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Contenido desarrollado en alianza con el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes

Un paisaje para la educación artística y cultural en Colombia

Con esta iniciativa se busca cultivar en los estudiantes tanto destrezas técnicas como una visión crítica del mundo.

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Jaime Félix
17 de diciembre de 2024 - 02:00 p. m.
La educación artística y cultural conlleva un potencial transformador.
La educación artística y cultural conlleva un potencial transformador.
Foto: Cortesía Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes
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En diversos rincones de Colombia, donde los sonidos de la cumbia, el currulao y el joropo se entrelazan con los susurros del valle, la montaña, el río y el mar, se gesta en silencio una revolución inspiradora: la educación artística y cultural. En aulas, parques y salones improvisados, rurales o urbanos, un diverso grupo formado por educadores, gestores, artistas y sabedores se ha unido con un propósito común: construir un paisaje educativo que trascienda los límites de los libros de texto.

Pero ¿qué entendemos por educación artística y cultural? No es únicamente un conjunto de habilidades adquiridas en un taller de pintura o en una clase de música. Podríamos decir que es un proceso que busca cultivar en las y los estudiantes no solo destrezas técnicas, sino también una visión crítica del mundo que los rodea. A través de la experimentación, creación o interpretación es posible propiciar la exploración de la identidad, el cuestionamiento del entorno y la apreciación de la cultura local y nacional.

En un espacio creativo, no solo se aprende a manejar pinceles o a seguir el ritmo de una melodía, también se narran historias. Cada trazo en el lienzo y cada nota musical se pueden convertir en expresiones de su ser y sus diálogos con el territorio. Al fomentar la autoexpresión de las personas y el diálogo, e incentivar el respeto por las diferencias, quizá también se está promoviendo una cultura de paz.

¿Cómo se lleva a cabo y quiénes son los protagonistas de estas acciones? Las respuestas a estos interrogantes emergen de las historias que resuenan en cada rincón de Colombia. Por ejemplo, en la región del Caribe, Francisco Sarabia el talentoso maestro de danza folclórica y director del grupo Son de Negros —en Mahates, Bolívar— utiliza ritmos autóctonos para sumergir a sus estudiantes en la historia y la identidad cultural. Cada paso de baile y cada nota musical no solo enseñan a las y los jóvenes a danzar, sino que también les permite descubrir y abrazar su herencia, sus raíces y su identidad. Este enfoque educativo es un claro ejemplo de cómo el arte puede ser un medio para la autoexpresión y el reconocimiento cultural, y además convierte a Francisco en un verdadero referente local, inspirando a sus aprendices a explorar sus raíces y comprender el mundo que les rodea.

Al sur del país, en el Valle del Cauca, un grupo de artistas visuales es liderado por la maestra Carolina Jaramillo, directora del Museo al Aire Libre de Cali (MULI), quien ha decidido llevar el arte a las calles, organizando talleres comunitarios, donde niños, niñas y sus familias pueden experimentar con diversas técnicas artísticas de manera gratuita. Aquí, el arte no es solo entretenimiento, es una poderosa herramienta para sanar heridas y fortalecer a la comunidad, que tanto ha sufrido por la violencia. Los murales que embellecen las paredes de los barrios y estaciones del MIO cuentan historias de resistencia y esperanza; cada trazo es un testimonio de la vida cotidiana y una invitación a soñar con un futuro mejor.

Mientras tanto, en la Orinoquia y Amazonia, la educación artística enfrenta desafíos únicos. La diversidad étnica y cultural exige un enfoque inclusivo que respete y valore las tradiciones locales. Educadoras y educadores comprometidos trabajan en estrecha colaboración con quienes lideran procesos comunitarios para diseñar programas que integren danzas ancestrales y narrativas orales. En este contexto, sus protagonistas no solo son las y los maestros, sino también las personas mayores que comparten su sabiduría con las nuevas generaciones. Así, el arte se convierte en un puente entre el pasado y el futuro, derribando barreras y ofreciendo oportunidades para desarrollar proyectos de vida.

En algunas ciudades, los museos, universidades, casas de cultura, bibliotecas y salones comunales han comenzado a abrir sus puertas a la comunidad: talleres de teatro, danza y artes visuales se han convertido en espacios de libre expresión. Aquí, muchas veces, artistas emergentes son guías que acompañan a sus estudiantes en el proceso creativo. En estos escenarios, la educación artística puede ser un vehículo para abordar problemáticas actuales, promoviendo agencias de cambio dentro de sus comunidades, y el arte puede ser una forma de crítica social.

Por otro lado, las nuevas tecnologías se han infiltrado en el paisaje educativo, transformando la manera en que se comparten y viven las prácticas artísticas. Hoy, las plataformas digitales permiten que una maestra en Bogotá comparta su metodología con estudiantes en la distante isla de Providencia, estableciendo así una red de aprendizaje colaborativo. Las posibilidades de esta conectividad tienen el potencial de enriquecer el proceso educativo y de fomentar el intercambio cultural entre diversas regiones. En este nuevo escenario, las fronteras geográficas se desdibujan y el conocimiento se puede intercambiar de manera más fluida, tejiendo lazos que trascienden distancias.

Asimismo, las redes sociales, exposiciones y festivales son espacios ideales para contar al país sobre estas iniciativas. Compartir experiencias puede inspirar a replicar modelos similares y crear un sentido de pertenencia entre las comunidades. Es importante que la educación artística se convierta en una cuestión central en la agenda pública.

Aunque no todo es color de rosa, pues muchos educadores, educadoras y artistas enfrentan la falta de recursos, de apoyo institucional, y de infraestructura adecuada, que no solo limita el potencial creativo, sino que envía un mensaje desalentador: el conocimiento y la formación no son prioridades. Reflexionar sobre esta realidad nos invita a cuestionar cómo valoramos la educación y qué legado estamos dispuestos a construir para las futuras generaciones. Es aquí donde la comunidad juega un papel crucial, a través de iniciativas autogestionadas.

Proyectos como la creación de talleres literarios, clase de artes plásticas, conformación de grupos de teatro y circo, y escuelas de danza y música en las diversas regiones del país son ejemplos palpables de cómo la colaboración puede transformar realidades. Estos esfuerzos fortalecen el tejido social, fomentando un sentido de pertenencia y responsabilidad compartida. Además, al involucrar a madres, padres, docentes y comunidades en la toma de decisiones, se promueve un modelo educativo más inclusivo y representativo.

Al mirar hacia el futuro, se vislumbra un camino extenso, pero lleno de promesas. La educación artística y cultural conlleva un potencial transformador. Narrar estas historias desde una perspectiva regional, no solo celebra nuestras diferencias, sino que también abraza nuestra identidad compartida como nación. En cada nota musical, cada trazo artístico, cada palabra escrita y cada paso de danza, descubrimos nuestra esencia: una vibrante mezcla de manifestaciones culturales que nos invita a seguir creando en unión y en paz.

Por Jaime Félix

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