Publicidad

Contenido desarrollado en alianza con el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes

Nuestra Casa Común: La naturaleza y la resistencia de los saberes ancestrales

En el corazón del Parque Nacional Natural Sanquianga un programa de educación artística fomenta el diálogo entre las personas mayores y las nuevas generaciones con el fin de preservar sus tradiciones.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Alexandra Giraldo
05 de diciembre de 2024 - 11:00 p. m.
Siembra de mangle durante el Laboratorio Nuestra Casa Común 2022. Comunidad de San Pablo de La Mar al interior del Parque Nacional Natural Sanquianga.
Siembra de mangle durante el Laboratorio Nuestra Casa Común 2022. Comunidad de San Pablo de La Mar al interior del Parque Nacional Natural Sanquianga.
Foto: Eder Jhoan Torres
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

La transmisión de conocimientos y prácticas es el principal recurso de un proyecto de educación artística que se lleva a cabo en el corazón del Parque Nacional Natural Sanquianga, en la distante vereda San Pablo La Mar, del municipio de La Tola, Nariño. En medio de la inmensa biodiversidad del ecosistema de mangle, Eder Jhoan Torres, gestor cultural y guardián del territorio, ha venido realizando encuentros entre las abuelas y abuelos de la comunidad con los más pequeños para transmitir y legar la experiencia y conocimiento sobre la naturaleza que poseen, en un esfuerzo que él mismo describe como “resistir y reexistir desde el saber ancestral”.

El Laboratorio Nuestra Casa Común, conocido por los niños y niñas como la escuela de saberes, se realiza en una pequeña comunidad de no más de 500 personas en la que, en tiempos pasados, la transmisión de conocimientos era la norma. Eder Joan, por ejemplo, reconoce que su consciencia del valor de la tradición se debe a que creció bajo la guía de su padre y abuelos, quienes le compartieron con orgullo muchos conocimientos. También es él quien se percata de que esta práctica de legado generacional se ha ido perdiendo con los años. Especialmente hace cuatro, cuando el conflicto armado se agudizó en la región, y el temor, el desplazamiento y la desconfianza minaron la vida cotidiana del pueblo, haciendo, incluso, que los encuentros comunitarios sean mal vistos.

En territorios apartados, como el municipio de La Tola, la seguridad y la convivencia suelen ser agenciadas por la misma comunidad a través del diálogo y la resistencia pacífica. Por eso, en 2021, pese al riesgo que supone ejercer liderazgo cultural en contextos de violencia, conscientes de que “espacios que antes estaban vivos” se diluían, Nuestra Casa Común se propuso revitalizar el compartir del diálogo y las artes. Así, en un esfuerzo silencioso de resistencia, Eder Jhoan y las sabedoras Adelaida Rodríguez, Tomasa Rodríguez, Betulia de La Cruz, Virgina Paz, Reye Rodríguez, Rosa Salas, Mariela Ortiz y Gilberto Torres, comenzaron a organizar tardes en las que los saberes ancestrales y su relación directa con la naturaleza son los invitados especiales.

Surge un laboratorio de experimentación en educación artística que se fundamenta en el intercambio de saberes tradicionales y ancestrales dirigido a los niños y niñas de la comunidad, quienes apropian estos saberes a través de la creación de coplas, dibujos y cuentos cortos. Estos ejercicios documentan y revitalizan el conocimiento transmitido.

Lo más interesante es que hay prácticas concretas de cuidado y conservación del ecosistema en el que todos participan de manera horizontal en la siembra de mangle -una práctica muy importante en el territorio-, el cuidado de árboles y especies nativas, la creación de cultivos agroforestales, la medicina tradicional y la pesca artesanal.

La naturaleza como maestra

En Nuestra Casa Común la naturaleza nos enseña sobre la diversidad de comunidades biológicas, plantas, animales, cuerpos de agua, que coexisten en el mismo territorio. La comunidad va mucho más allá de lo humano, pues es la naturaleza misma, la que representan los habitantes de San Pablo La Mar, en un proceso que habita interdependiente el territorio. Eder Jhoan explica que los saberes ancestrales de los pobladores de su comunidad están intrínsecamente vinculados al medio ecosistémico en el que se han creado. La pesca, la recolección de piangua y madera, el uso de las plantas en huertas y azoteas como medicina y todo lo que les rodea es parte de su identidad y subjetividad. Saben lo que la naturaleza les ha enseñado.

Es a través de la observación, la escucha y la lectura del medio natural, es decir, mediante una comunicación constante con la naturaleza, que se desarrollan la experiencia, el saber y el conocimiento que los identifica y conecta con el territorio que habitan. En otras palabras, el saber solo existe si está en relación con la naturaleza. Esto me recuerda una cita de Walden de Henry Thoreau: “Solo los pescadores, leñadores y otros cuyas vidas transcurren en los campos y en los bosques son, en cierto sentido, parte de la naturaleza, permitiéndoles observar y aprender de la naturaleza de una manera que los filósofos y poetas solo pueden aspirar”.

Es por esa relación que el estero, los manglares, el mar y el río son auténticas aulas a cielo abierto, donde se da la transferencia de prácticas y anécdotas, muchas veces, superando las dificultades de movilidad y de habla que algunos de los y las sabedoras tienen por su edad avanzada.

A diferencia del rol que asumen las personas mayores en las grandes ciudades, en San Pablo La Mar, y en buena parte de los territorios aún cohabitados por pueblos originarios de nuestro país, el abuelo, el mayor, es la biblioteca viva de la comunidad. En palabras de Eder, “sin ellos, el laboratorio no tendría ningún sentido”.

Es así como las tertulias, los recorridos, los encuentros que organiza Nuestra Casa Común son momentos cargados de tranquilidad, de escucha y atención plena. Una atención que exige el habla leve de la edad, y la certeza de que lo que se escuchará es un tesoro. Son las y los mayores los que, gracias a la naturaleza, aprendieron a vivir el territorio, a resistir al conflicto y a continuar la existencia desde el cuidado de todas las formas de vida.

Por Alexandra Giraldo

Temas recomendados:

 

Ramon(78770)07 de diciembre de 2024 - 06:31 p. m.
Felicitaciones !Admirable trabajo comunitario, es un ejemplo de ética y desarrollo q enlaza generaciones y mantiene los saberes. Eder y su grupo de sabedoras merecen un reconocimiento nacional porque mientras una minoría criminal se dedica a destruir el país,otros, como este grupo construye y mantiene la vida
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.