Seguro usted ha consumido alguna vez estas preparaciones o las ha usado como acompañamiento en muchas de sus comidas. Y sí, es posible que también las haya llamado por el mismo nombre, porque a simple vista pueden ser parecidas.
No obstante, y aunque comparten ingredientes como la fruta y el azúcar, no se elaboran de la misma manera ni cumplen la misma función en la cocina. Aquí le contamos un poco más.
La diferencia entre estos tres alimentos no está solo en la consistencia o en su textura, sino en la forma en que la fruta sufre una transformación durante la cocción y, claro, el papel que juega el azúcar en cada una.
En el caso de la mermelada, la fruta puede ir triturada, en trozos o completamente integrada, pero siempre forma parte del cuerpo del producto final. Es decir que la fruta sigue siendo reconocible en medio de esa pasta densa.
Le explicamos: la cocción con azúcar hace que la mezcla se espese y, al enfriarse, adquiera una consistencia mucho más firme, como resultado de la reducción y de los azúcares naturales de la fruta. No es un líquido que se gelifica.
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La jalea, en cambio, se olvida por completo de la pulpa. No la necesita porque todo parte del jugo, que se obtiene tras colar la fruta y eliminar cualquier resto sólido que quede en la mezcla. Ese líquido, al cocinarse con azúcar, se transforma gracias a la pectina —natural o añadida— en una preparación translúcida y homogénea, libre de trocitos.
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Y, por último, tenemos la compota. En este caso, la fruta no se filtra, sino que se cocina lentamente en un almíbar (es decir, en un jarabe o una especie de caramelo), lo que permite que conserve su forma, aunque se vuelva más blanda.
A esta preparación se le suelen añadir especias. ¿Especias? Sí, es correcto, pues, como dato curioso, le contamos que su uso no se limita a los platos dulces, ya que también funciona como acompañamiento de preparaciones saladas.
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Y usted, ¿con cuál se queda y en qué recetas la usa? Lo leemos en los comentarios.
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