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El legendario puerto de Santa Cruz de Mompox, a orillas del Magdalena, ha visto desde tiempos inmemoriales generaciones de pescadores que encuentran su sustento arriba de una piragua. Esos mismos pescadores cantan al río, a su tierra, a sus ancestros, a su presente y al futuro que no han dejado de anhelar, ni siquiera en los tiempos de mayores penurias. Cuando no están pescando, ellos mismos fabrican los instrumentos musicales con los que se acompañan y cuentan a sus hijos y a sus nietos las historias que han vivido, tanto ellos como sus padres, madres, abuelos y abuelas.
Un octogenario pescador tiene fuerzas suficientes para lanzar su atarraya una y otra vez en tiempos de subienda, pero ha venido observando cómo ha bajado el volumen del caudal del agua, al tiempo que los peces van disminuyendo y con ellos la variedad de fauna que encuentra su cobijo bajo la sombra de árboles centenarios. Esto le duele en el alma al veterano pescador. Todo esto quiere transmitirlo a las nuevas generaciones con el sonido de sus tambores, con el movimiento de los cuerpos en sus danzas, con los ritmos que aprendió en su infancia y que no quiere que terminen en el olvido. Por eso reúne a un grupo de niños y niñas y los prepara para los días de festividades, junto a ellos compone canciones, ellos aportan las voces y sus ideas. Ellos quieren que se mencione al Bujío, que también se llama pájaro Macúa, y al Barbul, un pez que según han escuchado se está extinguiendo.
Con la abuela deciden la coreografía, buscan que los colores sean vivos y brillantes y que los vestidos tengan boleros, pañoletas y que las niñas lleven velas encendidas. El abuelo pescador cuida que la música no pierda ritmo, que los tambores, las maracas y las gaitas sigan el Chandé, que todos participen, aunque sea poniendo el maquillaje en los rostros y que la fiesta revele una memoria viva y un paisaje que requiere del esfuerzo de todos para seguir siendo aquel que describió el poeta colombiano Candelario Obeso.
Esta imagen, con sus diferencias y similitudes, es frecuente en todas las regiones de nuestro país, estas revelaciones abren el concepto que comúnmente tenemos de lo que es la educación artística y cultural. Si el pescador, la abuela, el profesor del colegio o la casa cultural pueden utilizar las mismas palabras para hablar de lo que pasa en sus encuentros, ¿a qué llamamos entonces educación artística?, ¿qué es eso en común que tienen todos estos espacios tan diversos de formación?
Probablemente la idea habitual de lo que entendemos por educación artística está relacionada con la pedagogía moderna denominada enseñanza del arte. Recordemos que no son lo mismo: esta “enseñanza del arte” busca formar artistas en cada una de las disciplinas más reconocidas: la pintura, la escultura, la música, la danza y el teatro, a partir de unas prácticas, métodos y técnicas preestablecidas por una tradición, cuyo objetivo ha sido fundamentalmente la producción de obras de arte. Este tipo de formación permite la validación y legitimidad de encaminarse hacia una profesionalización en su quehacer como artistas. Además, los prepara para integrarse a los circuitos y ámbitos artísticos en sus contextos propios, incluso en el entorno global.
¿Por qué nos atrevemos entonces a decir que lo que hace el pescador, cuando deja en las playas del río Magdalena su red para sentarse a cantar con sus niños y niñas es educación artística y cultural? Ese aspecto común que converge entre espacios informales e institucionalizados tiene que ver con la posibilidad de entender al arte, más allá de las múltiples definiciones dependientes del contexto histórico, como una forma singular de conocimiento. Una que es diferente al acercamiento que hacen las ciencias naturales o humanas.
John Dewey, uno de los pedagogos más importantes del siglo pasado, se refiere a esta manera de conocer y comprender la realidad como una forma muy particular de experiencia del mundo que nos rodea. Por eso la experiencia del río para el pescador y sus estudiantes marca la manera en que ellos crean su música, pintan con ciertos colores y matices, danzan sus ritmos y componen metáforas de su paisaje y su territorio. Pero esto no solo ocurre así en la informalidad del río, sino que se repite en la casa de cultura, en las aulas institucionales de la escuela o incluso en la universidad. La educación artística y cultural, en cualquier contexto, se da fundamentalmente como un ejercicio permanente de preparación de los sentidos para percibir el mundo y expresar de múltiples formas esa comprensión que alcanzamos a partir de nuestra experiencia y la conciencia que vamos teniendo de ella.
Esto implica que lo que se enseña y se aprende sobre el arte no solo tiene que ver con técnicas o conceptos, con la historia del arte o con personajes reconocidos como grandes artistas. Tampoco se trata únicamente de abordar la discusión de si el arte es o no útil, ornamental, conceptual o figurativo. Claro que no se excluyen todos estos aprendizajes y discusiones que resultan muy enriquecedoras y ayudan a encontrar referencias de otras formas de hacer y de expresarse. Dan cuenta de las experiencias de otros y de los procesos que les han permitido pensar y consolidar sus obras. No solo las que llamamos obras de arte que están custodiadas en museos, sino aquellas que de una u otra forma nos conmueven. Por eso la palabra obra es muy bella, porque habla de aquello que nos moviliza, que tiene un efecto en nuestra propia sensibilidad, de manera que nos reconocemos en eso que vemos, escuchamos, percibimos y sentimos.
En todo esto el maestro juega un papel muy importante, él es quien activa y pone en diálogo las memorias, las preguntas, la tradición y lo nuevo. Él posibilita la aparición de quién participa en ellas, a partir de la capacidad que cada uno va encontrando para responder a la pregunta que nos puso a pensar Hannah Arendt en La Condición Humana: ¿quién eres tú? Se trata de una inquietud por aquello que nos hace singular a cada uno, pero también por los suyos y por el lugar de donde venimos. Ese “quien” es el centro y el objeto de la acción pedagógica, en la que se busca que quien aparece reconozca su identidad y levante su voz para que, a través de ella, se revele un sujeto erguido y orgulloso por tales pertenencias, alguien que es capaz de expresarse por sí mismo.
Por eso, en la educación artística y cultural, el encuentro resulta más importante que la institucionalidad o la tecnología, porque allí se da el diálogo, allí aparecen y se tejen los saberes diversos y hacen su aparición los seres en su singularidad, las materias en su potencialidad, la memoria y la tradición como un legado del que hay mucho que aprender. Por eso el río y el pescador pueden propiciar un aula para el arte y la cultura, tanto como lo hace una institución especializada.
Uno de los diálogos más importantes que se da en los espacios de educación artística y cultural es sobre todo el que busca movilizar la mirada de un punto de vista fijo a uno más amplio y en varias direcciones. Busca sacar el cuerpo de una posición rígida proveniente de la rutina para propiciar una conciencia de sus posibilidades para desplegarse. Intenta movilizar la escucha hacía una dinámica que le permita captar más concretamente los sonidos, sus matices y los silencios. Busca también develar las materias con las que podemos expresarnos para que puedan ser captadas, aprendidas, moldeadas, resignificadas. Materias como la piedra y la arcilla que pueden ser torneadas, al igual que el sonido y la luz, o el río y el canto de las aves. Por eso las llamamos materias plásticas, porque se dejan moldear por nuestras manos y nuestros instrumentos, sean ellos un lápiz, una gubia, una cámara fotográfica o un computador sofisticado.
Agudizar los sentidos, ser conscientes de la experiencia, conocer las materias y cómo podemos trabajar con ellas, tiene, para la educación artística y cultural, un objetivo aún mayor ligado a la creación. Una palabra muy grande con múltiples significados, pero que fundamentalmente se refiere a la transformación de lo que hemos conocido, aprendido y comprendido en una forma inédita, un símbolo que expresa lo que sentimos. Un sentimiento que quizá surge individualmente, pero que puede ser captado, leído y acogido colectivamente.
No se trata solo de un asunto de sensibilidad, sino de ser capaces de nombrar, describir y representar con detalle y a profundidad aquello de lo que se puede dar cuenta. Lo hacemos a través de imágenes, sonidos, movimientos, espacios y narraciones, intentamos dar forma a ideas, sentimientos y experiencias que de otra manera permanecerían ocultas. Lograr que estas imágenes y obras alcancen la calidad y el nivel suficiente para que nos sintamos reflejados en ellas y para que otros se sientan conmovidos, requiere de un gran esfuerzo y ejercicio constante, de una enorme dosis de disciplina en el sentido de insistir en un quehacer que logra doblegar las materias hasta que expresen lo que queremos. Que los cuerpos se muevan como lo hemos deseado, que los sonidos suenen como los imaginamos, que las imágenes sean tal cual las hemos inventado y la memoria este impresa con tanta fidelidad que resulte inconfundible.
Con la creación vamos poblando de imágenes, formas y sonidos un mundo que ya es viejo. Ese dolor del canto del pescador se abre a la esperanza en las voces y las composiciones que ha creado juntamente con los niños y los jóvenes. Esperanza que se expresa a veces como indignación y denuncia por lo que ha causado penas a toda la comunidad y aparece reflejada en una congoja que se vuelve ritmo de melancolía. Otras veces se vuelve invitación a dibujar con imágenes otros mundos posibles, más tranquilos y pacíficos, más democráticos y justos. La esperanza se viste también de memoria pasada con traje de actualidad y así convierte en vigencia lo que era tiempo pasado y nos conecta al presente de un sentimiento que no se va, aunque ya no estén aquellos que por primera vez lo manifestaron.
Pensar la educación artística y cultural es pensar en el cuidado de todo esto, que a la vez es legado y tarea futura. Por eso es importante seguir encontrando las particularidades de estas formas de aprender y de enseñarlas. Se hace necesario que reconozcamos esos espacios y les demos todo el valor que tienen y, a quienes los lideran, la posibilidad de ejercer su liderazgo en el cuidado, ya sean pescadores, maestros, sabedores o doctores.
La educación artística y cultural es un derecho que la ley resguarda para todos, pero como cualquier medida existente requiere de la voluntad para ser garantizada, y a su vez, de compromiso. Quizás si comprendemos qué es lo que está en juego, eso que hemos intentado poner aquí en palabras, pero que realmente se comprende cerrando los ojos y escuchando una gaita y un tambor. O, incluso, abriéndolos fuerte y con atención para ver una película. Entender el arte nos ayudará a comprometernos a defender la importancia de la educación artística en cada espacio en el que sea posible su existencia.