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2 Jul 2021 - 10:01 p. m.

El romanticismo temprano y su identidad sonora

Gioacchino Rossini (1792 – 1868), Gaetano Donizetti (1797- 1848) y Vincenzo Bellini (1801- 1835) cumplieron con el propósito de engrandecer la ópera italiana.

María Isabel Quintero

Gioacchino Rossini (1792 – 1868).
Gioacchino Rossini (1792 – 1868).
Foto: Archivo

El siglo XIX hizo su advenimiento en Italia en medio de una nación dividida políticamente y enfilada hacia su reunificación –en un fenómeno conocido como Risorgimento–. Pero curiosamente, tal agitación social en nada afectó la solidez de la ópera como expresión artística primordial de la península, y su desarrollo y despliegue incluso eclipsaron otras manifestaciones musicales, tanto o más antiguas, asentadas firmemente en el universo instrumental.

En su evolución la ópera dejó atrás sin traumatismos las formas heredadas de la ópera seria y bufa y se adaptó de forma gradual, casi orgánica, a las inquietudes del nuevo siglo. Confiada se desplegó en un horizonte propicio para su ascenso, en el que el bel canto continuó reafirmándose como identidad sonora, artística y estética sin contradictores.

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Aportes importantes y definitivos hicieron las tres luminarias incontestables al proceso de estas décadas: Gioacchino Rossini, Gaetano Donizetti y Vincenzo Bellini, cuyas disímiles carreras y personalidades no riñeron en absoluto con el propósito de engrandecer la ópera italiana y catapultarla, incluso, más allá de las fronteras del convulsionado continente europeo. Italia, en plena reunificación, reiteró sin tapujos la centralidad de su cultura musical a través de la ópera, protagonista del nuevo siglo, generadora de placer, gusto y sentido de comunidad para la nueva burguesía.

En un vistazo veloz por el ingente legado de estos compositores comenzamos con Semiramide, ópera en dos actos de Rossini que, a partir de un libreto de Gaetano Rossi sobre la tragedia homónima de Voltaire, recrea las enredadas intrigas de la reina de Asiria enceguecida por la ambición.

En esta historia, estrenada en el Teatro La Fenice de Venecia el 3 de febrero de 1823, Rossini lleva al límite el despliegue espectacular de las capacidades vocales de los cantantes, cualidades tan apreciadas por el vasto público como temidas por el reparto.

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Luego viene la famosísima Norma de Bellini, tragedia lírica en dos actos con libreto de Felice Romani sobre la obra de Alexandre Soumet, cuya primera interpretación tuvo lugar el 26 de diciembre de 1831 en La Scala de Milán.

Una muestra excelsa de las más altas calidades del belcantismo que, además, ratifica las dotes teatrales excepcionales del joven compositor, para quien resultaba natural explorar las profundidades del drama romántico. Norma, la protagonista, ocupa un lugar destacado entre los grandes personajes femeninos de la historia de la ópera, y presenta una de las piezas más complejas y famosas del repertorio operático: el aria Casta diva.

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Cerramos con la formidable Lucia de Lamermoor. Ópera de Donizetti, con libreto de Salvatore Cammarano, como adaptación de la novela The Bride of Lammermoor de Sir Walter Scott. Su estreno se llevó a cabo en el Teatro San Carlos de Nápoles, el 26 de septiembre de 1835, cuando Donizetti fungía ya como rey indiscutible de la ópera italiana tras el retiro de Rossini y la prematura muerte de Bellini. El compositor destina a esta obra todo su arsenal de virtuosismo para recrear al extremo la frágil condición mental de la protagonista, una joven escocesa del siglo XVI que ve insalvable y frustrado su deseo de realizarse románticamente junto a su amado Edgardo, por causa de la violencia, la enemistad, la intriga y la maldad.

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