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La escena típica de un niño de diez años pegado a la tele, recién llegado del colegio, con el uniforme desajustado y el pantalón sucio en las rodillas, no encaja con el recuerdo de infancia de Juan Fernando que, en lugar de hipnotizarse con la caja mágica, cogía una guitarra acústica y duraba horas tocando El carretero o alguna canción tropical, mientras soñaba con un público gigante que lo aplaudía.
Digámonos la verdad: ningún artista deja de soñar con un gran público. Algunos nunca entienden que eso es sólo el principio. Pero este no es el caso de Fonseca, a quien la crítica de la Billboard define como “a thoughtful writer”, que podría traducirse como un compositor reflexivo o, mejor, un compositor pensante. Y vale la pena destacar ese adjetivo en medio de tanta letra chatarra que abunda en la música comercial, porque ese es precisamente el punto en donde radica el éxito de este joven bogotano graduado de Los Nogales, que hizo algunos semestres de música en la Javeriana y otro más en los Andes, hasta entender que los profesores particulares como Teto Ocampo podían enseñarle sin tantos prejuicios: Fonseca tiene claro que hacer música comercial no necesariamente es hacer basura, como pretenden insinuar algunas recientes campañas radiales contra el tropipop.
“Por la controversia, el estilo tropipop se ha convertido casi que en un género, para bien o para mal. Yo me siento orgulloso de pertenecer a esta generación y, si a lo que hacemos le llaman tropipop, pues por mí está bien. Creo que apenas se está formando y por lo mismo hay que darle tiempo. ¿Qué más sincero de nuestra parte que hacer pop tropical, si vivimos en el trópico?”, escribe Fonseca por chat desde algún hotel en San Juan, donde en poco tiempo tendrá que ir a ensayar con su banda, casi todos músicos con los que lleva más de seis años tocando.
Luego de discutir sobre el fenómeno del tropipop, le doy la razón: un género musical no puede ser malo en sí. En realidad, en cualquiera de estos hay música de buena calidad y otra de mala calidad. La de Fonseca, con el perdón de otros jovencitos que sólo han logrado pegarse a un mismo sonsonete preestablecido, es buena. Él mismo da un argumento muy sólido, aunque no del todo suficiente: “Tal vez me diferencio en que escribo lo que siento y siempre he cantando lo que me gusta”.
Por supuesto que no es suficiente la sinceridad, pero sin duda es el comienzo de cualquier producto artístico genuino. Y es desde la sinceridad que Juan Fernando escribe sus canciones. Ya no sueña con públicos inmensos, porque ahora son de verdad. En su último concierto del “Tour Corazón” en San Juan de Puerto Rico—que ya acumula más de más de 150 presentaciones en ciudades como Guadalajara, Monterrey, México D. F., Boston, Atlanta, Santo Domingo — había más de 80 mil espectadores, todos ellos boricuas bailando al ritmo de vallenatos que no conocían. Es en esos momentos en que a Fonseca se le viene a la cabeza ese gran concierto de Prisioneros y Hombres G. Recuerda que le pidió a su papá que se quitara la corbata para llevarlo. Fue el día en que se dijo: “yo quiero ser como estos manes”, y hasta hoy sigue sintiendo la misma emoción cada vez que oye ese rugido, bien sea en un concierto ajeno o propio.
A pesar de los miles de fans, Juan Fernando parece mantener los pies en la tierra. No necesita de escándalos con modelos ni actrices para vender sus discos. La primera vez que alguien lo reconoció en la calle, pensó que la cosa no era con él. “Me puse rojo, creí que me la estaban montando”. Nunca olvida que hay que seguir tocando si se quiere ser un buen artista. “Promocionar un disco es todo un arte también. Son jornadas de sol a sol durante cuatro meses, y entre mejor le va al disco, pues más promoción tienes que hacer. A pesar de que es una bendición, me aleja del sitio donde verdaderamente soy músico: en el estudio de mi casa, con mi guitarra favorita —una Admira acústica de nombre Irene—, sacando provecho de mi mayor adicción a la hora de componer: la melancolía”.
Mientras disfruta de sus giras como puede, porque tampoco es que sean un martirio, trata de dormir en los aviones y firma todos los autógrafos que le piden. Se le sale el corazón cuando le dicen cosas como lo que una señora le dijo hace poco: que le hacía la vida más feliz con su música. En cuanto llega a la inmigración, se emociona con la idea de dormir con su propia almohada, al lado de la mujer que lo ha acompañado desde hace años, cuando no era nadie y un compañero mamerto de la Javeriana decía que su primer disco se podía hacer en un karaoke.
Fonseca ha sabido hacer de sus derrotas grandes aciertos. Parte de su éxito se debe a esos dos años en los que la disquera venezolana con la que grabó su primer disco quebró y lo tuvo congelado sin poder grabar nada para eventualmente recuperar algo de lo perdido vendiéndolo a otra disquera. Antes de firmar la tan esperada carta de libertad, Juan Fernando se dedicó a madurar musicalmente. Por eso, yo diría que una mezcla de sinceridad, disciplina y madurez lo llevó a donde está. Y que lo que lo mantendrá ahí, o incluso más arriba, no será haber compartido escenario con grandes como Carlos Vives o Joe Arroyo, ni haberle compuesto canciones a Alejandro Fernández, ni estar patrocinado por la prestigiosa marca de guitarras Gibson. Tampoco que Te mando flores haya sido número 3 en la Billboard y haya ganado un Grammy Latino. Mucho menos las dos nominaciones a Premios Lo Nuestro como artista masculino del año tropical y artista del año tropical tradicional. Lo que lo mantendrá en la cima será su gran capacidad para no creerse el cuento a pie juntillas y tratar siempre de afinar un poco más.