“Yo siempre he sido terca y esa terquedad me ha llevado por todas partes”, son las palabras con las que Magdalena se define. En su historia, esa terquedad no tiene necesariamente una connotación negativa, pues la ha llevado a hacerse preguntas, a construir su identidad, a explorar sus raíces y a cuestionar un sistema social que no siempre es amable con las personas trans y racializadas. Esa búsqueda atraviesa cada una de sus canciones, música que ella ha decidido nombrar “bullerengue afrotravesti”.
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Magdalena Moreno, conocida artísticamente como “La Morena del Chicamocha”, es cantautora de bullerengue, mujer trans, afro y santandereana. Es oriunda de Girón, municipio en el que vivió casi la mitad de su vida. Allí creció “rodeada de discursos racistas, machistas y excluyentes desde muy temprana edad”, dice a El Espectador. Se crió en un entorno en el que la violencia hacia sus rasgos, su identidad y su forma de entender el territorio estaba normalizada, “por no encajar en lo que se espera”.
De esa reflexión nace su nombre artístico. En el imaginario social está la idea errónea de que las personas afro no hacen parte de los Andes colombianos. ”Se cree que en el interior del país solo habita gente blanca, mestiza, y ya, pare de contar; se cree que no existimos personas de otras descendencias o de otros orígenes”, afirma. “Nunca nos han nombrado y nunca se sabe quiénes somos. ¿Dónde está el aporte que hizo toda la gente negra?”, se pregunta. Su nombre es, entonces, una apuesta por contradecir “todo ese discurso hegemónico que tiene la región de Santander”, en diálogo con el paisaje más popular del departamento: el cañón del Chicamocha.
Su bullerengue es una forma de visibilizar el racismo, pero también de “detener la folklorización y la fetichización de las músicas tradicionales de la gente negra, indígena y de los territorios campesinos, porque nos han enseñado a caricaturizarlas y a blanquearlas”, recalca. Por eso, prefiere denominarse cantautora de músicas tradicionales del Caribe colombiano y de bailes cantados: “yo no llamo folclor a lo que hacemos”.
Sin embargo, su apuesta política y artística abarca más reivindicaciones. Vivir con una identidad de género diversa en un contexto atravesado por la violencia armada la obligó a mirar otros horizontes de lucha más allá de su pertenencia étnica. “Crecí en un barrio periférico de Girón, rodeada de situaciones del conflicto armado, de paramilitares y de otros grupos que delinquían. Hacían ‘limpieza social’ y las primeras que mataban eran a las travestis y a las maricas”, recuerda. Creció escuchando que su identidad era señalada como incorrecta y que habitarla podía poner en riesgo su vida.
En parte, esta discriminación la llevó a migrar del territorio, un proceso que coincidió con la búsqueda de sus raíces. A los 17 años se fue de su casa e inició un recorrido por todo el río Magdalena, de donde surge también su nombre. “Por todos los pueblos donde se hacía tambora y así, poco a poco, llegué al bullerengue. Yo lo llamo una ruta ancestral”. No sabe cómo terminó ahí, pero lo sintió como un llamado del tambor. Le gustó desde los 13 años, aunque en su familia no se reconocían las raíces afro. Recuerda, sin embargo, que su mamá le cantaba bullerengues en las noches para dormir.
“No fue un hobby, era vivir siendo ese cuerpo racializado, afro, del interior del país, pero en otro contexto. Vivir estas músicas no era algo externo a mí, era algo que pasaba por mi cuerpo”, menciona. En su recorrido visitó el Urabá antioqueño, Córdoba, Sucre y San Basilio de Palenque, donde vivió cerca de tres años y conoció historias de personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas, muchas de ellas atravesadas por experiencias similares: “la pobreza, la miseria, la exclusión y la desigualdad”. Ese camino la impulsó a narrar esas realidades a través del bullerengue, en este caso para narrarse a sí misma como mujer trans y negra. Antes, solo se atrevía a modificar fragmentos de letras de canciones ya conocidas.
Desde allí construye una posición ética y política frente a la narración: contar solo aquello que le pertenece. Rechaza la idea de asumir identidades ajenas o relatos que no atraviesan su experiencia y afirma su lugar de enunciación desde Santander, desde su cuerpo y su historia. “Yo no voy a andar fingiendo aquí que yo soy costeña, que soy palenquera”, comenta, al explicar por qué su forma de narrar parte del territorio que la formó y de los aprendizajes heredados, que reconoce como un ejercicio de cimarronaje y de lucha transmitido por las ancestras negras que resistieron desde los palenques y el Caribe.
La canción que visibiliza la resistencia de las mujeres trans en Colombia
“No se rinde quien por todo ha tenido que luchar, es por eso que mi lucha es con mis hermanas trans”, dice una de las estrofas de su canción “Árbol en pie”, cuyo videoclip se estrenó hace algunas semanas junto a la Red Comunitaria Trans. La pieza envía un mensaje directo sobre las violencias que enfrentan las mujeres trans en Colombia y combina el bullerengue sentado, una de las formas tradicionales del género, caracterizada por un tempo más lento y vinculada a espacios de transmisión de saberes y resistencia, con la chalupa, más rápida y festiva. Otra de las decisiones no comunes que tiene una intención detrás.
La letra de la canción dialoga con la simbología del video, que da cuenta del camino de reflexión y de las vivencias que Magdalena ha llevado consigo. Habla del trabajo sexual en el barrio Santafé, entrelaza los bailes tradicionales con el ballroom, surgido en la cultura queer, y una de las referencias más potentes es la imagen de los árboles, que siempre mueren de pie. “Veía eso con las compañeras. La gran mayoría morían de pie: las mataban en sus casas, cuando estaban fuertes, cuando estaban intentando cambiar las cosas, cuando estaban luchando en los espacios; las mataron luchando por sobrevivir y por estar ahí”, dice.
Una realidad que no cambia con el tiempo. Ocurre en las ciudades principales y también en las zonas rurales. Según el Observatorio de Personas Trans Asesinadas (TMM), de TGEU, en 2025 Colombia se ubicó entre los países con mayores registros de violencias contra personas con experiencia de vida trans en América Latina y el Caribe.
A Magdalena no le gusta posicionarse desde el victimismo, sino desde la reivindicación. Otra de las lecciones que le dejó su camino autodidacta por el bullerengue, fue una frase reconocida de la cantautora afrocolombiana Petrona Martínez, “las penas alegres”. Para ella, estas palabras recalcan que si bien hay lugar para el luto y la tristeza, decide contrarrestar los discursos que enmarcan a las personas trans. “No nos van a sacar fácilmente, no nos van a arrebatar la alegría, que vean que igual estamos haciendo fiesta”, concluye.
Hoy, el bullerengue que interpreta Magdalena circula entre escenarios, comunidades y redes sin perder la marca de su recorrido. Sus canciones no buscan traducir una experiencia para hacerla digerible, sino sostenerla en su complejidad. En un país donde las violencias contra las personas trans siguen siendo una constante, su apuesta artística se afirma en el hacer: cantar, bailar y permanecer, incluso cuando el contexto insiste en lo contrario.
En el bullerengue que compone, canta y baila, Magdalena no busca representar a nadie más que a sí misma. Circula entre escenarios, comunidades y redes sin perder la marca de su recorrido. Sus canciones no buscan traducir una experiencia para hacerla digerible, sino sostenerla en su complejidad. En un país donde las violencias contra las personas trans siguen siendo una constante, su apuesta artística se afirma en el hacer: cantar, bailar y permanecer, incluso cuando el contexto insiste en lo contrario.
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