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Enseñar a escuchar

Aunque en teoría la educación artística en Colombia es obligatoria, en la práctica suele ocupar uno de los últimos lugares en la jerarquía escolar, pues se limita en el mejor de los casos, a una o dos horas semanales de clase, muchas veces asignadas a docentes sin formación específica en música.

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Rogelio Gutierrez P.* (rogup@outlook.com)
16 de marzo de 2026 - 04:38 p. m.
Escuchar exige concentración, paciencia y apertura a la diferencia.
Escuchar exige concentración, paciencia y apertura a la diferencia.
Foto: Pixabay
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Desde la promulgación de la Ley 115 de 1994, que la incluyó como parte de la formación integral del estudiante, hasta hoy, se pueden encontrar algunos intentos institucionales aislados por implementar experiencias que han demostrado que la formación musical transforma entornos y trayectorias vitales (el Plan Nacional de Música para la Convivencia es un ejemplo). Sin embargo, estos esfuerzos no corresponden a un proceso sistemático y, por el contrario, la música rara vez aparece en las pruebas como las del ICFES e indicadores que concentran la presión académica, la capacitación docente y la inversión para su enseñanza.

Ante restricciones presupuestales, las primeras áreas en ajustarse son las artísticas, porque se asume que lo esencial son las materias instrumentales: matemáticas, lenguaje, competencias técnicas. Pero la educación no puede limitarse a producir ejecutores eficientes, sino que debe formar sujetos capaces de discernir, interpretar y crear sentido.

A nivel de la educación primaria, en la mayoría de las instituciones, la música es reducida a actividades lúdicas que, si bien no es algo negativo per se, pueden derivar en un problema cuando no se evoluciona a una educación auditiva más rigurosa, como debería ocurrir en la secundaria. Allí se debería aprender a distinguir estructuras, reconocer géneros en su contexto histórico o, simplemente comprender que la música es un lenguaje con su propia gramática.

Porque el gusto no es un fenómeno espontáneo, sino que se forma mediante exposición diversa, contraste y reflexión. Cuando desde la escuela no se cultiva ese proceso, y la “enseñanza” musical se limita a cantar y seguir el ritmo de una canción de moda para preparar la presentación de un acto cultural, la sensibilidad estética queda en manos del mercado. Y el mercado cultural contemporáneo, impulsado fundamentalmente por plataformas digitales y algoritmos, privilegia lo inmediato, lo repetible, lo viral.

Cuando la educación musical es débil, el éxito comercial se convierte en el único criterio de valor y, como lo menciona el músico Iván Benavides, “el arte se convierte en mercancía”. El problema no es la popularidad que logra esa mercancía, sino el dominio casi excluyente de ciertas fórmulas rítmicas: una homogeneización estética marcada por la repetición y la simplificación estructural, que desconoce la diversidad y complejidad de las expresiones culturales de una población y su legado polirritmico.

Y las consecuencias trascienden el ámbito cultural. Formar el oído es formar la atención. Escuchar exige concentración, paciencia y apertura a la diferencia. En una sociedad saturada de estímulos breves y mensajes fragmentados, la ausencia de esa disciplina estética contribuye a ciudadanos menos dispuestos a la escucha profunda, y eso repercute incluso en el debate público.

¡Enseñar a escuchar es enseñar a pensar!

*MBA DBA. Consultor Internacional. Máster en Gestión de Empresas de la Universidad Ramón Llull de Barcelona y estudios doctorales en administración. rogup@outlook.com

Por Rogelio Gutierrez P.* (rogup@outlook.com)

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