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Cuerpo, sensibilidad y pensamiento: Una ruta académica de la educación artística

Dar una cátedra universitaria se convirtió para Leyla Castillo, y para 250 jóvenes de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, en un viaje transformador de autoexploración que les sirvió como incursión en la educación artística.

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Leyla Castillo Ballén
13 de diciembre de 2024 - 04:00 p. m.
Las artes y la vida acontecen en el cuerpo.
Las artes y la vida acontecen en el cuerpo.
Foto: Cortesía
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Entre 2002 y 2007 tuve la oportunidad de orientar la asignatura Cuerpo, Sensibilidad y Pensamiento en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. La materia correspondía al primer semestre, así que durante estos años me encontré con al menos 250 jóvenes que ingresaron con la expectativa de construir un proyecto de vida dentro de la educación artística.

Al ser una cátedra introductoria, que no estaba como tal enfocada en un área artística en particular, el propósito de la formación era el de fortalecer el autoconocimiento a partir de los tres ejes principales de su denominación. El primero, el cuerpo, es entendido como manifestación y presencia de nuestro ser en el mundo, siendo necesario reconocer su estructura, sus cualidades expresivas y de movimiento, mediante la experimentación del impulso. La distinción de posturas corporales, la apropiación del espacio, la ejecución de secuencias coreográficas, el contacto como manera de descubrirse con los otros, son los ejes de este reconocimiento.

La sensibilidad se asumía como un medio para abordar la memoria personal de los participantes, sus evocaciones y deseos en una exploración sensorial vinculada a la imaginación y la expresión, al tiempo que se detallan afinidades artísticas: en el sonido, la armonía, la voz, el movimiento, la representación dramática, las materias, las formas, los colores, y la palabra poética. Se trataba de jugar y conjugar a partir de autores, referentes artísticos, comunitarios o familiares, así como de experiencias individuales o colectivas que eran autobiográficas y formas de expectativa, búsqueda y descubrimiento.

Por último, el pensamiento, es comprendido como capacidad para enunciar, analizar, diferenciar y correlacionar los temas y experiencias propuestos en la asignatura, como forma de autoconocimiento y decantación de conceptos en una educación artística. En este sentido, era vital la construcción de un acuerdo como camino para generar un universo común de acción. Jugamos a que éramos reptiles y exploramos el desplazamiento y movimientos corporales en el piso, por ejemplo. Entramos en ese juego porque queremos, y una vez allí, asumimos la pauta que lo define todo: la toma de decisiones ante los retos o situaciones que surgen al jugar. A través del estudio de estos aspectos se fortalecía la reflexión en torno a una cualidad necesaria para el maestro de educación artística, la capacidad de generar pautas dinámicas, sensibles y de exploración que propicien la participación, el encuentro, la expresividad y la imaginación en otros universos posibles basados en el potencial creativo de cada ser.

A partir de estas premisas, los diferentes espacios educativos se fueron nutriendo desde las características y necesidades de cada uno de los 12 grupos con los que compartimos su ingreso al primer semestre y fue siempre, como las artes y la vida misma, un escenario para “conjugar”. Al cabo de los años he tenido de nuevo la ocasión del encuentro con algunas personas egresadas de la licenciatura. Debo decir con gratitud inmensa que ellos dejaron una huella profunda en mi ser, por la experticia, el compromiso, la capacidad de gestión, la calidad de los procesos artísticos y sobre todo la manera de hacer posible que las artes acompañen la vida de las personas y promuevan la expresión creadora y crítica.

Las experiencias compartidas en la cátedra del primer semestre, así como la reciente oportunidad de trabajar con egresados, hoy colegas en el ámbito de lo público, afirman lo que ya sabemos, y que siempre será necesario enunciar: que las artes y la vida acontecen en el cuerpo, que los procesos de formación se construyen con las sensibilidades de cada participante y que fomentar la educación artística como derecho de todas y todos es una base fundamental para la construcción personal y colectiva hacia unas ciudadanías más empáticas, participativas y corresponsables.

Por Leyla Castillo Ballén

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