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Adiós al más teso de los bajistas vallenatos

Homenaje a José Miguel Vásquez Castillo, recién fallecido y conocido en el mundillo musical como “Quevas”.

Petrit Baquero * / Especial para El Espectador
27 de julio de 2022 - 03:54 p. m.
Según el autor de esta semblanza, "el vallenato también se puede partir (y sé que todo depende de lo que se tome como punto de referencia) en un antes y un después de José Miguel Vásquez Castillo".
Según el autor de esta semblanza, "el vallenato también se puede partir (y sé que todo depende de lo que se tome como punto de referencia) en un antes y un después de José Miguel Vásquez Castillo".
Foto: Cortesía - tomada de El Pilón

El 18 de julio de 2022 murió en Barranquilla uno de los grandes revolucionarios de la música en Colombia, lo cual, como pasa con estas partidas que siempre parecen prematuras, deja a sus admiradores —como yo— con un vacío en el corazón, pues se trata de un ser que ayudó a construir estéticamente al mundo del que formamos parte, sobre todo con la música, esa expresión fundamental que nos hace la vida más chévere y llevadera con lo bueno, lo malo y lo que no se sabe qué es, pero ahí está. (Recomendamos: Dos días de duelo por la muerte del cantante de música popular Darío Gómez).

Su nombre era José Miguel Vásquez Castillo y fue conocido en el mundillo musical como “Quevas”, el cual, desde muy joven se consolidó como un referente vital para los que siguieron su camino como intérpretes de la guitarra eléctrica y, sobre todo, la guitarra bajo —o bajo eléctrico— en el vallenato, ese género original de campesinos y pueblerinos de un sector muy específico de la costa Caribe colombiana que trascendió su esencia folclórica para transformarse en música popular como una manifestación viva, innovadora y acorde con los tiempos que se viven y que, así ahora se encuentre en una fuerte crisis creativa y comercial (porque lo está desde hace varios años), nunca dejará de tener lo suyo. Además, lo hizo a través de distintas agrupaciones que pusieron a bailar y cantar a grito herido a muchos en este país gozón y sufrido, pero que, tal vez por eso mismo, está siempre ansioso por la fiesta y la parranda, lo cual, sin duda, ayuda a alimentar las esperanzas (o a pasar las penas), al menos por un ratico. (Recomendamos: Petrit Baquero escribe sobre el legado del Grupo Niche).

Esta muerte —tengo que decirlo— me impacta bastante, porque desde hace rato lo quería entrevistar y una vez más (como me pasó con el gran bajista de la salsa Salvador “Sal” Cuevas) se dio sin avisar, por lo menos a mí, pues no sabía que el gran maestro se encontraba enfermo. A pesar de esto, veo con alegría y, por supuesto, nostalgia (¿la felicidad de estar triste?) que existen buenos testimonios en video y prensa escrita sobre el artista fallecido, lo cual es notable, ya que muchas veces los que se paran adelante en la tarima (y las carátulas), como los acordeoneros y, sobre todo, los cantantes, son quienes se llevan el reconocimiento, tanto del público como de los especialistas, mientras que las historias de los que desde atrás ayudaron a cimentar esos sonidos inolvidables resultan perdiéndose cuando sus protagonistas se marchan al infinito. Pero afortunadamente, en medio de lo triste de su partida, con Vásquez no ha sido así, pues ha habido un cubrimiento mediático que da cuenta de su importancia, porque, además, no solo era un prodigioso intérprete de sus instrumentos (también le daba sabroso al teclado), sino a la vez un excelente arreglista, productor y compositor de canciones que nos pusieron a bailar y a cantar, en mi caso bastantes veces.

También tengo que decir que desde que empecé a oír vallenato “comercial” con gozo y atención (porque no fue desde el comienzo de mis tiempos), aparte de observar al acordeón exuberante, la percusión de caja, guacharaca, congas y timbales (y después batería), y, por supuesto, los poderosos cantantes con sus timbres tan particulares (que, a veces, no se entienden en otros contextos); quedé cautivado, sobre todo, por el sonido del bajo, ya que me di cuenta inmediatamente de la singularidad de la interpretación y del nivel de virtuosismo que tenían estos ejecutantes sobre los cuales poco se hablaba. Esto me impactó y fue como conocer un mundo nuevo que me dejó claro que los bajistas vallenatos sostenían, prácticamente como solistas, a todo el grupo con su onda percutiva, pero a la vez melódica y armónica que variaba constantemente y dejaba en evidencia una gran calidad interpretativa, fuerza y, sobre todo, mucho swing, que es lo más importante de todo.

Y es que cuando pienso en géneros musicales en los que el bajo eléctrico es principalmente virtuoso y no solo sabroso, se me ocurren el funk que, con su simplicidad armónica, pero poder rítmico, descresta a todo el mundo, y el vallenato en el que la tradición y la modernidad se juntan de manera simbiótica.

En ese contexto, establecí diferencias en los estilos y supe del gran salto que se dio en el vallenato entre aquellos que acompañaban sabrosa, pero básicamente a, por ejemplo, Alfredo Gutiérrez o Calixto Ochoa en los años setenta (mis respetos), y quienes empezaron a tocar con interpretes posteriores nutriéndose de la salsa, el merengue y la música del Caribe no hispano, además del funk y el rock de aquellos tiempos. Con esto quedaron manifiestas las tendencias del vallenato moderno que, sin perder su esencia (así los conservadores dijeran lo contrario), se acoplaban con los tiempos del momento a través de sus temáticas, contextos, instrumentaciones e interpretaciones, lo cual ha sido, en gran parte, el secreto de su vigencia.

Así, el aporte de “Quevas” fue fundamental, pues, a pesar de no tener educación formal en música, supo empíricamente transformar la manera de tocar usando el pulgar para dar un sonido más robusto, incorporando efectos, glisandos y sonidos “raros”; aportando líneas melódicas y generando, con sus vastos recorridos por el diapasón, armonías que se enriquecían con el uso constante de distintos modos. De esta manera, “Quevas” se consolidó como un maestro de maestros que propuso un lenguaje nuevo y amplio que se convirtió en un parámetro —pero no una limitante, pues su esencia era la libertad— para todos los demás.

Por todo lo anterior, afirmar que ha muerto uno de los grandes revolucionarios de la música en Colombia no es una ligereza, sino un hecho evidente, ya que su estilo marcó un patrón notorio en paseos, merengues, sones, puyas y bastantes cosas más que conforman al vallenato (porque este, así aún algunos no lo reconozcan, tiene otros ingredientes, y desde el principio). Mejor dicho, como pasa con esos grandes innovadores, el vallenato también se puede partir (y sé que todo depende de lo que se tome como punto de referencia) en un antes y un después de José Vásquez.

José Miguel Vásquez Castillo nació el 19 de marzo de 1955 en Fundación (Magdalena), pero fue llevado muy pequeño a Chiriguaná (Cesar), donde aprendió a tocar la guitarra, casi que desde el principio de su vida, pues su padre, un antioqueño oriundo de Anorí y amante de los bambucos, tangos y pasillos, “churrusqueaba” el instrumento de vez en cuando. Con esta influencia, aunada a su talento natural y, sobre todo, curiosidad por escuchar todo tipo de música, el joven José empezó a darle más seriamente a la guitarra (por lo cual su técnica en el bajo era “guitarrística”) y al poco tiempo también al bajo —instrumento que compró en Maicao a los 13 años— con sorprendente virtuosismo, dejando ver que cuando hay talento vale la pena dejar que este se abra camino.

Una de sus influencias primordiales fue la del cartagenero Cristóbal García, conocido como “Calilla”, quien fue bajista de “Los Corraleros de Majagual” y, principalmente, del gran Alfredo Gutiérrez, convirtiéndose en otro de los grandes innovadores del género, de hecho, no solo del vallenato, sino de la música del Caribe colombiano, además, con gran éxito comercial. Con “Calilla”, el nobel “Quevas” compartió tarima, grabaciones, parrandas y otros momentos, lo cual le hizo ver a su mentor como su padre musical (y abuelo de los bajistas del vallenato “moderno”), recibiendo, además, su aval para seguir adelante con todas las ideas que quería incorporar en su bacanísima propuesta.

Su primer chance como bajista fue con Los Cumbancheros del Ritmo, una orquesta de La Jagua de Ibirico con la que estuvo poco tiempo, pero que le permitió llamar la atención del público y otros músicos, pues sin duda mostraba algo especial; posteriormente, a los 17 años, se fue a tocar con el legendario Andrés Landero, con quien estuvo de gira como por seis meses; de ahí pasó a acompañar a Calixto Ochoa y luego se incorporó al conjunto del gran Alfredo Gutiérrez, con quienes ya se transformó en una figura reconocida en muchos lugares. Poco tiempo después se fue a tocar con Juan Piña, quien tenía una orquesta de música “tropical”, pero a la vez vallenateaba con contundencia. Ante esto, muchos lo empezaron a llamar para participar en numerosas grabaciones con artistas como Chico Cervantes (oigan el solo de “Quiéreme”), “Los Hermanos López”, “Wganda Kenya” (con Fruko y Joe Arroyo) y Pedro Ramayá Beltrán, entre otros, hasta que, en 1977, luego de un intento fallido para tocar teclados con Pastor López (porque cerraron la frontera con Venezuela y el joven José no pudo viajar), entró a formar parte de El Binomio de Oro, como bajista y a veces, guitarrista, con quienes todo fue un caso aparte.

Es que con esta portentosa agrupación, Vásquez pudo dar rienda suelta a toda su creatividad, contando con el respaldo de Rafael Orozco e Israel Romero, quienes, muy influidos visual y sonoramente por las grandes orquestas del Caribe (El Gran Combo de Puerto Rico, Los Melódicos, Wilfrido Vargas, Oscar D´León, Cuco Valoy…), querían también innovar al incorporar teclados, bombos, guitarras eléctricas, baterías y, a veces, vientos, para ponerse en un lugar muy distinto —y lo lograron con creces— al del resto de grupos vallenatos de la época, a los cuales les tocó meter algunas de esas cosas para no quedarse atrás.

Con El Binomio de Oro, Vásquez se confirmó como una gran figura de la música, haciéndose famosos los gritos de Orozco diciendo: “¡Quevas, Quevas!, ¡Suéltale los cañones José Vasquez!”, para pasar al frente y lucirse con su virtuosismo, imaginación, sabor y calidad descrestando al público y a los muchos músicos con los que alternaban, como Wilfrido Vargas y el propio Rafael Ithier de El Gran Combo, quienes, según el propio Vásquez, se quedaban frente a la tarima para verlo tocar. Total, esto no era gratuito, pues si bien los oídos actuales se han habituado a lo que Vásquez incorporó hace casi cuarenta años, sus líneas melódicas siguen siendo impactantes y, si alguien lo duda, que le ponga atención a lo que suena en “La Candelosa” (que grabó en compañía de “El Maño”), “El Parrandón” o “El Higuerón”, entre otras piezas ya clásicas, para darse cuenta de toda la “comida” que hay detrás de todo eso (y si son bajistas, intenten tocarlas).

Dije antes que Vásquez no era solo un gran bajista sino un compositor exitoso de canciones que pegaron duro con El Binomio, ya que presentó obras como “Te seguiré queriendo”, “Esa”, “De nuevo en tu ventana” y “Colombia” (esta última con un solo de guitarra de swing muy caribeño, mientras le dejaba a “el Papa” la ejecución del bajo), además de otras que grabaron artistas como Joe Arroyo (“Las Mujeres”), Rodolfo Aicardi (“Ella volverá”), Wganda Kenya (“Chao Amor”), entre varias más. Con esto, su talento y creatividad, aunados a la exposición que tuvo con esa exitosa agrupación, lo hicieron ser el bajista más solicitado de distintos géneros musicales, llegando a tocar con Joe Arroyo, La Niña Emilia, Los Betos, Iván Villazón, Martín Elías, Los Embajadores Vallenatos, Dolcey Gutiérrez, Grupo Bananas y hasta Daddy Yankee, entre muchos otros.

También tocó con Diomedes Díaz, la otra figura multitudinaria del vallenato, y competencia directa de Rafael Orozco, pues grabó en 1986 el muy famoso “intro” de guitarra acústica de “Sin medir distancias”, tema de Gustavo Gutiérrez que continuó consolidando al “Cacique de la Junta” como la gran estrella de la música —no solo vallenata— en Colombia. Y luego de la muerte en 1994 del bajista Rangel “el Maño” Torres (y de Rafael Orozco en 1992), Vásquez pasó a acompañar a Diomedes por varios años.

Mejor dicho, José Vásquez era ya para los años noventa una leyenda encarnada, sobre todo en esos tiempos en que la información no estaba a un “click” de distancia, pues muchos de los músicos vallenatos con los que yo he tocado y sandungueado hablaban siempre de él, como una referencia clave para la evolución de un género que se fue haciendo cada vez más popular en el país, y en otros lugares del mundo, como Venezuela, donde El Binomio de Oro era la sensación.

Vale decir que, en esa búsqueda de nuevos sonidos y nuevas formas de tocar, otro referente para “Quevas” fue Salvador “Sal” Cuevas, el virtuoso bajista nuyorican que, sobre todo con la bandota de Willie Colón entre 1976 a 1984, la Fania All-Stars y muchos más (Eddie Palmieri, Larry Harlow, Arturo Sandoval, Celia Cruz, La Sonora Ponceña, Héctor Lavoe…), usó con efectividad el “slap” tan presente en el funk, recorrió con mucha calidad todo el diapasón y apeló constantemente a numerosos efectos para incorporarlos a los grupos en los que empezó a lucirse como bajista. De hecho, les invito a que oigan el comienzo de “Plástico” de Willie Colón y Rubén Blades, y después a que le pongan atención al inicio de “La Candelosa” de El Binomio de Oro, para que se den cuenta de por dónde viene —y va— la cosa.

No sobra mencionar que, si bien Cuevas ha sido muy influyente en la salsa, el impacto de Vásquez en el vallenato es mayor, pues en la salsa muchos bajistas siguieron tocando al estilo “tradicional”, pero en cambio en el vallenato todos los que vinieron después de Vásquez imitaron su estilo, al punto de que cuando se habla de “bajo vallenato” se están refiriendo realmente el estilo de José Vásquez, y eso no es cualquier cosa. Con esto, el influjo de Vásquez está presente en los más importantes intérpretes del instrumento en el vallenato como Rangel “el Maño” Torres (casi contemporáneo y otro teso innovador), Isaac Carrillo, Alcides Torres, Luis Ángel “el Papa” Pastor, Iván Calderón, Braulio Tilano, Alcides Torres, Hollman Salzar, Crispín Soto, Camilo Torres, Nemecio Gómez, Erichs Martínez, Peyo Cotes, Óscar Tilano, Carlos Huertas Jr., Carmelo Rodríguez, Pablo Fuentes y el gran Pipe “el Chino” Guzmán, entre muchos más.

El caso es que se fue al infinito, a sus 67 años, José Vásquez, el popular “Quevas” y papá del bajo vallenato moderno, lo cual —y vale la pena reiterarlo—, deja un tremendo vacío. Es que Vásquez ejemplifica lo que ha sido el vallenato durante tantos años: una expresión artística y comercialmente exitosa que nunca ha tenido miedo de incorporar nuevas sonoridades, fusionarse con otros géneros, ampliar los formatos instrumentales y lanzar nuevas figuras, haciéndose acorde con los tiempos que se viven para cruzar las fronteras de nuevas perspectivas que son, sin duda también, las de nuevos mundos.

Por esto, por lo que dije antes y por mucho más es que vale recordar la trayectoria, el legado y la figura de José Vásquez, un artista genial que, a punta de talento, curiosidad, imaginación y convicción para proponer lenguajes nuevos, cambió parte de la música en Colombia, así muchos no lo sepan (o crean). Y en esta perspectiva, si bien hay notables cantantes, acordeoneros y compositores a los que se homenajea y recuerda permanentemente en numerosos festivales, valdría la pena también que homenajearan a los ejecutantes de otros instrumentos que han hecho aportes muy relevantes a la música sin que eso sea del todo reconocido, al menos por los que están bien arriba tomando algunas de decisiones.

Total, la impronta de Vásquez será permanente, lo cual, por cierto, corroboré en lugares bacanísimos como el desaparecido espacio “La Colina Imperial” en Bogotá, donde me deleité escuchando la mejor música del Caribe en la capital colombiana y cuyo creador y dueño murió también hace unas pocas semanas. De hecho, que valga decir que este texto es también un homenaje a la memoria del ocañero Santiago Carrascal, quien, con su pasión por la música del Caribe, a pesar de su carácter complicado (porque era bien complicado), me dejó ver y oír a “Quevas”, entre muchos más, con atención y profundo sentimiento.

Y, en esta vía, seguiré celebrando el legado, ejemplo y la trayectoria de quienes nos han ayudado a hacer más llevadera la vida, ya que cada vez más me queda claro que envejecer implica ver que aquellos que construyeron el mundo que conocemos desaparecerán cada vez más frecuentemente hasta que también nos llegue el momento.

De esta manera, y sin dejar de lado la nostalgia (por él, por Santiago, por “Pupy” Pedroso, por “El Tosco” y por Darío Gómez, entre tantos otros que han partido recientemente), me tomaré una cervecita y pediré que suene otra vez “La Candelosa” (y otras cuantas más), pues, de todas formas, el gran “Quevas” —el más teso de los bajistas vallenatos— seguirá presente en las notas inolvidables de la música de este país que, con lo bueno y lo malo, los éxitos y los fracasos, y las esperanzas que nunca mueren, continuará luchando para ver si algún día llega a sentir que, por fin, pudo hacer sus sueños realidad.

* Texto dedicado a Santiago Carrascal, otro que se fue recientemente.

* Petrit Baquero es Historiador, Politólogo, Músico y Melómano. Autor de El ABC de la Mafia. Radiografía del Cartel de Medellín (Planeta, 2012); La Nueva Guerra Verde (Planeta, 2017) y Manual de Derechos Humanos y Paz (CINEP/PPP, 2015)

Por Petrit Baquero * / Especial para El Espectador

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