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Danzantes de los pueblos originarios: salud cultural y territorial indígena

Desde este diálogo se identificó cómo la danza indígena debe ser entendida como un “bioindicador” de la salud cultural de una comunidad y de un territorio.

Iván Mendoza Niviayo

18 de diciembre de 2024 - 09:00 a. m.
Ofrenda danzaría, danzantes Wayuu interpretando la danza tradicional Yonna de La Guajira. Maestro Astergio Indalecio. Lugar, parque de la interculturalidad Sibundoy, Putumayo.
Foto: Felipe Camacho Otero
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“Yo puedo bailar la danza y puedo recibir miles de aplausos. La danza no es para aplausos. La danza es para mirar, armonizar a esos cuerpos que se han ido al otro espacio y que están en el otro espacio y aquí también”, abuela Emelda Jiménez (Pueblo Yanacona).

Los pasados 11, 12 y 13 febrero estuvieron reunidos en el valle del Sibundoy, Putumayo, 50 danzantes indígenas pertenecientes a 23 pueblos de todo el país: Camëntsa, Inga, Tubu Hummurimassá, Yanacona, Wayuu, Pastos, Kishú, Ampiuile, Ticuna, Muisca, Quillacinga, Emberá Chamí, Emberá Dobida, Nasa, Kichwa, Misak, Kofan, Sikuani, Makaguan, Awá, Yalcon, y Arhuaco. El encuentro tenía como propósito escuchar las estrategias, iniciativas y pedagogías propias y reconocer los procesos de transmisión y protección de las danzas tradicionales en el diario vivir de cada uno de los territorios.

La diversidad de visiones de la danza y del mundo que allí confluyeron, se entrelazaron con el movimiento y la oralidad de las y los danzantes presentes, dónde el papel de la transmisión de saberes, de generación en generación, era sin duda palpable:

“La estrategia que se utiliza es que los niños estén presentes en las celebraciones importantes, por eso se les hace conocer ese contexto y ellos, digamos, dentro de su curiosidad que tienen, empiezan a preguntar (…). Y ese va a ser el medio como para despertar su interés, y posteriormente, los hemos llevado a las escuelas de danza de la comunidad”, afirmó la maestra Julia Inés Tunubalá (Pueblo Misak).

“Para nosotros llegar allá con los niños, con los jóvenes, de ir a la naturaleza y tratar de hacer ese tipo de rituales que ellos experimenten con el agua, si es necesario, de meterse al río o en la montaña, respirar, andar descalzo, descalza, con las semillas, cargando el árbol (…) lo hacemos vivencial, experimental; no es simplemente reunámonos en el salón”, aseveró el abuelo José Mariano Pilcue (Pueblo Nasa).

Para hablar y vivir las danzas indígenas, es necesario hacerlo desde los lugares y espacios diferenciales de las comunidades. Allí, alrededor del fuego, la palabra y la memoria, los danzantes dialogaron para identificar los factores de riesgo, las problemáticas y los retos para lograr la continuidad cultural de los pueblos, y en especial de los oficios, saberes y sistemas de conocimientos asociados a la danza tradicional.

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“La danza es de fe y ritual. Porque fue creada para la fe del señor de los milagros, y es ritual, porque con el baile nosotros despertamos a la Pachamama y agradecimiento por los alimentos que nos dan”, cuenta el danzante Joel Chapues (Pueblo Pasto).

Cartelera grupal sobre las estrategias propias que utilizan las comunidades para enseñar y trasmitir la danza. Lugar, Tambo del Cabildo Indígena Inga de Santiago, Putumayo.
Foto: Felipe Camacho Otero

Desde este diálogo se identificó cómo la danza indígena debe ser entendida como un “bioindicador” de la salud cultural de una comunidad y de un territorio, pues es una manifestación ligada a otras prácticas comunitarias, espirituales, artísticas y culturales, y que permite entender que tan fuertes o débiles están los sistemas de conocimiento de cada pueblo. Las danzas indígenas están unidas a las prácticas comunitarias, espirituales y colectivas, que, a su vez, se entretejen con los oficios, fiestas y espacios que existen dentro de cada territorio.

Por ello, las danzas son un indicador de la salud cultural que sostiene a un pueblo indígena con su territorio, puesto que son expresiones bioculturales colectivas, que se producen como resultado de los procesos vivos de las comunidades con los lugares que habitan. Frente a esta realidad, los participantes de este encuentro pactaron unir fuerzas y trabajos para conformar la Red de Danzantes de los Pueblos Originarios (REDAN), como una plataforma-herramienta colectiva e intercultural que busca, desde la cooperación, la colectividad, la espiritualidad y el arte, compartir conocimientos, saberes y estrategias para la salvaguarda, protección, recuperación y fortalecimiento de los saberes indígenas asociados a la danza.

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REDAN ya ha comenzado a generar acciones y labores en el interior de las comunidades, gestando redes de apoyo e intercambio de conocimiento y, a su vez, generando proyectos interculturales que permitan entender las mejores formas en que se realiza la transmisión, salvaguarda, recuperación y protección de saberes. La apuesta por esta red de artistas, sabedores y danzantes va más allá de la expresión artística y se centra en revitalizar la salud cultural y territorial de los pueblos originarios.

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“Ahí está mi abuelita, ahí están las mamitas (…), ellas nos han enseñado a danzar con el corazón, con el alma; a veces el cuerpito ya no acompaña, pero ellas insisten, persisten en compartir eso, compartir ese conocimiento y esos saberes con los niños. Ahí está tanta memoria y tanto saber”, dijo la danzante Ángela Mavisoy (Pueblo Camëntsa).

Por Iván Mendoza Niviayo

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