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El paladar de doña Elvira

Cuando un extranjero llega a Bogotá con ganas de probar la comida típica de la ciudad, los que saben de gastronomía coinciden en recomendar un lugar.

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Marcela Díaz
05 de agosto de 2014 - 08:54 p. m.
Hoy Doña Elvira dedica tiempo al ejercicio, los viajes y el descanso pero no deja de visitar el restaurante que conserva la unidad familiar./ Gustavo Torrijos
Hoy Doña Elvira dedica tiempo al ejercicio, los viajes y el descanso pero no deja de visitar el restaurante que conserva la unidad familiar./ Gustavo Torrijos
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 Cuando un extranjero llega a Bogotá con ganas de probar la comida típica de la ciudad, los que saben de gastronomía coinciden en recomendar un lugar: Restaurante Doña Elvira. Su ubicación, la historia que hay detrás de su nombre, el recuerdo de los personajes que se volvieron clientes y por supuesto la carta lo han convertido en un referente de la cocina capitalina.

El restaurante, fundado en 1934 por Tránsito Nizo de Carvajal, fue heredado por Doña Elvira (su nuera) en 1967. Desde entonces, en la calle 50 con carrera 20 médicos, actores, chefs, extranjeros y locales han disfrutado de platos tradicionales como el ajiaco, la sobrebarriga a la criolla, el mondongo y los huesos de marrano.

Su actual propietaria, nacida en Boyacá, llegó a la capital siendo una niña con planes de quedarse solo 15 días, pero como todo lo que le ha pasado en la vida, su permanencia terminó siendo una sorpresa. “Me vine para visitar a mis hermanos. Soñaba con sus lujos y comodidades. Pero tan pronto llegué, recuerda, me tocó empezar a trabajar”.

En el camino conoció al contratista de pintura Marco Antonio Carvajal, quien más adelante sería su esposo y el socio que la ayudaría a sacar adelante el negocio. “Yo no estudié nada de cocina. Los platos que preparaba me los enseñó a hacer mi suegra y algunas recetas las aprendí de mi mamá”.

Con el temple que caracteriza a las mujeres del campo y llena de ganas de salir adelante empezó a implementar nuevas opciones en la carta y a consentir a la clientela con exquisitas preparaciones que mantuvieran la tradición del sabor bogotano. Pronto pasó de ofrecer cuatro a 50 platos, el número de empleados creció a 40 y abrió otro local en el barrio La Macarena.

No han sido las únicas transformaciones. Actualmente el restaurante lo administran sus hijos y nietos mientras ella, por fin, puede dedicar tiempo al ejercicio, el descanso y los viajes.


mdiaz@elespectador.com

Por Marcela Díaz

 

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