Adalberto Suárez lleva el circo en la sangre, lo aprendió de su madre y su padre. Sus hijos y nietos también han nacido en el circo. Durante 64 años Adalberto ha viajado por Colombia, Ecuador y Venezuela con el Circo Hermanos Suárez, que heredó de su familia.
Adicionalmente, el trapecio y las acrobacias lo llevaron a viajar por el mundo y a presentarse en ruedos de toda América e incluso en lugares tan lejanos como Singapur, Indonesia y Malasia.
Mientras nos cuenta sobre su vida habla casualmente de los actos que nos transportan en el tiempo a la infancia y a las noches increíbles del circo: el triple mortal en los trapecios, el acto de Icarios, el globo de la muerte, caminar el alambre.
Para el público ahí está la magia del circo: aparecen un día con los camiones y los carromatos y de repente, de la nada, aparecen las carpas, los payasos, las gradas, el ruedo, los y las acróbatas y la música. Es un espectáculo excepcional, donde por una noche se presentan actos fantásticos y temerarios. Luego el circo se despide, sigue a otra ciudad y el público, sin tener mucha certeza de cómo ni cuándo, ni siquiera de si será el mismo, espera que vuelva.
La vida del circo es cambiante. Mientras el común de la gente pasa la vida entre la rutina y la quietud, para las familias del circo el espectáculo y la itinerancia son las únicas constantes mientras recorren el mundo encuentran pequeños hogares en todas partes, así van por el mundo viviendo entre lo conocido y lo desconocido.
El circo, más que cualquier otra cosa, es una tradición. Los mayores gestionan el espectáculo y los más jóvenes actúan y van probando papeles y oficios hasta que cada uno encuentra su lugar y su pasión.
“A través de los años ejecuté muchos actos. Todos los hijos del dueño del circo comenzamos como payasos, los padres nos pintan de payasitos para que uno empiece a familiarizarse con el público, después ya vienen las acrobacias. Antes se usaba que todos los hermanos hiciéramos esa acrobacia en la que el uno se subía encima del otro, que el rodillo, que los malabares, y ahí uno va comenzando la vida a ver qué es lo que a uno le va gustando”, cuenta Adalberto.
Sin embargo, la tradición de las familias circenses es más profunda que iniciarse en el escenario y aprender actos y acrobacias, algo que también hacen quienes se van uniendo al espectáculo por curiosidad o vocación. Quienes han nacido en el circo aprenden a construir y levantar todo. Desde las carpas, la iluminación, las tarimas y el escenario hasta diseñar cada función, buscar temas novedosos que atraigan al público, organizar los actos e incluso hacer los trámites burocráticos para poder presentarse.
“Aprendemos de todo, tanto de lo qué es un circo, como de cómo está conformado: sus carpas, sus gradas, sus sillas. Para los viejos de circo eso es lo que se considera ser de tradición, saber qué es una carpa, cómo se hace, cómo se arma […] aquí donde ustedes ven esto yo lo construí, yo lo hice. Las carpas que siempre he tenido las he hecho y aprendí de mi padre que me enseñó cómo se hacen. Enseñar es lo más importante, tanto a los hijos como a otras personas, esa es la tradición de los grandes viejos del circo”.
Los secretos se transmiten de generación en generación entre expertos y familias. Se comparten durante los viajes, entre maestros, conocimientos y trucos. Estos misterios, que se pierden en el tiempo, se han repetido a lo largo de años e incluso siglos, con cada familia aportando su propio toque personal.
Así le sucedió al clan de los Suárez con el acto de Icarios: el secreto llegó al padre de Adalberto a través de un mexicano y luego lo fueron perfeccionando. “Fuimos una de las familias de circo tradicionales de Colombia que hicimos ese acto, con él recorrimos muchos países”. El acto de Icarios es una actuación acrobática en grupo donde el volante va haciendo saltos sobre los pies de los demás, que parecieran estarlo usando para hacer malabares mientras los distintos miembros del grupo se alternan y hacen complicados saltos mortales, incluso pirámides con una coordinación casi sobrehumana.
Este es un acto clásico de circo, aunque algunas fuentes fijan sus orígenes en 1840, otros hablan de una tradición legendaria de fechas inciertas relacionada con el mito griego de Ícaro. Antes de la Primera Guerra Mundial las grandes compañías de familias americanas e inglesas lo hicieron famoso, pero también se habla de otros circos de Europa, Oriente Medio, Mongolia y China que lo difundieron.
También se enseña en una escuela de Adis Abeba, capital de Etiopía, lo que demuestra que la geografía probablemente sea una barrera para quienes llevamos vidas sedentarias, pero en el trasegar cuasi nómada del circo la distancia carece de sentido. Los secretos se intercambian en los viajes sin importar de dónde vienen, al final siempre se encuentran y se comparten.
Sin embargo, la vida moderna, que ha ido erosionando a las familias y las tradiciones artísticas, también ha golpeado a los circos. Confiesa Adalberto que cada vez más los jóvenes prefieren espectáculos individuales llamativos mientras que los números familiares que requieren de coordinación y complejidad han ido quedando relegados. Adicionalmente, la burocracia y las complicaciones de montar circos en las grandes ciudades, así como las restricciones que dejó la pandemia, han hecho que cada vez sea más difícil la movilidad de los espectáculos, así como se están agotando los circos más pequeños por las exigencias de presupuesto y papeleo. Son las familias las que mantienen viva la tradición y a sus artistas.
Mientras los grandes circos logran moverse, Adalberto señala la necesidad de respaldo y de abrir escuelas y nuevos espacios donde estos saberes puedan transmitirse, a pesar de que, como dice, los niños, niñas y jóvenes han cambiado de intereses. Conoce de primera mano la magia y el poder de los circos: el asombro por las acrobacias, la risa que generan los payasos, la atmósfera, las luces, las carpas. “Mientras haya niños siempre habrá circos”.