Tiene un manual de supervivencia emocional

Sylvia Ramírez: “Trabajar no es sinónimo de sufrir”

La conferencista internacional y profesora de posgrado en diversas instituciones publicó el libro “Felicidad a prueba de oficinas”.

La invitación de Sylvia Ramírez con su libro es a vivir cada día como si fuera el primero. / Cortesía

¿Cuál es el tema central de “Felicidad a prueba de oficinas”?

El libro busca ser un manual de supervivencia emocional para adultos en edad productiva. Por la naturaleza de mi trabajo, la gente aprovecha mis redes sociales para hacer sus denuncias de infelicidad y las quejas más frecuentes siempre tienen algo relacionado con el trabajo: el jefe, los colegas, la actividad en sí, etc. La apuesta del libro es que trabajar no debe ser sinónimo de sufrir. Para lograrlo, el requisito es uno solo: aprender a pensar distinto.

¿Qué es un estresor?

Un estresor es cualquier circunstancia o persona que nos acelere el pulso. Por eso los estresores son tan peligrosos. Y por eso son tan adictivos: porque el corazón, que es apenas una válvula, no distingue si la causa para estar latiendo más fuerte es, por ejemplo, un nuevo amor, o si es el jefe que lo saca a uno de casillas. Pero lo cierto es que en ambos casos, al tener el pulso en las nubes, ¡nos sentimos vivos! Resulta que para nuestra química orgánica es infinitamente mejor tener un lío que nos acelere el ritmo cardíaco a no tener absolutamente nada en qué pensar.

En su libro señala que “loro viejo sí aprende a hablar” ¿A qué se refiere?

A que la mayoría de los adultos, cuando se les pregunta si saben qué tendrían que hacer para vivir una vida feliz, dicen que sí; que sí saben. Pero cuando se les pregunta por qué no hacen eso que saben que deben hacer por su propia felicidad, responden que ya están demasiado viejos (demasiado resabiados) como para tratar de cambiar. Mentiras: la ciencia ha demostrado que sin importar la edad, cuando el cerebro se pone en acción, responde muy bien. Y más si se trata de una tarea relacionada con la propia felicidad. En otras palabras, para que un loro viejo aprenda a hablar lo único que se necesita es que ese loro se convenza de que sí es posible dejar los resabios atrás.

¿Cuáles son esos obstáculos, a veces inventados, para no ser feliz en el trabajo?

He encontrado tres que están desarrollados en el libro: (i) creerse muy poco importante (es un obstáculo de la felicidad, porque lleva a decisiones tóxicas como la de estar disponible para la oficina todo el tiempo, fines de semana incluidos); (ii) creerse demasiado importante (estos personajes sufren por todo: si les dijeron o no “doctor”; si la tarea que tienen que hacer está a la altura de sus capacidades o no; si quizá contrataron en la empresa a alguien más importante… todo es una amenaza) y (iii) creer que está rodeado de ineptos (este es un obstáculo para la felicidad, porque si uno cree que todo el mundo a su alrededor es incompetente, uno termina haciendo el trabajo de los demás. Y, claro, agotado por estar trabajando el triple, no se puede ser feliz).

¿Qué son las máscaras corporativas?

Son las fachadas, los andamiajes emocionales que construimos para poder ser viables en el trabajo. Las máscaras no son de por sí buenas ni malas: son una respuesta adaptativa para sobrevivir. Especialmente cuando uno sabe que está en el último eslabón de la cadena alimenticia de la oficina. Ocurre que son varias y por eso las organicé por categorías en el libro.

Háblenos del síndrome de no tener tiempo

Es la trampa en la que caemos con más frecuencia y sin darnos cuenta. Como estamos en una época en la que el culto a la hiperproductividad pareciera ser la única vía al éxito, solo sentimos que estamos haciendo las cosas bien si nos mantenemos ultraocupados. Llegamos al extremo alucinante de que sentir que estar arruinando la salud es un indicador de éxito. El asunto es serio: en una encuesta reciente encontraron que en Colombia uno de cada tres trabajadores se siente culpable de tomar sus vacaciones. Esto es insostenible: o aprendemos a pensar distinto… ¡o nos fundimos!

¿Es el otro extremo ese que usted señala como “la trampa de vive cada día como si fuera el último”?

El planteamiento es bienintencionado pero acaba siendo desgastante. Vamos a ver: si este fuera el último día de su vida, ¿saldría corriendo al aeropuerto con rumbo a una playa paradisíaca? Con seguridad lo que uno haría sería lo contrario: se lo pasaría fatal e invertiría el día en llamar a despedirse y pedir perdón a familiares y amigos. La invitación de felicidad a prueba de oficinas en ese sentido es elemental (casi inocente) y por lo mismo es muy bonita: ¿qué tal vivir cada día como si fuera el primero? Sí: usando toda la experiencia que ha acuñado hasta ahora pero sin resabios. Vivir cada día como si uno fuera un niño sabio.

*Si eres suscriptor, cuéntanos por qué te gustaría que este libro hiciera parte de tu biblioteca enviándonos un correo electrónico a circulodeexperiencias@elespectador.com. Las siete mejores historias recibirán un ejemplar.

 

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