera para burlarme de mí mismo. El estilo de las telenovelas ayudó: siento que cuando has visto una es como si las hubieras visto todas, puedes enseguida recordar el tono y reproducirlo tan, tan exagerado... Pero no hubo una única fuente de inspiración, realmente. El tono vino también de otra de las bromas que recorre el filme, y es la de que todos los actores que toman parte son muy, muy serios, muy dramáticos, muy importantes, creen que están haciendo una actuación para ganar el Óscar... eso le da un tono de comedia distintivo a La casa de mi padre, creo que funciona bien y, sobre todo, fue muy divertido de hacer.

¿Cómo fue trabajar con mexicanos y por qué Diego Luna y Gael García?

Cuando uno escribe el guión no sabe quién se va a interesar en él y con quién va a terminar trabajando. Nosotros tuvimos suerte porque Diego y Gael tienen el mismo representante en Estados Unidos que yo. Ella lo leyó, le pareció gracioso y sugirió ofrecérselos a ver qué pensaban. Ellos pensaron que era desopilante y que les daba la posibilidad de hacer algo completamente diferente a lo que habían hecho antes. Fue fantástico porque son excelentes actores, pero también grandes comediantes. Porque yo creo que la parte más difícil de la comedia es, paradójicamente, no tratar de ser gracioso: es entregarse al personaje con seriedad, y de esa seriedad combinada con el guión, el vestuario y demás, sale la comedia. Pero tratar de actuar de gracioso y hacer bromas no funciona, se ve estúpido. Todos tuvimos la misma aproximación: tomarnos en serio el filme y el hecho de que estábamos diciendo y haciendo cosas absurdas disparó la comedia.

Le hicieron muchos juegos de improvisación en español durante el rodaje. ¿Cómo los tomó?

Bueno, era parte del juego... Seguro que Diego (Luna) me hizo miles de bromas de las que ni siquiera me di cuenta. Tenía demasiado de qué preocuparme durante el rodaje, no me preocupa que se haya reído de mí. ¡Yo también me hubiera reído si hubiera entendido!

¿Proyecto futuros?

No... me retiro, esto es todo (ríe). Acabamos de terminar una película con Zach Galifianakis que sale en agosto: dos políticos de poca monta compitiendo por una banca del Congreso en Carolina del Norte, que esencialmente es una oportunidad para que nosotros nos riamos de la locura que es hoy la política estadounidense. El problema ahí es que los políticos, por más que tratemos, son más ridículos y absurdos de lo que podamos ser nosotros.

Por Alejandro Millán Valencia / Los Ángeles

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