Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
¿En qué ha cambiado Roberto Arias Pérez en estos 30 años de actividad cultural?
He cambiado mucho y lo que le puedo decir ahora es que soy como la justicia... cojeo, pero llego.
¿Y ha llegado muy lejos con todas esas obras que ha pensado para la gente?
He contado con la inmensa suerte de convertir en realidades tantos sueños, que parecían descabellados a favor de mejorar la calidad de vida de la gente.
¿Qué pensaba cuando fundó el teatro?, ¿cuál era la finalidad?
Todo lo que se haga a favor de la cultura es poco. La gente tiene ansias de cultura, deseos de conocer nuevas cosas y tiene una gran sensibilidad, pero la tienen dormida y hay que ayudar a despertarla. Se trata de darles difusión a una serie de manifestaciones de alto nivel. Siempre he sido enemigo de la mediocridad y creo que todo lo que se hace se debe hacer bien o no se hace.
¿Cuál es el mayor enemigo de la cultura en Colombia?
La mediocridad. Mucha gente se resigna con lo que tiene y todos tenemos derecho a ver y escuchar lo que es bueno. Paso por antipático, porque no me gustan las cosas a medias. Los obstáculos en lugar de detenerlo a uno deben servir para impulsarlo. Las cosas demasiado fáciles no resultan.
¿De verdad le han dicho que es antipático?
Me han dicho que soy un poco dictatorial y debo reconocer que tienen algo de razón. Me gusta que las leyes se cumplan. Aquí nos hemos acostumbrado a que las leyes son muy bonitas en el papel y eso no puede ser así.
Usted fue un pionero porque ahora muchas cajas de compensación tienen su teatro...
Soy un enamorado de la justicia social y creo que las cajas de subsidio familiar pueden realizar una gran obra. Hoy Colsubsidio no es la única que tiene teatro, también Cafam, Compensar y otras. Eso que al comienzo pensaban que era una locura de una mente enajenada como la mía, terminó siendo algo digno de imitar.
¿Usted es tan buen orador por ser abogado o por ser un hombre culto?
Soy abogado del Rosario y fui el primer colombiano en destacarse en la Academia de Derecho Internacional de La Haya. He tenido mucha suerte en la vida y he tenido la oportunidad de ayudar a los demás. Más que buen orador, he sido buen trabajador.
¿Cuál ha sido el mejor concierto que se ha presentado en el teatro?
Sin duda el primero que hicimos con la ‘Novena Sinfonía de Beethoven’ con la Orquesta Sinfónica Nacional y la participación de solistas internacionales.
¿Cuál es su lugar favorito en el teatro?
Estoy siempre en la primera fila del primer palco. Es mi sitio reservado y cuando me muera mi fantasma vendrá a los eventos.
Usted se retiró en 1984, tres años después de fundar el teatro... ¿por qué se retiró?
Veía que el sistema administrativo mío no era bueno, porque centralizaba todo en mi cabeza. Había gente que sabía más que yo y era necesario transmitirles lo poco o lo mucho que sabía. Si moría en el ejercicio de mi trabajo, les hubiera tocado hacer una sesión de espiritismo para salir de dudas, porque concentraba todo en mi cabeza.
¿Cuando bautizaron el teatro usted dio la pelea para que no tuviera su nombre?
Al comienzo agradecí el gesto, pero me sentí muerto. No tuve derecho a decir que no y lo mejor es que mi esposa nunca va a enviudar, porque ese nombre estará por siempre. Es que mi esposa está casada con un teatro.
¿Qué tenía la cultura antes que no tiene ahora?
Ahora hay más caminos para su difusión. Los medios, incluso los alternos, ayudan a su conocimiento. Creo que ahora nos falta es la cultura cívica.
A sus 85 años y una vida exitosa en todos los sentidos... ¿qué le falta por hacer?
Me falta todavía saber agradecerle a la vida lo generosa que ha sido.