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Primero, las copas de vino a medio beber mientras él la acompañaba a retocar el pavo para la cena, luego el último beso que saborearían jamás interrumpido por un “voy al baño”, entonces el golpe seco contra el lavamanos y el descubrimiento de su frágil cuerpo tan inerme en su vestidito rojo sobre el suelo de baldosa. La llamada de emergencia. El fin.
Una malformación genética se la arrancó rápidamente de un aneurisma como si los dioses no consideraran en su decisión lo mucho que la amaba. Aunque era inevitable, pues desde su nacimiento la respiración de ella traía fecha de vencimiento. Un soplo de la muerte se llevó los sueños que no cumplirían, los viajes que no harían, los hijos que no engendrarían. La noticia fue un gancho a la quijada tan demoledor, que le derrumbó por meses, tiempo durante el cual el apartamento se mantuvo clausurado, como la escena de un crimen donde el destino era el único asesino.