Ocho toros ocho

Ocho toros son muchos. Muchos. Y más si son como lo fueron la mayoría de los de La Carolina, bien presentados pero distraídos, bravos por momentos pero sin casta, o sin casta pero bravos.

EFE

Ocho toros son muchos. Muchos. Y más si son como lo fueron la mayoría de los de La Carolina, bien presentados pero distraídos, bravos por momentos pero sin casta, o sin casta pero bravos. Se dejaron torear, sí. Todos. Pero pase a pase. Fueron toros como esos tabacos viejos que prenden a al comienzo y después se apagan y hay volver a prenderlos y se vuelven a apagar y así… hasta que el fumador se desentiende y los bota a un lado sin mirarlos. La ilusión que habían despertado los carteles de ayer –los más importantes de la temporada colombiana– se fue martillando hasta adelgazarse poco a poco. Y si la bandeja no llegó a desfondarse fue por la voluntad de los toreros.

La mayoría de los toros de los carolinos salían con ganas, pero muchos se frenaban a dos pasos de la boca de toriles; otros llegaban al burladero y miraban por encima de las tablas, y los que acometían –muchos con fuerza y nervio– se devolvían al tercer pase, reservones, indecisos, pensativos. Eran bellos, lustrosos, de cara, de peso, de hechuras. Pero fijaban más las patas a la arena que las vistas en los trapos. La Carolina procedente de Santa Coloma, Murube, ha tenido buen juego y la afición antioqueña la tiene en gran estima. El del sábado era el último encierro que los propietarios llevaban a la plaza. Una despedida. “Quizá quede por ahí una punta de ganado, pero lo demás se va”, me dijo uno de los ganaderos. Y se fue. Triste que comiencen a desfilar para el matadero, y no para el desolladero, los toros bravos.

Talavante, el que vimos enduendado en Manizales, dejó un ay… en minúscula y sin admiración en la tarde de ayer en Medellín. Con el primero, toreó a Reportero, de 453 –un poco anovillado–, con verónicas al centro y unas chicuelinas mandonas que afirman el poder sobre el toro. Los capotes de Talavante son como los de José Tomás, livianos y despliegan como alas. Brindó al público y al lado de la montera hizo tres o cuatro estatuarios ajustados que sacaron los primeros oles. Pausa para que el tiempo pudiera permitir el rito con seis naturales seis, el primero de frente y los demás, uno a uno.

El toro tenía fijeza en el embroque, pero la perdía al salir, como si perdiera la memoria. Premiado con Nerva templada con trompeta. Fiesta. Naturales hondos; derechazos reposados, manoletinas toreadas con el cuerpo. Y cuando la plaza estaba a punto de ebullición: pinchazo. A su segundo, sin lo bello que le hizo al primero, le hizo todo lo feo que se le hace a disgusto. El toro era un petardo, es cierto, pero pudo más el afán del avión que el paciente esmero de una figura como Talavante. Conclusión: Tres avisos y toro a los corrales, enlazado con un rejo, jalado por cuatro monosabios; un toro terco que, como durante toda la faena, daba un paso adelante y dos atrás. ¡Deprimente! No tiene la plaza.

Sebastián Vargas –señor torero–, el más popular de los nuestros, el más hecho hoy, toreó un buen mozo bien armado –Carmelo– de casi media tonelada, rápido pero distraído. Sebastián lo buscó y lo buscaba hasta que lo hallaba y, sin saber qué hacer, lo hacía de maravilla: dos verónicas, una chicuelinas al medio y una media al remate. Bulla, un picador nuevo puso la vara en sitio y Reportero dio pelea: La mejor pica de la temporada, dijo mi vecino, don Darío Restrepo, entendido como pocos.

Sebastián Vargas con las banderillas deja verde al Fandi y acobarda a Ferrera. Cita a pecho abierto y la cumple en el lugar preciso. Las pone a las Calafia y se va despacio, casi sin mirar a un toro atónito y sin presa. Los redondos con la derecha fueron meritorios porque el toro tenía rota la cuerda del acorde. Torea quieto, bien puesto, pero todavía tiene ese gesto de novillero que le quita majestad al fin de una serie de naturales: reclama reconocimiento. Un Metisaque y al final, una Estocada decidida de trayectoria misteriosa. El respetable, acostumbrado al fácil aplauso a los extranjeros, le negó las palmas a la meritoria faena del colombiano. ¡Ay, mi patria! Su segundo toro fue igual al primero, medio bravo, medio brusco, medio pegado a la arena, medio sí, medio no. Y el torero, pese a lo que sabía del toro y sabe con los años, dejó un par de banderillas a la Calafia, entablerado, se lo quitó a milímetros con un quiebre de cintura que invadió los tendidos de escalofrío. Quiso volver a los redondos y a los naturales, pero el toro no estaba para fiestas.

A Castella le tocó un toro pesado y buscador que llevó con verónicas –una muy cerrada– hacia el centro. Una pica corta y sin quites se fue el torero por la muleta, mientras Benavides y Santana ponían a su estilo banderillas de palmas. No brindó. Y no parecía interesado en el toro. Mandó con la muleta, templó con la derecha, ligó con la izquierda y remató de pecho. Sacó música. Hizo todo lo que hace una figura con un toro que se reservaba. Es un gran mérito sacarle pases a un toro que da pasos. Por eso al entrar a matar, un paso aburrido del toro hizo caer a Castella al suelo con gran peligro, casi en el mismo sitio que hace tres años un toro le partió el omoplato. Al final, espada adentro. Ovación.

Extraño, pero la segunda faena de Catella fue, como en el caso de Vargas, muy parecida a la primera. Salvo el hecho meritorio de haberle pedido al picador doblar el castigo. Dos picas no se habían visto en Colombia hace tiempo y hay que decir que el torero le dedicó la faena al ganadero. Castella es un torero excelso y honrado, aunque lo sentí un poco francés, quiero decir, frío. Tiene porte, valor, conocimiento y todo lo emplea como mandan los cánones. Y por eso el público reclamó con vehemencia la oreja que la presidencia le negó.

Perera se encerró con seis toros en la Feria de Zafra, Badajoz: 6 orejas, 2 rabos 1 indulto. Sabe lo que hace y lo hace como si el ángel que lleva por nombre se le metiera en el cuerpo y le llevara la mano lenta y baja, y le diera seguridad y le estallara la gloria en los naturales de frente, hondos, muy hondos cargando la suerte, jugándose la vida en cada paso. Se olvida, pero los toreros se juegan la vida, y la belleza de las suertes hace que se olvide el peligro, que la muerte se esconda detrás de cada pase, de cada giro. La muerte siempre esta atrás, pero los toreros la saben adelante. No estoy escribiendo de Badajoz sino de la primera faena que hizo en Medellín ayer tarde. Tan técnica y exquisita, que logró esconderles todos los defectos no sólo a su toro –Flechero– sino a toda la camada. Pinchó sin soltar y perdió una oreja, pero no la otra ni tampoco la lluvia de claveles. En su segundo, el duende se escondió: no quería ver otro de esos toros bellos de La Carolina, pero mansos, huidizos, distraídos, que se reservan para el desolladero.