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Participación femenina y arte textil en Antioquia: destejer el silencio

Una investigación convocó a mujeres de Antioquia para tejer colectivamente, su práctica, más allá de realizar bellos bordados, terminó siendo una catarsis de sus miedos y una forma de protestar en contra de la violencia basada en género.

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María Alejandra Rincón Bedoya y Liliana Múnera Benthan
27 de diciembre de 2024 - 02:00 p. m.
Dedicado a todas las mujeres que tejiendo, destejen.
Dedicado a todas las mujeres que tejiendo, destejen.
Foto: Cortesía
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Destejer el silencio surge en respuesta a la necesidad de volver al punto de partida, de ponerle fin a los silencios, desplegar la subjetividad y desaparecer las violencias. Destejer como un gesto textil liberador y necesidad histórica de las mujeres.

Esta investigación de corte cualitativo se enfoca en el reconocimiento del arte textil en Antioquia, como una práctica muy vigente en las subregiones del departamento para potenciar la participación femenina.

En los dos capítulos que la integran se presenta el contexto textil en Antioquia, como antecedente relevante para la posterior reflexión sobre la incidencia de los espacios colectivos para tejer, en las transformaciones personales y culturales y cómo estos posibilitan el intercambio de saberes, la producción de conocimiento y aportan a la emancipación femenina. Expone también las experiencias textiles de las mujeres antioqueñas que habitan en diferentes subregiones del departamento, y el análisis se enfoca en dos dimensiones: la poética y la política.

Esos bellos hilos tienen el poder de iluminar algo, de darle un lugar a la voz y a los saberes heredados y relegados, a una forma de producir conocimiento que aparece ilegítima entre los saberes hegemónicos y que esta investigación destaca como una forma de participación de las mujeres del departamento, que han elegido lo textil como entretenimiento, como sustento, como sanación, como actividad artística, como encuentro o como espacio vital.

Pero ¿qué se teje en las mujeres? ¿Por qué han autogestionado y defendido los espacios colectivos para reunirse alrededor del arte textil? ¿Hay algo más allá y más acá de la técnica que convoca y motiva estos espacios?

Los grupos de mujeres que participaron de esta investigación -ubicados en la subregión norte y nordeste, Urabá, Oriente, Valle de Aburrá y suroeste de Antioquia- y que tienen alguna relación con el arte textil, destacan en primera instancia lo que el tejido en colectivo les ha permitido destejer: los miedos, angustias, inseguridades y soledad, entre otras cosas asociadas al bienestar, la salud mental y a problemáticas de género.

En Antioquia, una trabajadora de la textilera de Bello se rebeló contra los abusos que sufrían las mujeres en la fábrica: largas jornadas laborales en precarias condiciones, descalzas, con salarios inferiores a los hombres y un sistema de multas que les obligaba a satisfacer los deseos sexuales de sus capataces. Así fue como Betsabé Espinal, una joven de 23 años logró convocar y convencer a cerca de 500 trabajadoras textiles para llevar a cabo la primera huelga de trabajadoras en la historia de Colombia, y la segunda en Latinoamérica.

Como la flor que vence el asfalto y aparece en lugares inesperados, la fuerza vital femenina busca siempre intersticios para la posibilidad de su ser. En contraste con lo que sucedía -y sucede- en el ámbito industrial, muchas mujeres han procurado un espacio íntimo alrededor de los tejidos. Esa es otra forma de contemplar el textil, que así responde a dinámicas que inicialmente no tienen que ver con el desarrollo económico, o al menos no a gran escala.

En los encuentros con las mujeres en Antioquia, se evidencia que el tejido en colectivo adquiere otros propósitos y ha sido allí, donde este oficio se ha transformado, porque deja un poco lo íntimo para abrirse a lo común y empieza a generar una mediación entre las historias personales y los saberes. En el caso de las mujeres de Anorí, el tejido fue empleado para una mediación; decidieron realizar una agenda ciudadana tejida, para la incidencia política en su territorio.

Estas mujeres que hacen parte de AMUAN (Asociación de Mujeres Anoriseñas) han hecho escuela y tiene una amplia trayectoria de trabajo juntas. Descubrieron que encontrarse para tejer, haría más significativo lo que ellas necesitaban comprender en materia de derechos.

También hacen parte de la construcción de este conocimiento el grupo Mujeres de Hilo del municipio de La Unión, Antioquia. En este participan mujeres desde los 13 hasta los 84 años y su lugar de encuentro es la Biblioteca Pública. Para ellas, el arte textil ha estado mediado por la necesidad de salir de casa, juntarse, conversar y aprender de las otras.

Además, han hecho un ejercicio de reflexión en torno a la práctica, de ahí que su apuesta es más creativa que productiva. Han bordado cartografías para el reconocimiento del cuerpo territorio y, vinculado a esta investigación, realizaron un libro textil en el que cada mujer es una página y esa narrativa personal es un correlato de vida.

Este libro tejido por mujeres campesinas del pueblo es una forma de participar de la historia propia y de la universal. Allí está la página de doña Luz Elena, que no tiene acceso al código escrito y por eso, no tiene entrada a muchos espacios de participación, sin embargo, encontró en Mujeres de Hilo, la posibilidad de contar su vida a otros a través de un oficio que para ella es cercano. Ese saber que antes le había permitido adornar su casa con manteles, acoger a sus hijos y nietos con escarpines y mamelucos, ahora le permite decir algo de ella, aunque ya sus creaciones habían hecho algo vital: cuidar la vida.

Se suman también a esta investigación el grupo de Mujeres Rescatando Saberes del municipio de Gómez Plata, quienes tienen dos líneas de participación desde el arte textil. La primera tiene que ver con las economías femeninas, pues ellas producen conocimiento, que luego se convierte en tejidos que venden en el mercado campesino. Las integrantes, que en su mayoría son mujeres mayores, consideran la práctica textil como un aporte a su bienestar y autonomía, pese al poco valor estético y económico que se les atribuye a sus creaciones en el mercado. La segunda -aludiendo al nombre del grupo-, es el trabajo de reconocimiento y difusión de los petroglifos prehispánicos, que se cree fueron tallados en el Holoceno tardío sobre unas rocas situadas en la zona rural de este territorio, ubicado en el nordeste de Antioquia, en el valle del río Nus. Este grupo de mujeres se desplazaron hasta allí, lavaron las piedras e hicieron un reconocimiento de las figuras y motivos identificados para después bordarlos.

También, aceptaron la invitación a esta propuesta investigativa, mujeres indígenas de Jardín, del resguardo de Karmata Rúa, y la Asociación de Mujeres Indígenas Campesinas Soñando Paz, Amispa, ubicadas en Urabá, específicamente en el resguardo indígena Las Palmas en Apartadó. Desde técnicas ancestrales y en una relación inmanente con el tejido, se abrieron a la conversación sobre el sentido de tejer en colectivo y esto qué relación tiene con el ser mujer-rural-indígena.

En el marco de esta investigación, el artefacto textil tejido y las creaciones de las mujeres son un soporte por el que también circulan identidades, valores y creencias. Allí está el tiempo, la mirada de mujeres del campo y del pueblo a quienes esta textualidad les permitió expresar, más allá de las barreras lingüísticas. Ellas pusieron, en función de sí mismas, un saber capaz de cobijar a otros, a pesar de que es un saber del que ellas se han sentido excluidas. Entonces, esa idea de la aguja como remedio para la ociosidad femenina, como técnica de control, se ha empezado a revertir en favor de los derechos de las mujeres y así, el arte textil tiene cobra el poder de embellecer el mundo y también de cuestionarlo.

Por María Alejandra Rincón Bedoya y Liliana Múnera Benthan

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