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¿Las mujeres trans tienen ventaja deportiva? Expertas analizan la nueva medida del COI

El Comité Olímpico Internacional (COI) anunció una política que limitará la participación de personas con identidades de género diversas en los deportes. Una decisión que llega con investigaciones cuestionadas y apunta a la discriminación de las personas trans en el deporte.

Luisa Lara

08 de abril de 2026 - 09:15 a. m.
La participación de atletas trans en los Juegos Olímpicos ha sido limitada, incluso frente a la visibilidad que ha adquirido en el debate deportivo internacional.
Foto: AFP - Agencia AFP
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El Comité Olímpico Internacional (COI) desempolvó una vieja política que había implementado por última vez en la década de los 90: exigirle a las deportistas de la categoría femenina un test para demostrar que en sus genes no hay cromosoma Y, al que se le atribuyen rasgos biológicos masculinos. Una decisión que entrará en vigor en los próximos Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 y que ha sido calificada como discriminatoria y polémica por diferentes organizaciones de derechos humanos y deportes alrededor del mundo.

Es así como todas las personas, incluidas las menores de edad, que quieran participar en la categoría femenina en el próximo encuentro deberán someterse a una prueba que se realiza una única vez en la vida y consiste en un PCR para detectar el gen SRY, a partir de muestras de saliva o sangre. Solo las atletas que obtengan un resultado negativo para el gen SRY podrán competir.

“La idea de la prueba es detectar si la persona tiene un gen que estaría involucrado en lo que se llama la “masculinización” de los procesos de diferenciación genital. Esta prueba, en términos técnicos, es fiable en el sentido de que nos dice si una persona tiene o no el gen SRY. Lo que no es fiable es que el gen SRY sea sinónimo de habilidad atlética”, explica Lu Ciccia, investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM en entrevista con El Espectador.

Con esta medida, el COI limitaría la participación de mujeres trans, personas intersex y atletas con variaciones de las características sexuales, también conocidas como DSD por sus siglas en inglés. Estas últimas, son variaciones poco frecuentes en las que los cromosomas, las hormonas o los órganos reproductivos no se ajustan a las definiciones rígidas de lo “masculino” y lo “femenino”. La única excepción aplica para atletas con síndrome de insensibilidad completa a los andrógenos (CAIS), una condición poco común que impide atravesar la pubertad masculina, así como para aquellas con otras variaciones del desarrollo sexual que, según el propio COI, no se benefician de los efectos de la testosterona en el desarrollo de la fuerza y la masa muscular ni en el rendimiento deportivo.

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La medida ha sido cuestionada por ser discriminatoria, pero también por sus implicaciones en el consentimiento. “Es problemático porque no pueden dar su consentimiento libremente. Se les exige que la realicen bajo condiciones coercitivas, ya que su participación en el deporte depende de ello. En algunos casos, como el de los atletas en Francia, se les pedirá que ignoren sus propias leyes nacionales, donde este tipo de pruebas genéticas son ilegales”, advierte en conversación con este diario Madeleine Pape, profesora titular de la Universidad de Lausana y atleta olímpica en 2008, quien además trabajó anteriormente con el COI en su Marco sobre equidad, inclusión y no discriminación por motivos de identidad de género y variaciones sexuales.

Sin embargo, el COI justificó que su decisión está apoyada en investigaciones científicas. En el comunicado, mencionó la creación de un grupo de trabajo para examinar los avances científicos, médicos y legales desde 2021, proceso que, lo llevó a concluir que “el sexo masculino ofrece una ventaja de rendimiento en todos los deportes y pruebas que dependen de la fuerza, la potencia y la resistencia”. Para ello, explicaron que consultaron una amplia variedad de expertos y realizaron una encuesta en línea a atletas que recibió más de 1.100 respuestas. “La mayoría coincidió en que la equidad y la seguridad en la categoría femenina requieren normas claras y basadas en la ciencia, y que proteger la categoría femenina es una prioridad compartida”, señaló.

Frente a esa supuesta ventaja, Madeleine Pape explica que el COI no ha hecho públicas las pruebas en las que se basó para desarrollar esta política. “Por lo tanto, no podemos evaluar de forma independiente las pruebas que sustentan esta nueva decisión. Ni siquiera sabemos quiénes participaron en los grupos asesores que, en última instancia, influyeron en ella”, dice.

Advierte que, aunque algunas normativas deportivas asumen que la mera presencia del gen SRY es suficiente para indicar rasgos fisiológicos potencialmente relevantes para el rendimiento deportivo, ningún estudio ha establecido que el gen SRY cause o se correlacione con diferencias en la capacidad atlética. Este desempeño depende de múltiples factores biológicos, sociales y ambientales. Es decir, la fisiología, el entrenamiento, la nutrición y las oportunidades.

“De hecho, Andrew Sinclair, el genetista que descubrió el gen SRY, afirmó en un artículo que este gen no debería utilizarse para clasificar el sexo de una persona ni para tomar decisiones sobre su capacidad atlética, ya que esto nunca se ha demostrado. Por lo tanto, carecemos de evidencia que respalde este enfoque político”, asegura Pape.

Esta nueva política tan controvertida es la misma que en 1996, el Comité suspendió tras varios falsos positivos y por el temor de que penalizara variaciones biológicas en mujeres. Una decisión que dio paso a implementar directrices más inclusivas, como permitir a las mujeres trans competir con niveles reducidos de testosterona y posteriormente, ante la falta de estudios que probaran la existencia de una ventaja, en 2021 se dejó en manos de cada federación (los organismos que regulan cada disciplina deportiva a nivel internacional y nacional) la definición de sus propios criterios de elegibilidad. Sin embargo, con este cambio de política, todas las federaciones deberán adoptar el mismo enfoque.

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Por su parte, Néstor Ordóñez Saavedra, presidente del Colegio Colombiano de Entrenamiento Deportivo y director de posgrados en ciencias del deporte de la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales, plantea que al estandarizar la norma, el COI les ahorró a las federaciones la carga de resolver individualmente el análisis sobre la supuesta ventaja de personas trans, intersexuales o mujeres cisgénero con presencia del cromosoma Y.

“Yo diría que el Comité Olímpico les hizo ese favor. Esta situación se debe resolver de manera interdisciplinaria con la participación de varios expertos y entender hasta dónde esto mejora el rendimiento deportivo o si hay una desventaja desleal. Aunque me parece que esto tenía que haberse analizado en ciertos deportes”, dice Ordóñez.

No obstante, en este punto se refuerza la idea de Madeleine Pape, quien advierte que la política del COI podría transgredir los marcos normativos de distintos países. Por ejemplo, en el caso colombiano, la Corte Constitucional falló a favor de una voleibolista antioqueña que fue excluida de una competencia deportiva por ser una mujer trans. En su decisión, el alto tribunal afirmó que no existe evidencia científica concluyente que demuestre que las atletas trans tengan una ventaja competitiva sobre las deportistas cisgénero, es decir, personas cuya identidad de género coincide con el sexo asignado al nacer.

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Además, instó a las ligas deportivas a “analizar las particularidades de cada situación para establecer una solución que responda al contexto específico de la deportista y valore, caso a caso, los argumentos de todas las partes involucradas”, según la sentencia. En ese sentido, el análisis individual de cada caso se establece como una obligación para las autoridades deportivas, con el propósito de prevenir la discriminación.

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Por otro lado, Ordoñez afirma que, pese a las críticas, la validez de estas pruebas es del 99%. Una cifra que Pape no discute, pero que matiza: en una competición de 600 atletas, ese 1% de margen de error equivale a unos seis resultados falsos, lo que podría traducirse en descalificaciones injustas y graves consecuencias personales.

Justamente frente a estas pruebas, Andrea Florence, directora ejecutiva de la alianza mundial Sport & Rights Alliance, encuentra una preocupación en la falta de garantías de privacidad para las deportistas que obtengan resultados positivos. “La nueva política expone a mujeres y niñas a graves violaciones de la privacidad, humillación pública y amenazas sumamente peligrosas para su salud física y mental. La historia nos ha demostrado que las investigaciones suelen implicar exámenes médicos forzados, la divulgación de información médica íntima y el escrutinio mediático, lo que puede perjudicar permanentemente a mujeres y niñas, especialmente a aquellas con variaciones intersexuales”, dice a este diario.

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Esta es la decisión de mayor alcance desde que Kirsty Coventry asumió la presidencia del COI el año pasado, cuando se convirtió en la primera mujer, la primera persona africana y la más joven en ocupar el cargo. Desde antes de su elección, ya había mencionado su intención de revisar la postura del COI sobre la categoría femenina. En febrero de 2025, durante un discurso ante el Comité Olímpico Europeo, Coventry afirmó: “Es evidente que las mujeres trans tienen una ventaja y pueden quitar oportunidades a otras atletas”.

Kirsty Coventry es una exnadadora y política zimbabuense. Actualmente es presidenta del Comité Olímpico Internacional.
Foto: EFE - CYRIL ZINGARO

“Lo que veo es una presidenta que persigue su propia agenda en lugar de una agenda política basada en la ciencia. Y lo está haciendo de maneras que resultarán atractivas para actores y grupos conservadores, incluido Donald Trump, quien ya había emitido una orden ejecutiva indicando que Estados Unidos intentaría forzar un cambio en la política del COI”, añade Pape.

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A esto añade una crítica más: la afirmación del COI de que la política se implementará sin perjudicar a las atletas, ofreciéndoles apoyo psicológico y asesoramiento. La investigadora considera que garantizar eso en más de 200 países y en los más de 40 deportes del movimiento olímpico es prácticamente “imposible”, pues dicho comité no tiene la capacidad para controlar cómo se aplicará la norma en la práctica.

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Riesgos que, según su análisis, afectarían en mayor proporción a mujeres y niñas del Sur Global. “Es mucho menos probable que las mujeres y las niñas de esta región tengan acceso a asesoramiento legal y médico independiente. En los últimos años, hemos visto que, en gran medida, han sido las mujeres y las niñas del Sur Global quienes más han sufrido las consecuencias de las normas de elegibilidad y quienes se han visto obligadas a someterse a procedimientos muy invasivos para recuperar su elegibilidad en la categoría femenina”, advierte Pape.

Frente al acceso al deporte y la no discriminación, ILGA Mundo, una federación mundial que trabaja en pro de los derechos de las personas LGBTIQ+, advirtió que prohibir la participación de atletas trans e intersex en nombre de la “equidad” ignora que esta población ya enfrenta barreras desproporcionadas en el deporte, como el acceso limitado, el acoso y la violencia. Además, señalan que “no hay pruebas de que controlar los cuerpos de las mujeres y las niñas mejore la equidad; por el contrario, desvía la atención de problemas reales como la financiación desigual, el acceso al entrenamiento, las disparidades salariales y la violencia de género en el deporte”, mencionaron en su comunicado de prensa.

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¿Cuántas personas trans han competido en los Juegos Olímpicos y qué dicen los datos sobre su rendimiento?

Alrededor de la participación de personas trans en el deporte existe bastante especulación, pero cuando se revisa el historial olímpico, la realidad es menos alarmista. La presencia de atletas con identidades de género diversas ha sido limitada y, en su mayoría, han sido hombres trans y personas no binarias quienes han llegado a competir, sin obtener resultados destacados. En el caso específico de las mujeres trans, quienes son el foco de la nueva medida, los ejemplos son aún más reducidos.

Uno de los casos más conocidos es el de Laurel Hubbard, levantadora de pesas neozelandesa, quien compitió en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (realizados en 2021). Se convirtió en la primera mujer trans en participar en unas Olimpiadas. Sin embargo, fue descalificada tras fallar sus intentos en la modalidad de arranque en la categoría de 87 kg. Más recientemente, en los Juegos Olímpicos de París 2024, también participó Raven Saunders, quien clasificó a la final de lanzamiento de peso y finalizó en la undécima posición.

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En ese contexto, los casos documentados son escasos y no evidencian patrones de dominio ni ventajas sistemáticas en el alto rendimiento, según expertas. La participación de atletas trans en los Juegos Olímpicos ha sido limitada, incluso frente a la visibilidad que ha adquirido en el debate deportivo internacional. Por eso, distintas organizaciones y especialistas han advertido que decisiones basadas en criterios amplios pueden traducirse en barreras desproporcionadas para las mujeres trans y mujeres cisgénero, limitando su acceso al deporte y profundizando la discriminación.

Por Luisa Lara

Comunicadora social con énfasis en periodismo. Tiene estudios de género y diversidad en el Knight Center for Journalism. Interesada en contar historias con una perspectiva interseccional y feminista.
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