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Roca, oficio: transportador de fantasmas

Este año fue invitado como jurado a la Bienal de Venecia. A pesar de su talante discreto, es admirado y respetado por un medio artístico no siempre fácil.

Juan David Correa / Especial para El Espectador

19 de diciembre de 2007 - 06:08 p. m.
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Ver trabajar a José Roca en su despacho del Banco de la República, es ver a un hombre que se toma en serio su oficio. En su oficina en la dirección de artes del banco hay catálogos de exposiciones, libros, revistas y una decena de documentos que revisa día tras día. Es un hombre alto, de manos largas y afiladas. Le interesa la moda y eso se nota en su manera de vestir. Pero es un hombre que no habla sin antes pensar. Y que cuando lo hace, se permite interrupciones para seguir pensando, para no decir cualquier cosa. Fue Francisco González, ex editor cultural de este periódico, quien me lo presentó algún día en que como chiva, González consiguió que nos dejaran entrar al desembalaje de la donación Botero que ese año, el 2000, fue sin duda la noticia cultural del año. Una noticia detrás de la cual también estuvo Roca. Él participó, junto con los arquitectos, conservadores y museógrafos del banco, en la adecuación del hoy Museo Botero, la Casa de Moneda, la antigua planta de acuñación y el nuevo edificio del Museo de Arte del Banco de la República, inaugurado en 2004.

Roca no es emocional a simple vista. Es cerebral. Virgo. Buen lector. Estudioso. En su diálogo aparecen siempre referencias –de Bryce Echenique, pasando por Borges, hasta o curadores como Szeemann y Herkenhoff–, quizá porque como lo ha repetido en múltiples ocasiones, no cree que el arte sea un asunto de elite, sino de aproximar a la gente para educar una mirada.

Es arquitecto de la Universidad de la Universidad Nacional. Cuando estudiaba, con un grupo de amigos, se hizo guía de una exposición que curaba Beatriz González, y trabajó tres años en el departamento de arquitectura del Museo de Arte Moderno. Después estudió museología en París. Regresó a Bogotá para volverse museólogo en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Desde entonces, lo dicen sus amigos, cada vez que viaja no deja de ver ninguna exposición.

No se ufana de su carrera: “Nunca he tenido la pretensión de ser un gran curador internacional. Mi sueño no es ser el curador del Moma, por ejemplo. Sí me gustaría hacer proyectos con referencias de todo el mundo y yo creo que eso se puede hacer desde cualquier parte. Desde Colombia mi posición es más pertinente que si estuviera en Nueva York o en París”, ha dicho. Ha vivido también sus cuarteles de invierno cuando decidió, en un momento brillante de su carrera, irse a vivir a Nueva York, empacar su apartamento –que parece un acto de curaduría– y seguir estudiando en el prestigioso Programa de Estudios Independientes del museo Whitney, en donde estuvieron artistas como Félix González Torres y Jenny Holzer y curadores y críticos como Miwon Kwon o Roberta Smith (crítica del New York Times), un programa pretendido por cientos de personas. “Se la jugó”, dice uno de sus conocidos. “No era fácil que renunciara a un lugar que ya tenía ganado en Colombia”.

Esa quizá sea la principal virtud de este curador bogotano –aunque nació en Barranquilla– de 45 años: que ha conseguido que grandes artistas vengan al país, a pesar de que sus nombres fueran poco conocidos por los no expertos en arte. Así han aparecido en sus ficciones, como él mismo llama a sus curadurías, nombres como el del cubano Carlos Garaicoa, la brasileña Regina Silveira o la más reciente muestra de su talento que quizá esté llamada a ser la muestra del año, Fantasmagorías, en donde, como escribió el artista y miembro del consejo de la revista Arcadia, Humberto Junca: “Para solucionar un problema económico, Roca siguió el consejo de Boltanski (el artista francés Christian Boltanski) y escribió una lista con los posibles candidatos de un proyecto curatorial alrededor de la ausencia y la pérdida, con obras hechas con sombras, con vapor o gases, y que en un comienzo se iba a llamar Sombras y niebla como la película de Woody Allen; decisión inteligente y eficaz porque está claro que no hay nada más barato que transportar fantasmas”.

Pero también es un hombre que tiene resistencias. Que a veces parece “flotando”, como dice alguno de sus contradictores. Y algunos periodistas se quejan de que, a pesar de la insistencia con la que lo llaman como una voz autorizada, él ha querido no aparecer demasiado. Y lo buscan, porque además de haber participado como curador en la bienal de Sao Paulo, acaso la más importante del continente, este año fue jurado de la bienal de Venecia, el centro del arte mismo. Conocedor de las obras –y defensor desde hace años cuando no eran tan conocidos– de artistas como Juan Fernando Herrán, María Fernanda Cardoso, José Alejandro Restrepo, Miguel Ángel Rojas y Oscar Muñoz, hace poco también inauguró una retrospectiva dedicada a Rojas para cerrar un año brillante. Ese es Jose Roca, de perfil. Solo de perfil.

Por Juan David Correa / Especial para El Espectador

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