George R.R. Martin, El melancólico

Hay sexo, incesto y sangre, mucha sangre. Entretenimiento de primera. Más que buena televisión, Game of Thrones es uno más de los universos retorcidos que ha imaginado George R. R. Martin, el escritor de la saga de libros de la cual se desprendió la exitosa serie de HBO. En los mundos de Martin sus personajes se asoman a vastos abismos morales para entregarse a la perdición o a una redención dudosa en la que el escritor muestra una visión de la condición humana sombría, pero no por eso menos acertada.

Martin posa junto con parte del elenco y los productores ejecutivos de la serie ‘Game of Thrones’, de HBO. /AFP

Es un tipo inteligente. Tuvo que serlo para salir de la oscuridad de New Jersey y seducir a medio mundo con la fuerza de sus palabras. De hecho, la inteligencia de George R. R. es legendaria y le ha permitido no solo ser un autor muy exitoso, sino un jugador de ajedrez de primer nivel. Pero la inteligencia siempre se transforma en pesadumbre. El que piensa, pierde. George R. R., el veloz, es también y sobre todo George R. R, el sombrío.

La primera muestra de su melancólico talento fue cambiarse el nombre a los 13 años, cuando descubrió que sería un escritor. Entonces, dejó de llamarse George R. Martin, para convertirse en George R. R. Martin, marca de fábrica que lo emparentaba con el maestro que quería superar: J. R. R. Tolkien. Así —convertido en su propio personaje— empezó a vender historias entre sus compañeros de colegio. Unos níqueles a cambio de las aventuras de los superhéroes que inventaba. Uno de sus primeros ejercicios fue un tortuoso universo de tortugas que se mataban las unas a las otras. Sangre, dolor y truculencia. Lo del sexo vino después, cuando advirtió que las mujeres resultaban más atractivas que las tortugas. A los 17 años, el competido mercado de los cómics le compró una historia.

Después, todo fluyó, como si fuera fácil. A los 24 escribió una novela sobre un planeta que se alejaba del sol mientras sus habitantes se entregaban a la guerra. La novela fue un éxito y logró que abandonara la literatura porque le ofrecieron trabajar en televisión. Entonces, descubrió su ambiente natural: un medio que le permitía escribir casi tan rápido como pensaba y en el que su inteligencia feroz se podía aplicar al diseño de unas estructuras muy sólidas, sostenidas por unos diálogos tan precisos como jugadas de ajedrez. Le pagaban bien, lo que a George R. R., hijo de un estibador y criado en un arrabal cochambroso, le parecía apenas justo. Para corresponder, escribió Dimensión desconocida y La bella y la bestia, dos megahits. Y así, arropado por el triunfo, cumplió los cuarenta en la envidiable posición del escritor que podía escoger tema y precio. Así coronó Game of Thrones.

Game of Thrones es la serie de televisión más vista del planeta y sus personajes tienen un valor icónico que jamás había tenido una historia adulta. Miles de millones saben más de Tyrion Lannister, Daenerys Targaryen o Jon Snow que de su propia familia. En las redes sociales circula un juego que después de 10 preguntas te permite saber cuál personaje de Game of Thrones eres. La cosa llegó al extremo de que la revista Time incluyó a George R. R. Martin en su lista de las 100 personalidades más influyentes.

¿Cómo llegó tan lejos? Como la inteligencia no basta, hay que hablar de su destino, esa senda caprichosa que lo llevó al lugar correcto en el momento correcto. Y vamos por partes, porque el destino no sólo es caprichoso, sino que enreda.

No es claro si George R. R. combatió en Vietnam, pero confiesa que cuando descubrió que Ho Chi Minh no era Sauron, quedó asombrado. Si los gringos no estaban combatiendo al demonio, entonces ¿qué estaban haciendo en el delta del Mekong? Mejor dicho, ¿por qué un hombre va a la guerra? ¿Por qué cruza el océano y se sube a un helicóptero a ametrallar vietnamitas o iraquíes, como si fueran orcos? ¿Es porque es más valiente, más patriótico o más estúpido? Nada de eso, contesta George R. R. Es sólo porque el hombre tiene más miedo a lo que le puede pasar si se queda en su casa, que a lo que le puede pasar si sale a matar gente. Entonces, ¿estamos condenados a la fuga? De pronto, sigue respondiendo George R. R., tal vez este bienestar que nos rodea es una ilusión, una mentira cómoda en la que creemos a ciegas porque la verdad nos asusta y no estamos dispuestos a aceptarla. En cualquier caso, concluye, se trata de un tema fascinante.

Un escritor es esclavo de sus demonios. A George R. R., como a muchos, Vietnam, el fracaso del jipismo y la muerte de los Kennedy le cambiaron la vida. Pasó de ser un soñador lleno de ilusiones a convertirse en un cínico lleno de lucidez. Un destino que compartió con una generación de gringos que vivieron el fin del Sueño Americano. En 1970, George R. R. Martin se supo habitando un planeta sin futuro, gobernado por unos asesinos que eran indiferentes a la destrucción que causaban. Eso mató su esperanza infantil en los finales felices y lo llevó a plantear unas historias negras, en donde legiones de tortugas se mataban las unas a las otras, los hombres guerreaban en un mundo crepuscular y dinastías de leones, lobos y dragones se disputaban un trono hecho de espadas en el que ninguno se podía sentar.

Para un narrador, el tema nunca son las ideas, sino la ejecución. De hecho, el escritor es un desventurado al que le sobran las ideas, sus demonios le susurran una docena cada vez que se ducha. El problema es tener el tiempo y el oficio para darles un acabado brillante. La verdad, como dice Faulkner, siempre está en los detalles y los detalles comen tiempo y son impredecibles. Nunca se sabe qué pasará con el cuento una vez que tome impulso, cuánto tiempo le exigirá al escritor y cuánto daño podrá hacerle. George R. R. —que no en vano es un tipo muy inteligente— tiene claro que la única salida sensata es huir, alejarse del computador, porque apenas un escritor se sienta a trabajar, deja de ser libre y se vuelve un esclavo de sus obsesiones.

Y sin embargo, escribe todos los días. De lunes a domingo, sufriendo en su trono de espadas, sin parar, acicateado por algo que a falta de mejor palabra llamaré locura. Se pueden escribir miles de páginas inmortales girando alrededor de una sola fobia. Y en el caso de George R. R. todo se puede resumir en tres palabras: winter is coming. Una verdad de a puño. Para demostrarla ni siquiera hay que mencionar la crisis energética o el cambio climático. Basta con leer la Biblia. El fin se aproxima y será frío si vives en el Norte.

No se necesita ser el sagaz Ulises para entender que la guerra moderna es una lucha por el calor. Es decir, por el petróleo. Pero hay que ser muy talentoso para maquillar esta tragedia como historia fantástica y colocarla en todos los canales de televisión, sin que nadie reconozca su fondo. George R. R. Martin lo logró y sólo por ese engaño merece pasar a la historia de la literatura al lado de Philip K. Dick y Ray Bradbury. Escritor de género y condenado a no ser tomado en serio, logra emparejarse con tipos tan respetados como George Orwell y Aldous Huxley. Como ellos, consiguió leer el alma de sus contemporáneos y representar su drama, disfrazándolo de imposible. Pero más importante todavía: cumplió su sueño y logró superar a J. R. R. Tolkien, su maestro. Game of Thrones va más allá y mira más lejos que Lord of the Rings.

Llegados a este punto, hay que decirlo: no sólo es un escritor exitoso. Además, es un autor magnífico que toma un género menor y lo enaltece, convirtiéndolo en gran literatura. La fuerza de sus personajes, la riqueza de su universo y la precisión de sus diálogos son sobrecogedoras. Más que inteligente, este raro tipejo, ataviado con un pesado chaquetón de paño, un quepis sacado de una pintura de Chagall y una barba de amish que le dan un look de viejo marinero, podría calificarse como un genio. De hecho, George R. R. —como tantos escritores— se cree genial y se entiende que lo crea. Cuando uno ha tocado el corazón de tanta gente, es inevitable pensar que se tiene algo de Dios.

Sin embargo, ser Dios no te salva de la tristeza. Decíamos al principio que George R. R. es un melancólico y lo decíamos en serio. Los niños que pierden sus sueños no pueden aceptar las soluciones parciales que les ofrecen los adultos. Llenos de resentimiento, estos infantes desconfiados se quedan atrapados en la nostalgia rabiosa y toman venganza. Se lanzan como elefantes contra la cristalería de las ilusiones ajenas y las desbaratan con el mismo sadismo del que fueron víctimas. Este dolor es la base del cinismo de G. R. R. y explica la agresividad con la que trata a sus personajes y —de paso— a sus lectores.

Es posible que La canción de fuego y hielo no se termine de escribir nunca. A George R. R. le faltan todavía dos libros, pero ha complicado tanto su trama, ha dado giros tan truculentos y —sobre todo— ha maltratado tanto a sus personajes, que no se ve cómo pueda encontrar un remate convincente. En su empeño por “humanizarlos”, los ha vuelto tan equívocos que son detestables. Y a los que no pudo denigrar, los ha matado. Cientos de muertes. Alguien se tomó el trabajo de poner un marcador de color en cada página en la que asesinan a un personaje de Game of Thrones y después apiló los cinco libros en una torre y les tomó una foto. Mírenla. Circula por internet en estos días y es entre cómica y patética. Hay casi tantos marcadores como páginas.

No tengo intención de entrar en detalles que estropeen la lectura o la visión de una historia que muchos llevan por la mitad. Pero les cuento que HBO ya entró en alerta y que la temporada que acaba de terminar es más respetuosa que el planteamiento carnicero de las novelas originales. Un equipo de escritores nuevos trabajó para ofrecer nuevos desarrollos argumentales que le den una esperanza a este cuento que amenazaba naufragar en la oscuridad de un invierno eterno.
No podía ser de otra manera. Uno de los principales activos de la historia de G.R.R. es que nadie está exento de la muerte. En Game of Thrones —como en la vida— pasa cualquier cosa y eso permite que cada capítulo sea impredecible. Cuando Bran es arrojado por la ventana, uno sabe que está viendo algo distinto, algo que la televisión no se había atrevido a contar. La boda roja es un clásico y puede ser la escena que más lágrimas e indignación ha producido en toda la historia de la narrativa. Pero las cosas tienen un límite y un elefante enloquecido en una cristalería es un peligro porque no se detiene, las heridas que le producen los vidrios que rompe lo enfurecen cada vez más. Al final del último libro publicado, el panorama es penoso. Los que no están muertos, están ciegos o paralíticos o deambulan como fantasmas sin cabeza convertidos en terribles asesinos. Sin encontrar referentes positivos, el dramatismo colapsa, la truculencia se vuelve vacía y lo que una vez fue épica apasionante o melodrama inteligentísimo se revela como el fracaso de un escritor malhumorado al que devoró su propia historia.

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