Al volante de: Mazda CX-30

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La séptima generación de vehículos de la firma japonesa incluye un SUV que se pasea entre el subsegmento de compactos y medianos.

Sin música, con las manos en el volante, el pie derecho haciendo una leve presión en el acelerador y el izquierdo en esa parte inclinada con la que cuentan los carros automáticos, junto al freno, el Mazda CX-30 es una especie de cápsula en movimiento.

Hay dinamismo. Está en la vía, en el tacómetro análogo y en el diseño estilo “Kodo”, que hace tan particulares a los carros de esta marca. Sin embargo, en el interior priman la calma y los sonidos que producen los pasajeros. La insonorización es sobresaliente. Es real. Son quienes lo ocupan y el sonido, sutil pero seguro, de un motor Skyactiv-G de 2,5 litros y sus 186 caballos de poder, los que cortan con esa calma.

Fue esa la primera impresión que generó este SUV en su versión Grand Touring LX AT 2,5L AWD (la más equipada), presentado por la firma nipona en Colombia, y al que tuvo acceso el equipo de “Al volante de…”, de El Espectador, un espacio dedicado a exponer las características y sensaciones que generan los vehículos que ruedan por el país.

El alma en movimiento

La segunda impresión es, sin duda, el desempeño. Hay quienes fabrican piezas que sacrifican el confort por la economía, otros que buscan lujo interior a cambio de una experiencia de manejo dinámica, etc. Mientras ellos hacen eso, Mazda se mantiene en su línea y crea opciones, como la CX-30, poco pretenciosas, diseñadas para entregarles confianza a sus usuarios.

No es un deportivo, tampoco es un auto para quienes buscan velocidad y un sonido en marcha invasivo. Es más bien un carro cómodo, que se entrega tal cual el conductor le exige, sin aceleraciones bruscas o “latigazos”, ni cabeceos o movimientos corporales excesivos al tomar una curva a velocidades de más de 60 km/h. La fatiga se reduce sorprendentemente (en comparación con otros SUV con dimensiones similares) al recorrer largas distancias.

El confort se potencia con funciones como el Autohold, que permite al conductor liberar el pedal del freno al detener el vehículo en situaciones como un semáforo, y que se desactiva al presionar el acelerador. También la posibilidad de accionar un modo de manejo deportivo, quizá más inclinado hacia la misma experiencia que al movimiento. Los sistemas de crucero y crucero adaptativo se suman a la calma en la cabina.

El cuerpo

Comparte un concepto de diseño con los demás productos de Mazda. Se trata del segundo lanzamiento de la séptima generación de sus productos, por lo que su interior es minimalista, con botones discretos, poco extravagantes, similar al del Mazda 3, con el que comparte plataforma.

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Es una tierra nueva por descubrir. Podría decirse que es el eslabón perdido entre las CX-3 y CX-5, dos de las referencias más exitosas de la marca en Colombia, con ventas, durante 2019, de 1.548 y 5.229 unidades, respectivamente (según Andemos).

No es ni muy grande ni muy pequeño. Aunque la percepción interior sea de amplitud, su exterior tiene una longitud de 4,3 metros, un ancho de 1,7 metros y una altura de 1,5 metros. Nada exagerado por ninguno de los extremos e ideal para los reducidos espacios de estacionamiento público urbanos. Además, la cámara de 360 grados, que se puede activar en cualquier momento, es el mayor aliado para esta actividad.

Esto fue, a grandes rasgos, la descripción del último lanzamiento de Mazda en Colombia, el cual llega al país en ocho versiones, que van desde los $74’300.000 hasta los $106’500.000, con motorizaciones de 2.0 litros y 2.5L, sobre la que se realizó este artículo.

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