Esta fruta típica de Suramérica hace parte del grupo de las frutas de la pasión. Se caracteriza por ser redonda, de color amarillo o incluso anaranjado, y se diferencia de otras por tener diminutos puntos blancos en su cáscara. En su interior contiene semillas negras rodeadas de “una membrana gruesa, blanca, mucilaginosa y de sabor dulce”. La fruta también se encuentra dentro del grupo de las frutas pediátricas.
Viviana Ortega, experta en nutrición, afirma que consumir granadilla aporta vitaminas C, B2, B3, B6, B9, A, K y E, además de minerales como el calcio, el magnesio, el selenio, el sodio y el zinc. Es rica en fibra, agua, azúcares y carbohidratos. “Gracias a su contenido de vitamina C, resulta ideal para combatir los radicales libres, responsables del envejecimiento prematuro, y favorece la cicatrización de mucosas y tejidos”.
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Pero ¿realmente sus pepas pueden consumirse? La respuesta es sí, y Diana Marcela León, experta en nutrición culinaria, lo confirma: “Las semillas de la granadilla se comen. A diferencia de otras frutas, aquí no se separa la pulpa de la semilla: cada una está envuelta en un arilo translúcido, jugoso y ligeramente ácido, y es justamente esa combinación de semilla y arilo la que constituye la parte comestible. Por eso, comer granadilla fresca es, en la práctica, comer sus semillas junto con el jugo que las rodea”.
Las semillas no son un componente menor. Según León, llegan a representar entre el 10 % y el 15 % del peso total de la fruta. “Además, consumir la fruta completa, con pulpa y semilla, aporta más nutrientes que comer solo la pulpa —entre ellos magnesio, potasio, fósforo, fibra y vitamina C—, así que no hay razón para descartarlas”.
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Pero ojo al dato: consumir cantidades muy altas de granadilla (más de 15 unidades) “sí se ha relacionado con estreñimiento; sin embargo, no hay indicios de que las semillas, en porciones normales, representen un riesgo”, asegura.
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