Las Misses: lo mejor de lo peor

Conoce la nueva serie web que busca premiar lo mejor de lo peor, coronar lo más nocivo y abyecto de este vividero que nos tocó en suerte.

Cortesía Las Misses

Para los convencidos, siempre optimistas y llenos de esperanza, los reinados constituyen una suerte de paréntesis en el texto largo de la violencia y de la sostenida historia de la miseria social que vive Colombia. Dan por hecho que, frente a tanta información marcada por el sino del desastre, el espectáculo refresca, invita a la fiesta, distrae, alivia la tensión de la pesadez de los días. Y tal vez sí. Pero también distorsiona y en no pocas ocasionas tiene un efecto tan potente que termina por poner en jaque a la realidad, por sitiarla, lo cual no resulta positivo, por supuesto. No exageraba Guy Debord, el pensador francés, cuando afirmaba que el espectáculo “es el corazón del irrealismo de la sociedad”.

Con la belleza como pretexto, los reinados en Colombia alcanzan la delirante cifra de 3.794 y los hay para entretener a millones, también a los de los más esperpénticos gustos: de la yuca y el totumo, de la sopa, de la cebolla, de la piña, de la panela, del bollo limpio, de las gallinas, de los burros, de la tanga, y más, muchos más.

Para aumentar la cifra llega ahora un nuevo certamen, Las Misses, un reinado puesto en pantalla para alcanzar un propósito inusual: premiar lo mejor de lo peor, coronar lo más nocivo y abyecto de este vividero que nos tocó en suerte.

En su primera temporada –habrá varias porque sin duda hay más tela de la deseable para cortar– el equipo creativo de esta serie web se dedica a señalar una mal mayor: el estado de la salud en Colombia, más particularmente, la lamentable enfermedad que constituyen las empresas promotoras de salud, EPS. “El sistema de salud es perjudicial para la salud. Ley 100 de 1993” es su grito de batalla, el eslogan al que apelan para hablar con verdad y sin metáforas de una realidad que ultraja y a veces mata.

Poniendo en cuestión todas las parafernalias televisivas y publicitarias con las que suele diseñarse la cosmética de estos mundos, Las Misses se pone sal en los dedos y hurga en la herida infectada apelando a los estereotipos más vigentes –los mismos que critica– para poner en la esfera pública la discusión sobre una de las peores expresiones de la corrupción: el sistema de salud colombiano.

Las candidatas que se disputan la corona exhibiendo sin pudor sus comprobados resabios y su prontuario criminal se presentan en el primer capítulo de la serie. El amable lector sabrá reconocerlas por sus nombres y sus acciones. Ellas son: Miss Subsidiosa, la rubia de magníficas tetas que confiesa sin miedo: “Detesto a los pobres”. Miss Cafre Sardú se ufana mientras provoca con su blonda cabellera y su húmedo y delicado bigote: “Se me acusa de cartelización por estafar al Estado colombiano por más de uno punto ocho billones de pesos”.

Miss Cruz Bianca sabe del ritmo y de la delicada sabrosura de su culo y argumenta con lasciva prudencia: “Sueño con que algún día los enfermos de cáncer dejen de pedir tanta quimioterapia y se acepten tal y como son”. Miss Nuera Epe Este habla con seguridad de sus notorias virtudes anatómicas vestidas en este capítulo con la elegancia mojada del negro: “Hago de las mías con el capital del Estado”.

Miss Coomelva se describe mientras expone su cuerpo en insuperable bikini y se succiona los dedos: “Soy mañosa, porque no hay atentado contra la dignidad que no cometa”. Bellas, muy bellas todas, la competencia para quedarse con la corona y el cetro real la puede ganar cualquiera de las tentadoras señoritas, mejores, y de lejos, que las de Cartagena, sin tanto falso sentido de la moral –sin ningún sentido de la moral– y, por lo tanto, dispuestas a todo. ¡A todo!

En fin, Las Misses es una serie web de méritos notables: una investigación rigurosa que les permite a sus creadores hablar con conocimiento de causa, una propuesta comunicativa que se solidariza con el sufrimiento de las víctimas del sistema de salud colombiano, una producción audiovisual pulcra que alegra al ojo con un agudo sentido del humor calculado para acusar sin miedo las desgracias de este país en el que vivimos y enfermamos.

En Las Misses son otras las gallinas que cacarean y –para acudir a la metáfora del contra ubérrimo expresidente autor de la Ley 100– otros los huevos que se romperán, que ya se están rompiendo. El real y bello alboroto seguirá en el capítulo dos que, a falta de incienso, mirra y oro, nos traerán muy pronto los dadivosos Reyes Magos para inaugurar el año. El show recién empieza; lo peor solamente continúa. Acetaminofén y paz mundial para todos.

¡Qué mueran las reinas! ¡Larga vida a las reinas!

 

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