Oasis vs Blur, en las antípodas del rock británico

A mediados de los 90, Inglaterra vivió una confrontación entre las dos bandas más representativas del denominado ‘britrock’.

Damon Albarn, vocalista de Blur, enfrentado a Liam Gallagher de Oasis en la portada histórica de la New Musical Express de Inglaterra/ New Musical Express del 12 de agosto de 1995.
Damon Albarn, vocalista de Blur, enfrentado a Liam Gallagher de Oasis en la portada histórica de la New Musical Express de Inglaterra/ New Musical Express del 12 de agosto de 1995.

Sea dicha, primero, una verdad irrefutable: ambas bandas le dieron la vuelta al mundo. Ninguna podría considerarse exenta de ese privilegio providencial. Estaban en las emisoras, en los carros de las familias, en las salas de las casas, en las calles, en los ‘pubs’ que imitaban la cultura del Reino Unido y sus cervezas de pinta en pinta hasta la borrachera. Pero, sobre todo, en los oídos de un adolescente cualquiera que quería llegar al infinito con la guitarra circular de Wonderwall o con los gritos acompasados de Song 2.

“I don’t believe that anybody / Feels the way I do, about you now”, dijo primero Oasis. “I got my head checked/ By a jumbo jet / It wasn’t easy, but nothing is/ No”, replicó después Blur. O al revés, no importa. Y así, en Inglaterra, pero también lejos de ella, iban marcando paso a paso su camino en la historia. En la gloria del rock, que no es poco. Es gloria. Y, encima, es rock: los estadios, los conciertos, los fanáticos, las bebidas, las drogas, el grito ahogado de una generación.

El ‘britrock’ fue una respuesta a lo que venía sonando con fuerza desde el otro lado del Atlántico. Fueron el grunge de Nirvana y el alma en pena de Kurt Cobain quienes entregaron las primeras pinceladas de una música sencilla, compacta, muy alejada del pasado fastuoso de la década anterior. Fue, por otra parte, el house electrónico proveniente de Chicago con su mezcla de disco, funk y soul. Fue —y esto es importante— el éxtasis en la lengua de la juventud. La gasolina que los mantenía de pie hasta el amanecer. La invasión de las costas británicas.

Ante todo este panorama Inglaterra debía reivindicarse, reencontrarse, repensarse desde su más pura entraña. La única salida sensata fue retomar lo que comenzaron The Smiths diez años antes. La noche del 24 de noviembre de 1983, sintiéndose fuera de lugar, pero al mismo tiempo haciendo gala de su despreocupación característica, The Smiths dieron su primera presentación en una cadena nacional, marcando la prehistoria del género. El público, acostumbrado a la música pregrabada y a la elegancia en los vestidos de Paul Young o Tina Turner, se sentó a ver una banda que desafiaba todos los paradigmas estéticos y musicales. Jóvenes despeinados, mal vestidos, arrogantes, con un cantante que no temía sostener un ramo de gladiolos en lugar de un micrófono falso. Con ese simple acto rompieron en pedazos el vidrio que no dejaba cantar a los marginados. Y en Inglaterra había muchos. Los más. Un ejército entero.

The Smiths los representó. Los miró a los ojos y les entregó un legado que guardarían con recelo. Por esa puerta abierta a golpes fue como entraron los demás delegatarios del ‘britrock’. En cada bar, en cada esquina, bajo el nombre de Suede o de The Stone Roses, entre todos, fueron puliendo el sonido, retomando lo que Inglaterra había perdido en términos de fuerza vocal y expresión musical. Y como si se tratara de la era Isabelina de cinco siglos antes, la revelación cultural que cambiaría todo para siempre estaba por atravesar esa puerta.

Una lucha de clases

Era por un lado Damon Albarn, su belleza matemática y perfecta. La cabeza líder de la banda Blur había entendido perfectamente en qué época de la historia le tocó vivir y así se lo transmitió a los demás: ellos lo hicieron a plenitud, dominando el género imperante, añadiéndole elementos que no tenía, componiendo letras que se quedaban tatuadas en la memoria como una secuencia infinita de coros repetidos. Ellos, Blur, un grupo de músicos provenientes de la clase media de Colchester, fueron la revelación que llevó la escena independiente a los primeros lugares, a los discos más vendidos, a las portadas de las revistas y a los especiales de televisión. Parklife (1994), su tercer álbum, sería galardonado con cuatro Brit Awards en una sola noche. La gloria.

Albarn tenía una genialidad singular a la hora de componer. Era, sobre todo, una capacidad de transformarse, de arriesgarse mezclando géneros sin tener miedo: de la sicodelia proveniente del LSD pasaba al pop británico de The Kinks, y luego, como si nada, del Indie al punk y del reggae al rock. Y así. Blur entendía, buscaba, usaba y reconstruía a la mejor usanza de los inventores.

Ellos habrían alcanzado el tope de todo lo que es humano y divino si una banda no se les hubiera cruzado en el camino para competirles: en principio The Rain, quienes luego alcanzarían la fama mundial llamándose Oasis, la agrupación de los hermanos Gallagher, ambos provenientes de la clase obrera de Manchester y sus casas herméticas subvencionadas por el Estado.

Era, entonces, por el otro lado, Liam Gallagher, su belleza rústica y agresiva. La voz representativa de Oasis caminaba en la calle sobre las nubes de su propio ego. Era arrogante, miraba mal, no animaba a su público, peleaba con su hermano en frente de toda una audiencia si le decía que estaba desafinado. Más que como un plebeyo se comportaba como un príncipe. Fumaba, tomaba. Nada le importaba más allá de él mismo. Pudo haber sido el sujeto más detestable de la música. Pero no, porque cantaba como un dios. Eso nadie se lo quita. Siempre igual en el nivel estético: los brazos atrás, el rostro hacia arriba, la pandereta inservible apretada entre sus manos quietas. Siempre igual en el nivel musical: rasgando la voz, alargando las vocales hasta donde la melodía le alcanzaba, subiendo, bajando.

Y era Noel Gallagher, su capacidad creativa. Definitely Maybe (1994) fue la pauta para el resto de cosas que vinieron: ellos compondrían himnos. Canciones simples que fueran, a su vez, toda la música británica reunida en un sencillo de cinco minutos. Y así una y otra vez. Una y otra canción. Desde la sutileza del rock clásico hasta la fuerza combativa del punk. Los jóvenes en Inglaterra necesitaban esa resurrección que brindó Oasis. En 1996, en la aldea de Knebworth al norte de Hertfordshire, ofrecerían un concierto para 125 mil personas. La gloria, sin duda.

Y la frase: “Blur es una manada de bastardos de clase media que quieren jugar mano a mano contra héroes proletarios”. Noel Gallagher.

La disputa

El 24 de enero de 1995, la revista especializada New Musical Express ofrecía sus premios Brat (los Brits alternativos) en el teatro Cockney. Los votos de los lectores definieron la batalla entre estas dos agrupaciones. Blur se llevaría un premio más que Oasis. Ahí fue cuando empezó la lucha, las frases insultantes, la competencia por el primer lugar, la arrogancia venida de lado y lado. La dinamita estaba servida. Se abrió el telón, entonces, para una especie de referendo musical que sacudió a Inglaterra entera.

La fecha más importante en toda esta historia fue el 14 de agosto de ese mismo año, día en el que Oasis presentaba su sencillo Roll With It. Blur, que ya tenía preparado su nuevo álbum desde hacía un buen tiempo, decidió unilateralmente sacar ese mismo día la canción Country House. La guerra. La tormenta. El choque insensible entre dos fuerzas. New Musical Express había oído sobre este evento y decidió publicar, al mejor estilo de una revista deportiva, una portada que, imitando el afiche histórico de los boxeadores Alí y Fraser, retratara a los vocalistas de ambas bandas.

Y de una revista musical para arriba. En todos los medios, en todos los periódicos de tiraje nacional, en todos los tabloides citadinos, en el noticiero matutino de la BBC. Pero a su vez para abajo: en cada esquina de Inglaterra, en los colegios, en las universidades, en los bares. “¿Quién venderá más, Oasis o Blur?”. Las preocupaciones propias de la era posterior a las políticas de Margaret Thatcher se habían desplazado para responder una pregunta sobre el rock, ese motor musical inventado en la tierra de los reyes.

El 20 de agosto se supo la verdad. Blur vendió 270.000 copias de Country House, mientras que el Roll With It de Oasis se quedaría por debajo con 220.000. El round musical más mediático que vivió la historia de Inglaterra lo ganó Albarn y su estrepitosa creatividad. Pero nada quedó ahí. Los álbumes completos tenían que salir pronto mientras los fanáticos, de lado y lado, se postraban en las tiendas como seguidores de un equipo de fútbol. O de un ejército. O de una clase social. Da igual. Oasis, sin embargo, se alzó muy por encima con las ventas: 4’421.500 copias. El cuarto disco más vendido en la historia del Reino Unido, como por decirlo ya en términos llanos y entendibles.

Oasis llenaba las páginas del libro de los Guiness Records, sí, pero sus fantasmas internos —es decir, las rabietas constantes entre los hermanos Liam y Noel— iban haciendo una fisura acaso irreparable. La neurosis los separó para siempre. Blur, pese a que desapareció para dar lugar a Gorillaz, se reunió el año pasado para conmemorar los años de su existencia. Y no solo eso, la alineación original le entregó al mundo dos temas inéditos. Siempre reinventándose. Las canciones de la banda de los Gallagher, sin embargo, son todavía coreadas como himnos.

Oasis, Blur. La gloria del rock. Entre usted y escoja.

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