Nacer en una cultura llena de expresiones no solo ha sido el más hermoso regalo de la vida, sino un compromiso con la comunidad, con el arte de vivir. El arte no solo debe verse como una expresión de la habilidad manual, intelectual y creativa, sino también como el medio en el que la vida cobra la trascendencia que tiene. Además, es un camino por el cual transita una vida cargada de la energía de un pasado que la sostiene, un presente que disfruta y de un futuro que es la responsabilidad de armar la arquitectura para los que vendrán mañana. El arte de contemplar.
Cada expresión debe verse como un camino a través del cual el yo físico avanza junto con el yo espiritual, que nos debe guiar a la dimensión plena de la esencia humana, representada en el acto de heredar a nuestra comunidad, no solo las herramientas del arte, sino la compenetración espiritual mediante los símbolos representados en cada oficio familiar.
Así podemos afirmar que nacer en un pueblo lleno de valores y expresiones culturales originarias simplemente representa la riqueza que debemos valorar, cultivar, practicar y enseñar, en la que la identidad cobra sentido a medida de que dichas expresiones se practiquen y con el paso del tiempo se renueven, se recreen y se transmitan en cada nueva generación, en cada actualidad del tiempo.
Las generaciones de los pueblos indígenas de nuestro país y del mundo han logrado entender la razón de su existencia en cada tiempo gracias al legado colectivo que los abuelos lograron construir a través de los saberes y la práctica de expresiones que ellos heredaron, cultivaron y recrearon con dedicación, habilidad, pero sobre todo con la convicción y el sentido de pertenencia a una cultura, que día a día reclama una dinámica comunitaria desde la individualidad basada en el conocimiento y practica espiritual de los pueblos indígenas.
El pueblo Camëntsá, al que yo pertenezco, es un pueblo lleno de valores culturales convertidos en caminos que nos trasladan a la vida comunitaria, a la expresión de una propia cultura, a la identidad con prácticas propias, a la vida espiritual basada en una tradición oral profundamente desarrollada con base en la relación entre Tsëbatsan Mama (la Gran Madre), Yentsa (ser Camëntsa) y Biyá (la palabra creada por nuestros mayores). No puede darse de otra manera esta relación sino a través de nuestros propios conocimientos, de ser nosotros mismos en comunidad.
La base de la existencia de toda cultura es la vida comunitaria. Allí se cultiva el arte de la vida, para mí el arte esencial por excelencia. Aprendí que existe un tiempo denominado Bëtsknaté, el tiempo de abundancia, el que nos indica la celebración de la existencia, el comienzo de un nuevo ciclo de vida en el calendario tradicional de nuestro pueblo. Es el tiempo en el que cada familia se centra en elaborar los mejores vestidos, los más bellos plumajes, en tocar los mejores instrumentos, en recolectar los más bellos frutos para bendecirlos, en el que las mujeres preparan los mejores versos para celebrar el reencuentro y se selecciona el mejor maíz para preparar chicha, mote para celebrar al visitante.
Sin la vida en comunidad jamás habría entendido que el arte esencial consiste en brindar con amor lo que sabemos hacer. Pero para llegar al arte esencial es necesario el conocimiento tradicional de cada una de las expresiones que a diario se practican en la comunidad. La música, la danza, la palabra en su tradición oral, el tejido, la talla en madera, los cantos ceremoniales, los cultivos, el barro moldeado, las casas, la escritura de los símbolos en el tejido, todas estas son expresiones que nos indican un camino espiritual que heredamos para acercarnos al origen de nuestra existencia.
Estas expresiones están mediadas por la palabra en sus diferentes manifestaciones y es la que permite entender la esencia vital para nuestro pueblo. No es solo danzar, es danzar y armonizar con todos los seres naturales y sobrenaturales que existen en nuestro territorio. No solo es ejecutar un instrumento, es necesario saber su origen y por qué se interpreta una melodía en un determinado tiempo. No solo es tallar la madera ni construir la casa, sino en qué tiempo y a qué padre o madre creadora se pide permiso para cortar un árbol y cuántos se deben sembrar a cambio. No solo es tejer sino criar a los animales o las plantas de donde tomamos las fibras. Es teñir con colores naturales en honor a Sufkuakatjo, el arcoíris, y dibujar pensando en los seres espirituales que bordean nuestro territorio recordando el relato ancestral que sustenta cada símbolo. Este, el del arte, es nuestro sentido de pertenencia hacia un pueblo, un territorio, un origen.
Así aprendimos a amar a nuestra gente, a través de cada una de estas expresiones que hoy son identificadas como arte indígena. Pero estas expresiones no surgen por magia, tienen responsables, a quienes consideramos sabios, y gracias a su dedicación, no solo heredaron la técnica, sino lo más importante para nosotros, que es la simbología de cada una de las expresiones en que desarrollaron sus maestrías.
La familia es la escuela de la vida, es el centro de la vida en comunidad, ahí se forma el hombre y la mujer Camëntsá. El nuevo ser, desde que vive en el vientre materno, de manera espiritual, recibe las enseñanzas acerca de los oficios de sus padres, abuelos y tíos. De manera natural, a partir de los dos años, los niños o niñas de cualquier comunidad de nuestro país inician el aprendizaje de alguna de las expresiones propias de su pueblo, y al paso del tiempo, desarrollan habilidad en alguna de nuestras expresiones, convirtiéndose en los maestros de cada generación y en los futuros herederos del arte indígena.
Desde niños acompañamos a nuestros padres en cada ritual de la vida: en la siembra, en la cosecha, en la bendición de las semillas, en la preparación de la tierra. Y es ahí donde nos impregnamos de la simbología a través de la palabra y de las expresiones que se identifican como arte. Si la danza, la música, la palabra y todas las expresiones de nuestros pueblos no son colectivas carecen de la fuerza espiritual de la vida. La habilidad es individual, pero no ha crecido sola, la comunidad, de manera silenciosa ha influido en el proceso de formación, pues cada familia ha heredado uno o varios oficios, y es su deber transmitírselos a sus hijos.
Así, a través del tiempo, en cada generación surgen nuevos maestros que sostienen el conocimiento y lo renueva para darle vitalidad a una comunidad que seguirá existiendo a través de cada expresión artística como una tradición destinada a permanecer para siempre. De eso se trata el arte de la vida, de conocer y amar nuestra tierra en el arte de su contemplación.