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De tejedoras a tomadoras de decisiones: la casa de cuidado que cambió el resguardo Jimaín

En el resguardo indígena Jimaín, en la Sierra Nevada de Santa Marta, abrió sus puertas la primera Casa de Cuidado Ancestral Arhuaca. Un espacio liderado por mujeres de la comunidad que llegó para redistribuir el trabajo de cuidado que históricamente ha recaído sobre ellas.

Luisa Lara

30 de mayo de 2026 - 04:00 p. m.
Foto: Eder Rodríguez
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Las mujeres arhuacas tienen un rol fundamental en sus comunidades, pues según su cosmovisión son ellas quienes garantizan la existencia de la vida y de todos los elementos de la naturaleza. Transmiten los saberes espirituales, enseñan a respetar las leyes que rigen a la comunidad, cuidan a los niños y las niñas, y con sus manos tejen, literalmente, buena parte de la economía familiar. Pero, históricamente, ser las encargadas de sostener tantos aspectos de la vida comunitaria les ha dejado poco tiempo y espacio para ellas mismas.

¿Cuántas horas cree que dedican a las labores de cuidado? Aseo, alimentación del hogar y atención de niños, niñas y personas mayores son solo algunas de las tareas que hacen parte de ese trabajo. Ese tiempo no es igual para todas las personas y cambia dependiendo del género, el nivel socioeconómico, la etnia y el territorio donde se vive. Por ejemplo, en Colombia, las mujeres indígenas rurales dedican 9 horas y 46 minutos diarios al trabajo de cuidados, según cifras del DANE. Y cuando ese dato se compara con el tiempo que dedican los hombres indígenas a las mismas labores, se encuentra que ellas trabajan 6 horas y 31 minutos más.

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Sin ponerle números a esa desigualdad y guiadas únicamente por sus propias experiencias, algunas mujeres arhuacas del resguardo indígena Jimaín, en la Sierra Nevada de Santa Marta, empezaron a notar cargas que en ese entonces todavía no llamaban “cuidados”. Edith Guardo Izquierdo, una de las lideresas de este pueblo, cuenta que hace más de 10 años ya se estaban cuestionando cosas como por qué siempre estaban corriendo entre labores domésticas. “Una mujer, desde que se levanta, está cuidando. Mientras prende el fogón y prepara la leña, está pendiente de sus hijos, de alimentar a los animales, de servir el desayuno y luego de organizar el almuerzo. Cuando los niños regresan del colegio, sigue acompañándolos. Es un rol que siento mucho más exigente para las mujeres que para los hombres”, cuenta en conversación con El Espectador.

Las mujeres del resguardo indígena Jimaín llevaban años hablando de una misma necesidad: tener más tiempo.
Foto: John Alexis de Arco

Con el tiempo entendieron que aquello que estaban cuestionando eran labores de cuidado no remuneradas. Sin embargo, para ellas esta tarea iba mucho más allá de las definiciones de la academia o los estudios de género. Su forma de cuidar es colectiva, atravesada por lo ancestral y las tradiciones, e incluye también el territorio, el medioambiente y los animales. “No solamente cuidamos de nosotros como personas, cuidamos de cada cerro, de cada montaña como representación de nuestros ancestros, abuelos que estuvieron defendiendo el territorio. Para nosotros, los pueblos indígenas, un pueblo sin territorio no es nada”, explica Yoraima Cristina Navarro Izquierdo, lideresa arhuaca y vicepresidenta de la organización Josa Constructoras de Paz, en entrevista con este diario.

Y a la falta de tiempo se sumaba el desafío de construir autonomía económica. Según recuerda Guardo, cada vez les hacía menos sentido que “fuese el hombre el que buscara el sustento”, sino que ellas también querían aportar económicamente a la comunidad. El tejido era una de esas salidas. La lideresa recuerda que, al terminar sus labores de cuidado, llegaba a la medianoche a tejer con poca luz y los ojos cansados, para luego vender las mochilas a precios que no le parecían justos, mientras las grandes boutiques comercializaban los mismos productos mucho más caros.

Fue Yoraima quien leyó ese liderazgo emergente y decidió actuar. En 2020 creó un espacio para hablar de las mujeres tejedoras y del valor de su trabajo que, según ella, es tan importante como el del café, el cacao o la caña de azúcar, aunque históricamente ha recibido menos reconocimiento. Bajo esa idea fundó la organización Josa Constructoras de Paz, y forjó alianzas para que las mochilas se vendieran a precios justos y las tejedoras tuvieran ingresos propios.

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Ese trabajo que venían construyendo fue conocido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que llegó a aportar un marco para nombrar lo que ellas ya sabían. Es decir, necesitaban mayor independencia económica y redistribuir la carga del cuidado, una carga que les impedía trabajar, estudiar o simplemente ir al médico, porque muchas veces no tenían con quién dejar a sus hijos e hijas. Ese sueño tomó la forma de una Casa de Cuidado Ancestral.

Convencer a los líderes espirituales, conocidos como mamos, y a las autoridades indígenas no fue inmediato. Históricamente, el cuidado había sido enseñado como una “responsabilidad femenina” incuestionable, y transformar esa idea tomó tiempo. Pero cuando entendieron que este espacio también fortalecía al territorio porque permitiría la transmisión cultural, la conversación cambió. El 17 de mayo, ese sueño se hizo tangible con la apertura de la primera Casa de Cuidado Ancestral Arhuaca. “Logramos articular bien con las autoridades tradicionales y ellos cedieron media hectárea para este proceso. Es la primera casa ancestral construida en toda la Sierra Nevada de Santa Marta”, aclara Navarro.

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La organización reúne a tejedoras de las comunidades de Gun Aruwun, Sogrome, Ikarwa, Jimaín, Karwa y Simonorwa.
Foto: John Alexis de Arco

Ahora, mientras las mujeres tejen, trabajan en el campo, estudian o se desplazan a la ciudad, sus hijos e hijas de entre 0 y 7 años pueden estar en ese lugar, recibiendo alimentación complementaria, aprendiendo su lengua materna y los saberes ancestrales. “Todos los niños se reúnen ahí y ellas se rotan el cuidado. Ya no es en cada maloca, sino que ya hay un espacio comunitario para el cuidado. Y bueno, ha sido muy interesante porque ahora nos han pedido otro centro para personas mayores del resguardo, no para cuidarlas, porque esa no es la visión de los pueblos indígenas, sino para que ahí ellos puedan hacer transmisión intergeneracional de conocimiento”, menciona Natalia Moreno Salamanca, directora de cuidado del Ministerio de Igualdad y Equidad en conversación con este diario.

La directora explica que la medida hace parte de la Política Nacional de Cuidado, establecida mediante el CONPES 4143, para dignificar la labor de las personas cuidadoras y ampliar la oferta de servicios locales en el país. Esta casa fue implementada por la OIT en coordinación con el Ministerio de Igualdad y Equidad y el Gobierno de Suecia. En ese proceso la Asociación Josa Constructoras de Paz fue seleccionada entre diez propuestas piloto para recibir fortalecimiento bajo el modelo de economía social y solidaria. Un proceso que hoy le permite a 250 mujeres tejedoras arhuacas tener tiempo para ellas y fortalecer su autonomía económica a través de este espacio de cuidado colectivo.

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Con esta apertura, la Sierra Nevada se consolida como la segunda experiencia de este tipo en el país. La primera fue la Casa de Partería en Quibdó, que benefició a más de 200 mujeres.

Según la experta, estos proyectos han permitido entender que Colombia necesita otras formas de pensar el cuidado. “Los sistemas y políticas de cuidado han estado muy inspirados en la economía feminista, en cómo es un trabajo que debe ser redistribuido para liberar tiempo de las mujeres y que se vinculen a la economía. Pero nosotros fuimos muy honestos, por ejemplo con Naciones Unidas, que promueve mucho esta agenda desde las tres erres: reconocer, redistribuir y reducir. Y esas tres erres tradicionales no necesariamente permitían entender la realidad de los pueblos indígenas”, añade Moreno.

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De hecho, a partir de la experiencia cotidiana de esta comunidad, identificaron que en su caso hacen falta por lo menos nueve ejes de cuidado, entre ellos la soberanía alimentaria y las dimensiones emocionales y espirituales provenientes de las prácticas ancestrales. Algo que, según la directora, lleva a plantear la pregunta de “¿Cómo se entiende el cuidado en Colombia versus la línea más internacional? Hoy somos un ejemplo a nivel internacional por justamente reconocer estos cuidados colectivos y comunitarios”, concluye Moreno.

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Por Luisa Lara

Comunicadora social con énfasis en periodismo. Tiene estudios de género y diversidad en el Knight Center for Journalism. Interesada en contar historias con una perspectiva interseccional y feminista.
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