Rivalidades históricas: Pelé y Maradona

Aunque los dos nacieron en míseros barrios, y fueron referentes del pueblo y de cientos de miles de fanáticos, en sus vidas y en el fútbol fueron absolutamente distintos.

Pelé y Maradona / AFP
Pelé y Maradona / AFP

Maradona

Decir Maradona es decir polémica, genio y rebeldía. Decir Maradona es decir fútbol, pecado y orgullo. Decir Maradona es decir libertad, fuego y cadena. Decir Maradona es decir castigo, muerte y resurrección. Y amor, y odio, y fantasía, y fracaso, y salvación. Murió por vez primera a los 17, cuando César Luis Menotti lo excluyó de la Selección Argentina que ganó el Mundial del 78. Resucitó en 1981 con la camiseta de Boca Juniors, dejando para siempre su sello allí. Murió en 1982, cuando la fama lo superó en el Mundial de España. Resucitó, por momentos, en el Barcelona, pero volvió a morir después de una fractura y una hepatitis. Resucitó en el Nápoles, y luego, en el Mundial del 86 le mostró al mundo el mejor fútbol de la historia. Volvió a morir por las drogas y resucitó por la camiseta argentina. Y volvió a morir cuando “le cortaron las piernas”, como él mismo dijo, en el 94, luego de un dudoso examen de doping, pero resucitó de nuevo. Jugó otra vez con Boca, causó conmoción, cayó en las drogas, lo confesó y dijo “A nadie le hice daño, a nadie se la recomiendo”. Se fue, volvió, se dedicó a entrenar, murió con la Selección después de haber resucitado. Insultó, terminó en una clínica, retornó.

Pelé

En su espalda el número 10 se volvió inmortal. En su fútbol, los goles se tornaron en algo lógico. En su imaginación, los imposibles fueron realidades. Pelé fue el fútbol mismo por más de 15 años. Fue magia y fuerza, velocidad y sacrificio, inteligencia y talento e imaginación. Debutó a los 17 años con la franela de Brasil, y se retiró del fútbol en el 77. Fue tres veces campeón del mundo, 12, del torneo paulista, y dos, de la intercontinental de clubes con el Santos. Fue goleador del torneo brasileño durante nueve años seguidos, posee el récord e de goles en un solo partido (ocho, ante el Botafogo de Río Negro, en el 64) y marcó más tantos que nadie en la historia del fútbol, 1284. Decían que hacía sencillo lo imposible, y en tiempos en los que no había tanta exposición mediática, sus jugadas quedaron grabadas para siempre, terminaran o no en las redes. Sus saltos, sus amagues, sus pases. Decían que era tan genial que, incluso, tiraba paredes con sus rivales. Decían que era tan genial que su presencia demandaba la marca de dos y tres rivales. Cuando se retiró, cientos de miles de brasileños lloraron, y Brasil, el Brasil del fútbol, cayó en un pozo negro plagado de ausencias y de saudade.

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“Pelé, Pelé, soy yo, Mané, mírame, soy Mané, ¿ya no te acuerdas de mí? Pelééé…”. La comparsa siguió su camino por una de las avenidas principales de Río de Janeiro, a ritmo de batucada, con sus mujeres semidesnudas, sus pajarracos, su fiesta, y también su dolor. En lo más alto de la carroza iba un hombre vestido con la franela de Brasil. El siete a la espalda, como en otros tiempos, el escudo en el pecho, las mangas a mitad de brazo. “Pelééé”, gritó una vez más, impotente, desgarrado, agrio, vencido. Por un instante bajó las manos, bajó la vida, pero tenía que seguir con el show. Le habían pagado unos cuantos dólares para que fuera parte del show, y él aceptó, claro. Esos cuantos dólares le alcanzarían para llegar a fin de mes. Una vez más, desde que dejó el fútbol, o el fútbol lo dejó a él, llegaría a fin de mes apenas con lo necesario.

Ya las piernas no le daban para jugar partidos de barrio por Italia y España por unas cuantas monedas, como lo había hecho cinco años atrás, siempre guiado, conducido por un tipo de ojos azules que algún día, decía y repetía, se convertiría en el gran Chico Buarque, compositor de los desvalidos, cantante de los marginados, “llegó a la construcción como si fuese única…”. Sus hijos lo ignoraban. Su mujer, Elsa Soarez, lo despreciaba. El público, esos cientos de fanáticos que incluso lo buscaban después de los partidos con sus hijas de la mano para que las hiciera madres, apenas si alcanzaba a compadecerlo. Bajó los brazos. Se tambaleó. En su último intento volvió a decir, a gritar, “Pelé, soy yo, Mané, Garrincha”, pero Pelé estaba muy lejos, era un hombre importante y debía guardar la compostura. Dos años más tarde, el cuerpo de Garrincha terminó en la morgue de Río de Janeiro, marcado como N.N.

Antes, mucho antes, había jugado con Pelé y para Pelé. Los dos fueron campeones del mundo, compañeros, ídolos y leyendas, pero la vida los separó, los llevó por diferentes caminos y por distintas vidas, hasta esa tarde en la que se encontraron. Como en una canción de Roberto Ledesma, “tú tan alto, yo tan bajo”. Pelé tan fulgurante, Garrincha tan derrotado. Cuando Pelé jugaba, cuando la gente repetía sin parar que era el mejor futbolista del mundo, y su fama y su nombre y su imagen eran mitos que de tanto en tanto se podían ver en los diarios y noticieros, Pelé sólo decía Tudo bem, tudo bem, aunque pocos lo oyeran. Si lo dejaban por fuera de un partido trascendental porque un informe médico decía que tenía los pies planos, y así no podría resistir 90 minutos seguidos de piques y gambetas, como le ocurrió a los 17 años en la Copa del Mundo de 1958, él decía tudo bem, tudo bem. Si luego, por intermediación de sus propios compañeros -Didí, Zito, Djalma Santos-, el técnico lo anunciaba como titular y jugaba y hacía los goles de la victoria y del título, como en aquella misma copa de Suecia, él decía tudo bem, tudo bem.

Dijo tudo bem, tudo bem, cuando salió lesionado en la Copa del 62 y celebró el campeonato que en la cancha ganaron Garrincha y otros 10. Dijo tudo bem, tudo bem cuando lo reventaron a patadas y puñetazos en Inglaterra 66 y se fue con la pierna casi rota a Brasil, humillado, derrotado y vencido. Y repitió su eslogan, como una letanía, cuatro años más tarde, cuando el entonces entrenador de Brasil, Joao Saldanha, lo dejó por fuera de la Selección porque, dijo, “ya no veía bien”. A él le contaron esa historia. Después la leyó en los periódicos y la escuchó en la radio. De alguna manera, esa era la historia oficial, la versión “oficial” que querían propagar desde la dictadura de Emilio Garrastuzu Medici.

Cuando en un vestuario, a media voz y a media luz, uno de sus compañeros de equipo, Tostao, le relató la verdad, o “su verdad”, Pelé también comentó tudo bem, tudo bem. La verdad era que Saldanha, un viejo periodista curtido de intrigas y rumores, había sido señalado por la dictadura por sus preferencias políticas. Era un hombre de izquierdas que incluso había lamentado la muerte-asesinato de Ernesto Che Guevara. Por aquellos años, para los gobernantes y las altas clases o se era de derechas o no se era nada. Garrastuzu y los suyos investigaron a Saldanha, lo acusaron de inepto ante los altos tribunales del fútbol, lo amenazaron, y surgió la versión de que iba a prescindir de Pelé. Alguien lo difundió porque alguien lo ordenó, como ha ocurrido desde años atrás.

Tudo bem, tudo bem, les respondió Pelé a los periodistas cuando le preguntaron por el nuevo técnico del scracht, Mario Lobo Zagalo, y más tarde, cuando su Brasil se convirtió en el mejor equipo de todos los tiempos y fue campeón del mundo y Pelé levantó la Jules Rimet y el Azteca se rindió a sus pies, a su negrura, a su sonrisa blanca, a su 10 en la espalda, a los millones de calificativos que lo sentenciaban como el mejor, o mais grande do mundo, O Rei. Tudo bem, gritó a finales de junio de 1970, mientras Garrastuzu mostraba la Copa como el mayor trofeo de su gobierno, y entre sus pliegues dorados, los pliegues de la Jules Rimet, escondía desaparecidos, torturas, malversaciones, manipulaciones y engaños. Tudo bem, dijo Pelé, por fin, meses después, recorriendo la pista atlética del Maracaná luego de haber jugado su último partido con la camiseta de Brasil.

Todos lloraban. Doscientos mil de sus fanáticos feligreses lloraban, y él también. Nunca más habló dentro de una cancha, que en últimas, era lo que más le gustaba hacer y lo que mejor hacía. Tal vez por eso, durante 13 años, se limitó a decir tudo bem. ¿Lo obligaron? ¿Quisieron transformarlo en un objeto que además de hacer goles debía hablar? ¿Él se prestó porque simplemente quería jugar, y ese era el precio? El día en que Pelé se volvió mortal, de corbata y camisa, dejó de contestar tudo bem. Empezó a ser él. Le tocó ser él. No más O Rei, no más O mais grande do mundo, no más Pelé. Simplemente él, Edson Arantes do Nascimento. Entonces habló. Afirmó que Colombia ganaría la Copa del 94, que España la obtendría en el 98, que Maradona era un gordiflón…

Ayer, nada más, sentenció que Messi era el mejor del mundo, pero que estaba lejos, muy lejos, de los más grandes de la historia, Di Stéfano, Cruyff y Platini. No mencionó a Maradona. Maradona era y fue su sombra. Su enemigo obligado, su amado odiado. Su blanco, su negro. Cuando sentenció que Maradona no existía, luego de varios encuentros que fueron desencuentros o hipocresía pagada por rating, Maradona se abrazaba en un infinito y doloroso gesto con su hija Dalma Nerea. Fue el abrazo más desgarrador del fútbol, dijeron. Un abrazo que no tuvo palabras porque no las necesitaba, un abrazo de dos seres rotos.

Tal vez Diego Maradona le deslizó un susurro a su hija Dalma, nada más que eso. Nada menos que eso. Tal vez le dijo “me quiero morir” y ella se atragantó de lágrimas. Ahí estaban los dos. Desolados, solos a pesar de los cientos de periodistas y directivos que pasaban a su lado por aquel pasillo; abandonados por la vida pese a que, entre tantos otros, Joachim Low (el técnico de Alemania) daba vueltas y vueltas a su alrededor aguardando que se separaran para decirle a Maradona cualquier cosa que lo reanimara. Fueron cinco ó 10 eternos minutos. Una vida.

En una mano Maradona llevaba y apretaba el rosario en el que había depositado sus ilusiones desde el primer día de la Copa del Mundo. A su vestido, el traje gris que no mandó a lavar en un mes porque el jabón podía arruinar la buena fortuna, se le notaban algunas manchas y arrugas. Sus zapatos se veían opacos. Las cámaras grababan el abrazo. Acercaban y alejaban el rostro demacrado de aquel hombre que en ese instante sólo era eso, sólo fue eso, un hombre. Su barba, teñida de canas, prolija, con aires de Orson Welles, había sido por vez primera en su vida la barba de la buena suerte. Antes, muchos años atrás, sus peores días habían estado envueltos en otras barbas.
Se la dejó en la Copa del 82, cuando lo expulsaron en el último partido contra Brasil. Y las cámaras, siempre las cámaras, lo mostraron cabizbajo, humillado, perdido después de la derrota. Se la dejó 10 años más tarde, cuando la policía de Buenos Aires lo detuvo en un apartamento del barrio de Caballito, drogado, huidizo, la mirada transparente, los pasos débiles. Se la volvió a dejar en decenas de otras ocasiones, cuando la vida lo desbordaba y no le hallaba la vuelta. Cuarenta y cinco días atrás dejó de afeitarse. Así, ganó en el debut ante Nigeria. Así, revirtió las antiguas críticas porque no sabía a qué jugaba ni cómo, y de su mano, Argentina se transformó en “la mayor alegría del torneo”, como escribió The New York Times.

Dalma Nerea, su hija mayor, llevaba aún el gorro tejido con el que se había paseado por Sudáfrica desde el primer día, la misma blusa de los últimos partidos, los mismos zapatos, las gafas oscuras ahora colgadas del cuello, la mochila. Dos horas antes, se había apostado en la tribuna del Green Point de Ciudad del Cabo y repitió, sagrados, los ritos que a ella, a su padre y su hermana, a su país, los iban a llevar a la final del Mundial. Ropa, llamadas, palabras, bebidas, todo infinito, reiterado, santo y calcado. Cuando el 0-4 de los alemanes estaba consumado, bajó para consolar a Maradona. Sabía, más que nadie en el mundo, que aquel D10s inmortal estaba muriendo.

Lo abrazó. Se abrazaron en una imagen que más que decir o hablar, gritaba. Era la síntesis de lo que comenzó a suceder en noviembre del 2008, cuando Julio Grondona nombró a Diego Maradona como técnico de la Selección Argentina, y a Carlos Salvador Bilardo como su “consejero”. Los dos, uno con su magia y su entrega, sus goles, su talento, su inventiva, y el otro con su estar encima de cada detalle, sus supersticiones y esquemas, habían sido los principales protagonistas del último título argentino en una Copa del Mundo, 1986. Los dos fueron, sucesivamente, amigos, enemigos, amor y odio, blanco y negro, pero los dos creyeron siempre en la fuerza de las cábalas.

Para llegar a Sudáfrica 2010 repasaron gesto tras gesto, color tras color, cada uno de los hechos del 86. Entonces quisieron revivirlos. Se inventaron peleas con la prensa, copiaron el uniforme que habían usado en México, se llenaron de rituales, convocaron a líderes positivos, repartieron las habitaciones como en el 86 e hicieron o quisieron hacer que Messi fuera el Maradona de entonces, con su zurda, su cinta de capitán (por un partido, pero capitán), sus arranques y gambetas. Luego, ya en la Copa, y después de los primeros triunfos que opacaron carencias, apelaron aún más a los viejos códigos del fútbol. Bilardo había pasado a ser un fantasma. Ya no hablaba, no participaba. En la relación de amores y odios, había caído en la última de las casillas.

Su lugar lo ocuparon Héctor Enrique, uno de sus escuderos en el 86, y Alejandro Mancuso, la sombra de Maradona. Con ellos, la ruleta de las supersticiones siguió girando, cada vez más vertiginosa, imparable. En una vuelta era Valeria Lynch, que cantaba las mismas canciones que en 1986 para que obraran como pócimas benditas. En otra vuelta, era los asientos de los buses y aviones, que debían ser asignados y respetados según lo dispusiera el dios de las cábalas. La última vuelta de la ruleta fue aquella frase de “equipo que gana no se toca”. Maradona la copió y repitió hasta hacerla axioma. Después de la victoria sobre México 3-1, con un fútbol perdido, sin explosión, sin ideas, sin ritmo ni coherencia, apoyada en un flagrante error arbitral, el técnico se adhirió a ella y al concepto, “porque equipo que gana no se toca”.

Quienes sabían, dijeron y escribieron que a Argentina le hacían falta quite, recuperación y salida en la mitad de la cancha, y que la defensa por el flanco derecho era vulnerable. Hablaron de que Ángel Di María no estaba en su mejor nivel y que Maxi Rodríguez era sólo voluntad. Sentenciaron que sin alguien que le diera la pelota, Messi se perdía bajando hasta su campo a buscarla. Quienes sabían, dijeron y escribieron después de la eliminación que quien podía haber solucionado gran parte de aquellos problemas se había quedado en la banca: Juan Sebastián Verón. Maradona jamás explicó por qué prescindió de él. Quizá nunca lo aclare. Su silencio será uno más de sus códigos, mezcla de religión, santería, lealtad y creencia.

Su silencio, como en el descarnado abrazo con su hija, será uno más de sus tributos a las jamás comprobadas fuerzas de lo invisible. Su apuesta por la cábala lo llevó al fracaso, tal vez porque nunca comprendió que su fútbol, sus victorias, las leyendas que dejó (y que no se borrarán), fueron obra de su virtuosismo, de su obsesión por pegarle bien al balón, de su velocidad mental y física, de su hambre de gloria, no de los dioses. No de la fe. No de la repetición de accidentes. No de los rosarios, los pelos de gato y las patas de rana, no de su animadversión hacia Pelé.

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