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Día Internacional de la Mujer: “Defender el territorio es defender a las mujeres”

La opinión de una comunicadora social y periodista de la cultura indígena Misak, desde el departamento del Cauca.

Diana Jembuel Morales * / Especial para El Espectador

08 de marzo de 2026 - 09:00 a. m.
En el corazón del departamento del Cauca, en el Resguardo Indígena Misak de San Antonio, se percibe la importancia de la lengua y el pensamiento originario de esta cultura indígena. Encuentro presidido por Alba Lucía Tombe Tunubalá, mama misak.
Foto: Foto cortesía de Andersson Causaya
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En los discursos públicos se habla con fuerza de la “defensa del territorio”. Se levantan discursos emblemáticos, se invoca la memoria ancestral y se proclama el compromiso con la autonomía. Pero vale la pena preguntarnos con honestidad: ¿qué significa realmente defender el territorio cuando las mujeres que lo sostienen son vulneradas, perseguidas o atropelladas?

El territorio no es solo tierra. Es cuerpo, palabra, memoria y espiritualidad. Es el gran tejido de relaciones que une a las comunidades con su historia y con su futuro. Cuando una mujer es violentada física, psicológica, territorialmente o políticamente, no se trata de un conflicto aislado: se fractura el tejido que sostiene la vida colectiva. Se rompe la armonía que decimos proteger como pueblos indígenas.

La defensa del territorio comienza por reconocer que el cuerpo de la mujer también es territorio. Cuando se silencia su voz, cuando se desacredita su liderazgo, cuando se usa la autoridad para intimidar o perseguir, no estamos defendiendo nada: estamos debilitando nuestra propia raíz. No puede existir coherencia entre un discurso de autonomía y prácticas que reproducen violencia o exclusión.

El liderazgo de la mujer no es accesorio ni simbólico. Es esencial. Las mujeres sostienen procesos organizativos, transmiten la lengua y la memoria, orientan la formación de las nuevas generaciones y asumen responsabilidades políticas y comunitarias. Cuando su liderazgo es atacado, no solo se vulnera un derecho individual: se afecta la capacidad del pueblo para caminar con equilibrio y legitimidad.

Hablar de defensa territorial implica asumir una postura ética clara frente a cualquier forma de violencia. No basta con señalar amenazas externas si internamente se toleran prácticas que limitan la participación de las mujeres o que intentan desacreditar su palabra. La coherencia política exige revisar nuestras propias acciones y estructuras.

Defender los derechos de las mujeres cuando son vulneradas significa:

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  • Garantizar su seguridad física y emocional.
  • Reconocer y respaldar su liderazgo sin condicionamientos.
  • Asegurar espacios reales de participación y decisión.
  • Rechazar toda forma de violencia simbólica, política o institucional.
  • Promover la armonización y la justicia desde el respeto a la dignidad humana.

El verdadero liderazgo no se impone; se legitima en la ética y en el servicio. Y la ética comienza por proteger a quienes sostienen la vida comunitaria. No puede haber comunidad fuerte si el liderazgo femenino es debilitado.

La defensa del territorio, entonces, no es solo resistencia frente a amenazas externas. Es también la capacidad de mirarnos críticamente, de corregir rumbos y de sanar el tejido social cuando se ha dañado. Es entender que la pervivencia no depende únicamente de la tierra que habitamos, sino de las relaciones que cultivamos.

Proteger a las mujeres es proteger el futuro. Es afirmar que el territorio se defiende con coherencia, con dignidad y con respeto. Porque cuando una mujer líder es perseguida o atropellada, no pierde solo ella: pierde toda la comunidad. Y un pueblo que aspira a la autonomía debe empezar por garantizar, sin ambigüedades, la integridad y el liderazgo de sus mujeres.

* Diana Jembuel Morales: Mujer indígena del Pueblo Misak de Silvia, Cauca, y hablante de la lengua materna Namtrik. Trabaja por la defensa de los derechos de los pueblos indígenas en Colombia. Es Periodista, Comunicadora y magíster en Comunicación Política. Ha estado involucrada en procesos de liderazgo comunitario, educación intercultural, reivindicación de los territorios ancestrales y el fortalecimiento de las autonomías indígenas.

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Por Diana Jembuel Morales * / Especial para El Espectador

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