La confianza es uno de esos bienes intangibles que, como el aire, solo es perceptible cuando empieza a faltar. En el día a día, la confianza son esos pequeños milagros anónimos: cruzar la calle esperando que el conductor frene, comprar el pan de cada mañana sin preguntar quién lo amasó, dejar a los hijos en el colegio con la certeza de que estarán bien. Son actos tan simples que ni se notan pero que revelan algo profundo: que la vida en sociedad es imposible sin creer en el otro.
Pero la confianza también es colectiva. Es esa fuerza silenciosa que permite a millones de desconocidos coincidir en un propósito común sin necesidad de hablarse. Es lo que hace posible que una sociedad se mueva, que las decisiones se tomen y que, a pesar de las diferencias, prevalezca la idea de que hay reglas que nos cobijan a todos.
Y esto no es tarea exclusiva de alguien en específico, es de todos, porque se edifica en lo pequeño y en la cotidianidad: se vive a diario en la tienda de la esquina donde fían porque ya conocen a la familia. En la junta de acción comunal donde se ponen de acuerdo para arreglar la calle. En el salón de clases donde el profesor logra que treinta cabezas distintas piensen juntas. En la empresa que trata bien a sus trabajadores y éstos responden con compromiso.
Pero también se edifica en lo grande: en la credibilidad de las reglas que nos hemos dado como país y en la certeza de que, cuando actuamos juntos, nuestra voz tiene un lugar y un peso. Y en Colombia sabemos hacer esto.
Voto de confianza
Por eso hay fechas en las que el país entero se convierte en un gran ejercicio de confianza colectiva. Días en los que ciudadanos comunes, sin más uniforme que su ropa de diario ni más credencial que su compromiso, se convierten en jurados, portadores de la confianza y garantes de la voluntad de millones. Hombres y mujeres que madrugan, que organizan filas, que cuentan, que verifican, que atestiguan. Personas que podrían ser usted o yo, el vecino, la prima, el compañero de trabajo o ese conocido que siempre saluda en el barrio.
Y en un momento histórico marcado por la polarización y la desinformación, esa confianza debe extenderse a las instituciones que organizan y velan por la pureza del voto. Por eso, la Registraduría Nacional del Estado Civil sostiene su labor en la premisa de que la transparencia electoral no es un adjetivo, sino una práctica cotidiana respaldada por la participación ciudadana y la vigilancia de múltiples actores.
Y esto se hace porque hay procesos que nos pertenecen a todos, que requieren de manos ciudadanas para ser legítimos. Y cuando miles de colombianos anónimos se convierten en los cuidadores de la voluntad colectiva, el tejido invisible toma rostro por un instante.
Porque, al final, la misma certeza que nos permite confiar entre nosotros, es la que debemos depositar en el camino que conduce a las urnas. Esa confianza en la Registraduría, en sus procesos y en los miles de ciudadanos que los hacen posibles, no es un acto de fe ciega, sino el reconocimiento de una realidad que se construye y se defiende entre todos. Por eso hoy se celebra lo que pasa cuando confiamos y escuchamos a quienes, desde distintos lugares, trabajan para que esa confianza siga creciendo.
Desde el ciudadano hasta las instituciones
“Todos los ciudadanos tenemos responsabilidad en la construcción de confianza en tanto que debemos tener derecho de acceso a la información (libre de sesgo de falsedad o desinformación) y la obligación a estar bien informados para orientar nuestras decisiones. Pero también una fuerte responsabilidad tiene las instituciones y los medios de información en la construcción de confianza porque la desinformación, a la postre, termina deteriorando la confianza.
Hoy en día, cuando los medios de comunicación son voceros de grupos económicos, se sacrifica la verdad por tender a defender intereses particulares. La libertad, el interés y la motivación del individuo y de los grupos sociales son base de la confianza personal, y de la confianza en las instituciones.
Entonces el florecimiento de la confianza implica unas políticas transversales a las instituciones y a los ciudadanos orientadas a la búsqueda de verdades como fundamento de las proyecciones del desarrollo social y desarrollo individual, en las que juegan un papel muy importante la educación y la práctica social”. Jorge Eliécer Villamil Puentes, exdecano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Distrital.
La educación como pilar
“Colombia necesita coherencia institucional, justicia oportuna y pedagogía cívica. Las instituciones deben demostrar con hechos que funcionan, que rinden cuentas y que protegen el interés general. La confianza no se decreta; se gana. Pero también hace falta reconstruir el tejido social. Hemos vivido décadas marcadas por la desconfianza estructural producto del conflicto, la desigualdad y la corrupción. Superar eso implica fortalecer la educación como proyecto nacional. Desde la universidad creemos que la formación ética, el pensamiento crítico y el respeto por la pluralidad son pilares fundamentales para reconstruir la confianza.
La educación superior tiene el deber de ser un espacio donde se practique el diálogo informado, donde las diferencias se tramiten con argumentos y donde el mérito, la transparencia y el servicio sean valores centrales. Confío en que Colombia puede avanzar hacia una cultura de mayor confianza. Pero ello exige liderazgo responsable, ciudadanía activa y una educación que no solo prepare para el mercado laboral, sino para la vida democrática”. Mario Posada García-Peña, rector de la Universidad de América.
Una visión psicológica
“La confianza es un proceso psicológico fundamental que implica la creencia o la fiabilidad hacia el otro, una integridad emocional y una capacidad de una persona o de una institución para poder actuar de manera confiable, predecible y beneficiosa. Eso construye un vínculo emocional e incluso cognitivo que nos permite a los seres humanos sentirnos seguros en nuestras relaciones, en nuestras en nuestras interacciones, y logra reducir la incertidumbre, el riesgo y y los temores.
Las personas construimos confianza siendo coherentes entre lo que decimos y hacemos, mostrando también la vulnerabilidad que sentimos por diversas situaciones de la vida cotidiana; también teniendo la capacidad y disposición de escuchar al otro sin juzgar. Podemos construir confianza a partir de acciones pequeñas como la puntualidad, respetar acuerdos, mostrar gratitud e interés por el otro”. César Sierra, coordinador del Programa de Psicología del Politécnico Grancolombiano Sede Medellín.
El activo empresarial por excelencia
“En el mundo de la microempresa, la confianza no es un concepto abstracto: es lo que permite que alguien dé crédito, que un cliente vuelva, que un proveedor entregue a tiempo, que un colaborador se comprometa. Sin confianza no hay empresa. Sin embargo, cada ciudadano tiene un rol activo en fortalecerla o debilitarla. Somos responsables cuando nos informamos antes de opinar, participamos en los espacios democráticos, respetamos la diferencia, cumplimos las reglas que pedimos que otros cumplan.
La confianza también se construye cuando decidimos participar con criterio, no desde el rumor ni la desinformación, sino cuando entendemos que nuestras decisiones impactan a otros. En la microempresa esto es muy evidente. Un negocio crece porque cumple, porque responde, porque genera relaciones sólidas en su entorno. Esa misma lógica aplica para el país”. Lina María Montoya Madrigal, directora ejecutiva la corporación Interactuar.
Compromiso y transparencia
“La confianza es el valor de la palabra, que se construye a partir de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Los ciudadanos somos responsables de construir confianza a través de nuestras acciones diarias cumpliendo compromisos, actuando con honestidad y respetando las normas. Cada comportamiento ético contribuye a fortalecer la confianza social y a crear relaciones más justas dentro de la comunidad. Se construye en la vida diaria mediante pequeños actos como decir la verdad, cumplir acuerdos, respetar a los demás, actuar con transparencia y asumir las consecuencias de nuestros actos.
Estos comportamientos constantes generan credibilidad y fortalecen las relaciones personales y sociales. En Colombia también es necesario promover la transparencia, la justicia, el cumplimiento de la ley y la coherencia ética en las instituciones. Asimismo, se requiere una ciudadanía más comprometida, educada en valores y dispuesta a participar activamente en la construcción del bien común”. Liliana Reyes Leguizamón, empresaria y líder de F&L Agencia de Seguros Ltda.
Los motores: el trabajo en equipo y el bien común
“La confianza es el capital social que nos permite colaborar, invertir, innovar y, fundamentalmente, creer en un futuro compartido. Se construye sobre pilares de integridad, competencia, transparencia y un propósito genuino de servir al bien común. El Barómetro de Confianza de Edelman lo subraya año tras año: cuando las instituciones fallan en generar y mantener esta confianza, todo el sistema se resquebraja. Es, sencillamente, la moneda más valiosa que poseemos y a menudo la más escasa. Para que los colombianos podamos de nuevo mirarnos a los ojos y confiar entre nosotros y en nuestras instituciones creo que hacen falta varias cosas, y todas ellas urgentes.
Primero, liderazgos que inspiren y que actúen con integridad innegociable, que reconozcan los errores y construyan puentes en lugar de muros. Segundo, necesitamos combatir activamente la ‘crisis de agravios’ que nos consume, esa narrativa de que ‘el otro’ es siempre el culpable, que siembra polarización y nos impide ver soluciones conjuntas. Y son fundamentales la rendición de cuentas efectiva y la aplicación de la justicia. Cuando la impunidad campea, la confianza se evapora”. Juliana Velásquez Rodríguez, presidenta ejecutiva de ProAntioquia.