Ad
28 Nov 2021 - 2:00 a. m.

Larga vida para nuestro Edy Martínez

Semblanza de uno de los máximos referentes del jazz colombiano, a raíz del falso rumor de su muerte. Testimonio de un melómano.

Petrit Baquero * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

El maestro Edy Martínez nació en  Pasto, Nariño, el 7 de enero de 1942, aunque vivió muchos años en Bogotá.
El maestro Edy Martínez nació en Pasto, Nariño, el 7 de enero de 1942, aunque vivió muchos años en Bogotá.
Foto: Cortesía de El Tiempo

La noche del jueves 18 de noviembre, con la facilidad con que cualquiera dice cualquier cosa, nos estremecimos con la noticia de la supuesta muerte, en un accidente automovilístico en las calles de Atlanta, de Edy Martínez, uno de los grandes estandartes del jazz colombiano. (Recomendamos: Más crónicas de Petrit Baquero sobre música colombiana).

La noticia, afortunadamente, fue desmentida, y si bien supimos que el maestro sí se vio involucrado en tremendo estrellón mientras conducía su vehículo, tenemos claro que, pese a algunas magulladuras, está bien de salud. Esto fue motivo de alegría, pues, en un año en el que hemos perdido a legendarias figuras de la música de todo el mundo, estamos seguros de que todavía podremos seguir disfrutando del talento, la creatividad y el don de gentes del gran Eduardo Martínez Bastidas, más conocido como Edy Martínez. (Más: Lanzaron documental sobre Edy Martínez).

Yo lo conocí a mediados de los años 90 en Bogotá, una ciudad que estaba viviendo una nueva fiebre por el jazz, una música abierta a todo tipo de influencias que, surgida en los barrios populares de las ciudades del sur de Estados Unidos aledañas a la cuenca del río Misisipi y con la impronta fundamental de las comunidades afrodescendientes, se expandió por todo el mundo (no sin críticas, como siempre pasa, de los sectores más conservadores de hace cien años), convirtiéndose en un lenguaje universal cultivado, en muchos casos, por los músicos más virtuosos y entendidos que, con notables fundamentos técnicos, dan rienda suelta a su creatividad y búsqueda de libertad.

Y en esos escenarios de aquella Bogotá noventuda, muchos pudimos deleitarnos con el sonido de Edy Martínez, quien, luego de un largo periplo de más de 40 años por Nueva York, había decidido instalarse en su país natal (aunque unos años después se devolvió, pues Colombia, con todo y sus cosas, era bastante candente). En su estadía en Bogotá, Martínez grabó su álbum Privilegio (1995), en el que, con una moderna big band, alineó a algunos de los mejores músicos de la escena del jazz local, dando conciertos maravillosos y entregando un aporte muy relevante para la música en Colombia.

Poco después, en 1997, grabó otro disco (que, la verdad, no me tramó tanto) donde tocaba temas colombianos en piano, menos cerca del jazz de lo que algunos esperábamos.

Total, por esos tiempos tuve el privilegio de verlo en acción, no solo con su big band, sino con un pequeño combo de músicos, como el baterista samario Kike Cuao, el conguero venezolano José Rafael el Nene Vásquez y el bajista cubano Diego Valdés, con quienes dio rienda suelta a sus descargas, improvisaciones y creaciones. Así, pude admirar a un gran artista que, con su vasta experiencia, no perdía su pasión por la música dejando en evidencia que su swing, potencia rítmica y riqueza armónica y melódica estaban ahí presentes, corroborando su estatus como uno de los más importantes músicos —entre muchos talentos de distintas épocas— que ha dado Colombia. Es que su participación en icónicas y legendarias grabaciones de la (para mí, mal llamada, por su mirada anglocéntrica) “música latina”, lo ponen en un lugar relevante de los grandes artistas colombianos que fueron parte de uno de los más ricos y exitosos procesos creativos y culturales de la música popular contemporánea.

Basta oír sus colaboraciones —ya sea como pianista o arreglista— con legendarias figuras como Ray Barretto, Mongo Santamaría, Willie Colón, Ángel Canales, Tito Puente, Eddie Palmieri, Gato Barbieri, Pete el Conde Rodríguez, Luis Perico Ortiz, Larry Harlow y Justo Betancur, entre muchos otros (tronco de nombres, ¿cierto?), para saber que Martínez fue parte importante de la génesis, el desarrollo y las tendencias de la denominada “salsa” y, sobre todo, del jazz afrocaribeño que algunos denominaron “latin jazz”, durante casi 60 años, siempre con alta calidad y profesionalismo, y siempre dándole primacía a la mirada artística sobre la meramente comercial (cuestiones que no son necesariamente excluyentes, aunque muchas veces sí que lo son).

Su música tiene la impronta de su padre, Manuel Martínez Pollit, trombonista y director musical, y de su madre, Rosa Bastidas, cantante, guitarrista y bandolista, quienes, además de un profundo conocimiento técnico, le inculcaron una mirada —o audición— cosmopolita, pero a la vez con mucho sabor local que Edy supo hacer realidad como baterista, pianista, arreglista y compositor.

Pero su vuelo iba a ser por fuera, pues ya en 1959, cuando tenía 17 años, fue invitado a tocar en Aruba, como baterista, con la orquesta de Hernando Becerra, amigo de su padre, con quien también viajaría a Miami. Allí, el joven Eduardo —todavía no era Edy— decidió quedarse, tocando con varios grupos, aunque siempre con la mirada puesta en Nueva York, adonde bien pronto llegó, siendo testigo —y, sobre todo, protagonista— de los nacientes movimientos musicales que, ya no desde los grandes —y caros— salones, sino desde las esquinas de los barrios, emergían con fuerza en la cocina sonora y multicultural de la “Gran Manzana”. Allá se quedó un buen tiempo, pues cerca de 50 años (un poco más, un poco menos) en Nueva York hicieron de Edy Martínez un neoyorquino más, a pesar de ser también un pastuso orgulloso, pues nació en San Juan de Pasto el 7 de enero de 1942, aunque llegó a vivir a Bogotá con apenas tres meses de vida.

Total, como había conocimiento, técnica y, sobre todo, mucho talento, el joven Edy se convirtió en uno de los músicos y arreglistas más solicitados de la onda afrocaribeña de la denominada “capital del mundo”. Piezas maravillosas como “Rareza en guajira” y “The Other Road” con Ray Barretto, “Sofrito” y “Little Angel” con Mongo Santamaría, “El paso de Encarnación” y “La raza latina” con Larry Harlow, “Sol de mi vida” y “Perico Macoña” con Ángel Canales, “Resemblance” con Eddie Palmieri y “Camino al barrio” y “Apartamento 21” con Willie Colón, entre muchas más, son un ejemplo de esto. Claro que su pasión ha sido siempre el jazz, por lo que grabó permanentemente con el saxofonista argentino Gato Barbieri y con legendarias figuras como Tito Puente, quien armó la agrupación Latin Percussion Jazz Ensamble, para la cual Martínez compuso los temas “The Opener”, “Martínez Blues” y “Afro Mood”.

Ya en años más cercanos, entre muchos otros álbumes, Edy grabó con su propia agrupación el disco Midnight Jazz Affair (2008), en el que reinterpretaba viejos temas, presentaba algunos nuevos y mostraba una notable versión “latinjazzeada” de “La guaneña” (búsquenla, se las recomiendo) que pude ver en vivo en Galería Café Libro de la 93, donde se acompañó de una nueva generación de músicos notables.

Pero el tiempo pasa y, tal vez, la nostalgia por la tierra lo empezó a jalar, pues Edy decidió, hace cerca de un lustro, regresar a vivir a Colombia, una vez más. Por eso lo empecé a ver más seguido: en Pasto, como profesor e invitado a numerosos toques, y en Cali, donde era director musical de Rebambaramba, un programa de televisión.

Finalmente, Edy llegó a Bogotá, la ciudad de su infancia, donde ha sido docente universitario y resultó siendo vecino de una talentosa amiga mía, cuyo nombre me reservo para preservar su prestigio, quien se lo encontró en el ascensor del edificio y lo saludó emocionada preguntándole: “¿Usted es Eddy Herrera?”, a lo cual Martínez le respondió con una sonrisa y mucha amabilidad (y no sé si le aclaró finalmente que no cantaba merengue).

Todo esto deja ver que, a pesar de su vasta trayectoria y grandeza artística, Edy sigue siendo un hombre sencillo con el que uno se puede cruzar permanentemente en bares bogotanos, como Galería Café Libro y Quiebracanto, viendo un documental sobre Miles Davis en alguna sala de cine o en discotiendas como Disco Inn, en la calle 57 debajo de la 13) o la Musiteca del centro de Bogotá, buscando discos de jazz, incluyendo algunos de los que él mismo grabó y que espera conseguir de nuevo (yo le regalé el LP The Other Road).

A la vez, cuando me entero de que tiene alguna presentación, trato de ir a verlo en acción, como pasó las últimas veces en Casa de Citas (donde hasta me pegué una cantadita con él, aunque pude haberlo hecho mejor), espacio creado por Carlos Adolfo González, quien, por cierto, fue el productor ejecutivo de su álbum “Privilegio”.

Casualmente, el día que se dio la falsa noticia de su muerte, se estrenó en el bar La Topa Tolondra, en Cali, un documental sobre su vida y obra titulado “Viva Edy: la historia de una música indestructible”, dirigido por Carlos Ospina, basado en la investigación de Jairo Grijalba y con la participación de legendarios nombres como Gilberto Colón, Orlando Godoy, Bobby Valentín, Willie Rosario, Luis “Perico” Ortiz, Johnny Rodríguez, Orlando Marín, José Luis Cortés, Óscar Hernández, Adalberto Santiago, Tempo Alomar, Tito Allen, Jimmy Delgado, José Mangual Jr., Yuri Buenaventura, Vivian Ara, Samuel Torres y Nicky Marrero, entre otros. El documental, desarrollado con el apoyo de Telepacífico, se podrá ver en algunas salas de cine, incluyendo las habilitadas para el Festival Internacional de Cine de Cali, siendo, sin duda, un homenaje merecido para una figura que, como tantas otras, no necesita un Grammy para ser grande entre los grandes.

Vale decir también que, si bien me he sentido en la obligación de recordar a los importantes artistas que nos van dejando (alguien me dijo que me estaba convirtiendo en el obituarista de El Espectador), es necesario escribir sobre esos grandes maestros que aún nos acompañan y que, a pesar de los años y las experiencias vividas y compartidas, continúan con sus sueños intactos (sé que Edy quiere hacer un disco en vivo, y espero que lo saque adelante.) para seguir creando, hacernos gozar y permitirnos soñar, al menos un poquito.

Pero por todo esto y mucho más, y con el alivio de que la noticia de su desaparición fue falsa, solo basta decir a toda la gente que lo admira, como yo, con fuerza y convicción: ¡larga vida para usted, maestro Edy Martínez!

*Petrit Baquero es historiador, politólogo, músico y melómano. Es autor de los libros El ABC de la mafia: radiografía del cartel de Medellín (Planeta, 2012), La nueva guerra verde (Planeta, 2017), Manual de derechos humanos y paz (CINEP/PPP, 2014) y Memoria histórica del Foncep (Alcaldía de Bogotá, 2019).

Recibe alertas desde Google News

Temas relacionados

Música jazzColombia