En el París de los años sesenta, algunas mujeres negras que no alisaban su cabello todavía ocultaban sus trenzas bajo un pañuelo. En ese contexto irrumpió Josépha Jouffret, pionera de la belleza negra en Francia, quien desde una pequeña peluquería, promovió que sus clientas afro llevarán su cabello natural sin diluirse en los cánones blancos y europeos. Décadas después, la historia de ese salón inspiró una exposición fotográfica que hoy llega a Bogotá.
Se trata de “Cariño, ¿qué peinado?”, nacida de retratos y conversaciones en peluquerías afro de París y atravesada por la historia de Josépha Jouffret. La muestra se detiene en el cabello como una forma de memoria e identidad.
La obra es de Phalonne Pierre Louis, artista visual, fotógrafa y cineasta haitiana radicada en Montreal. Su trayectoria comenzó en la fotografía documental en Haití y, con los años, se ha extendido a proyectos sobre migración, memoria y cuerpo. También es fundadora de TOKAY, una organización que acompaña a artistas migrantes y población LGBTIQ+ en Canadá.
La muestra hace parte de la programación del 25.º Festival de Cine Francés y puede visitarse en la sede Centro de la Alianza Francesa de Bogotá, en la carrera 3 # 18-45, hasta el 30 de octubre. En conversación con El Espectador, Pierre habla sobre la historia que dio origen a la exposición, su trabajo con mujeres y su propia experiencia como artista negra y refugiada.
El cabello afro ha estado históricamente atravesado por cánones de belleza hegemónicos y por distintas formas de discriminación. ¿Qué significa para usted ponerlo en el centro de una obra y convertirlo en una imagen que merece ser mirada?
Históricamente, el cabello afro ha estado sujeto a muchas cosas. Si nos remontamos a la época de la esclavitud, a las personas esclavizadas les rasuraban el cabello, porque este representaba muchas cosas. A través del cabello se podía, por ejemplo, determinar el estado civil de una persona, su estatus social y el grupo al que pertenecía.
Entonces quisieron despojar a esas personas reducidas a la esclavitud precisamente de eso, de su cabello, de su belleza negra. Y hoy volver sobre esta historia, para mí, es un acto político, en el sentido de que me reapropio de algo que durante demasiado tiempo fue relegado.
Creo que esta generación, o la nueva generación, necesita conocer su historia y necesita verse representada. Entonces llevar este proyecto a galerías en Colombia o en otros países, porque va a circular un poco por todas partes, es también un acto político, en el sentido de que vamos a habitar un espacio del que durante mucho tiempo se nos privó.
¿Usted, como mujer afro, se sintió interpelada para crear este espacio artístico? ¿Por qué?
Creo que para mí no hay, o no debería haber, una diferencia entre la artista y la persona. Yo, como Phalonne, tengo una manera de vivir, y esa manera de vivir es asumir plenamente mi identidad africana. Es asumir todo lo que implica ser una mujer negra. Eso implica aceptar la historia de la esclavitud, el pasado colonial y también todos los cambios que todavía deben darse en la sociedad contemporánea.
Entonces, como artista, no fue demasiado difícil trabajar o proponer este proyecto, porque creo que, incluso si no fuera artista, seguiría siendo esa mujer que afirma claramente su identidad cultural, su identidad afro.
Quise proponer este proyecto porque creo que nunca debemos cansarnos de contar nuestra historia, porque también forma parte del patrimonio. Para hablar de patrimonio tiene que existir una narración, tiene que haber una transmisión de conocimientos. Y, tomando como referencia lo que Josepha hizo en 1975, quise inscribirme en ese mismo camino para asegurar una continuidad: que no solamente la historia de Josepha pueda seguir existiendo, sino también la historia de la comunidad negra, y que pueda seguir siendo valorada.
Además de esta exposición, ha trabajado en otros proyectos alrededor del cuerpo y de las experiencias de las mujeres, como el de los baños vaginales a vapor y las parteras. ¿Qué interés tienen estos trabajos?
Me interesa mucho la noción del cuerpo en mis proyectos: el cuerpo cicatrizado, el cuerpo erotizado y, precisamente, el cuerpo de las mujeres. Además, los dos son proyectos hechos por mujeres, con mujeres y para mujeres. Creo que esos son los puntos de similitud que existen entre ambos.
Por otro lado, el proyecto sobre baños vaginales de vapor lo inicié en 2018, después de una visita que hice a una ciudad de provincia en Haití. Fue allí donde conocí a una joven de 17 años que acababa de dar a luz y que no podía caminar porque se había quemado gravemente después de tomar un baño vaginal de vapor. Yo no conocía esa práctica. Cuando regresé a Puerto Príncipe, hablé con mi madre y fue ahí cuando descubrí que ella también lo había hecho, al igual que mis tías y mi abuela. Es toda una genealogía de mujeres que han tomado ese baño vaginal de vapor. La razón por la que no es algo tan divulgado en Haití es porque es como levantarte una mañana y cepillarte los dientes. Es algo natural: das a luz y tomas tu baño vaginal a vapor.
Esta es una práctica ancestral en la que se le pide a la mujer que acaba de dar a luz que se siente sobre un recipiente lleno de agua caliente y plantas medicinales. Permanece sentada allí durante unos treinta minutos y la práctica se repite durante un mes. Por eso decidí documentar esta práctica, porque hasta hoy, si buscas en Google, no hay información ni trabajos científicos que se hayan hecho sobre todo esto. Mientras tanto, hay mujeres que mueren por eso o que tienen infecciones vaginales por eso. Los médicos y científicos prohíben hacerlo porque no tiene ningún beneficio para la flora vaginal.
Y lo que también me impactó mucho es que es como si las mujeres no tuvieran la posibilidad de elegir no tomar el baño de vapor. Yo entrevisté a maridos y me decían claramente: “Bueno, si mi esposa no toma el baño vaginal de vapor, voy a buscar en otro lado”. Porque tienen ese mito de que, cuando das a luz, tu vagina va a quedar, digamos, ensanchada. Entonces, para ellos, el baño vaginal de vapor permite volver a fortalecer y esterilizar la vagina.
En varias de sus obras aparecen prácticas e historias vinculadas con la cultura afro. ¿Cómo llegan esas herencias a su trabajo?
Creo que cuando me comprometo con un proyecto no pienso necesariamente primero en cómo va a ser percibido por mi comunidad. Simplemente el tema me interpela y me lanzo. Son temas que me hablan mucho y que generalmente toman tiempo, así que, si no me hablan de verdad, no voy a dedicarles mi tiempo.
Por ejemplo, con el proyecto del baño vaginal de vapor, según mis investigaciones, entendí que se trata de una herencia colonial y que también se practicaba durante el periodo de la esclavitud. Yo no empecé preguntándome si iba a hablar de cultura afro o no. Me interesé por el tema y, en el camino, fui aprendiendo cosas que estaban relacionadas con esa cultura. Con el cabello afro es más evidente, porque no se puede hablar de él sin hablar de africanidad, de esclavitud y de personas que fueron deshumanizadas.
Con mis otros proyectos pasa un poco lo mismo. Me comprometo con un tema y después voy descubriendo documentos, archivos e historias que terminan conectándolo con esas herencias. Por ejemplo, acabo de publicar un libro sobre la película La vie est belle. Yo soy haitiana, no soy congoleña, pero cuando descubrí esa película en 2024 me tocó mucho.
Ahora vivo como persona refugiada en Canadá y no puedo volver a Haití. El Haití que dejé en 2023 ya no es el mismo. Al ver esa película era como volver a descubrir Puerto Príncipe, como imaginarme otra vez en sus calles. Y para mí eso también forma parte de la cultura afro.
Hablemos un poco más de su historia de vida. Usted se presenta como una creadora interesada en la memoria, la identidad, la migración y las miradas decoloniales. ¿De dónde vienen esos intereses y qué la llevó a entrar al mundo artístico?
Estudié fotografía en 2016, y ahí comenzó mi trayectoria artística. Después hice talleres en Francia y en Estados Unidos. En Haití no existe realmente una escuela dedicada a la fotografía ni una carrera universitaria específica, así que estudié en el Centre d’Art y luego busqué por mi cuenta otras formaciones para perfeccionar mi práctica.
Cuando empecé no había muchas mujeres en la fotografía. Era una profesión muy dominada por los hombres y, para mí, era importante formarme y volverme indispensable en lo que hacía. Siempre pensé que, en algún momento, tendría que establecerme en otro país para poder concretar mis sueños como fotógrafa y artista.
Dejé Haití, ante todo, por razones profesionales. La inseguridad existía y mis últimos años allí tampoco fueron fáciles —yo ya había sufrido un secuestro en 2008—, pero cuando me fui la situación no era tan grave como lo es hoy. Necesitaba encontrar una manera de existir como artista y como profesional.
Cuando llegué a Canadá en 2023, mi objetivo era integrarme a la escena cultural y artística de Montreal. Intenté hacer existir allí los proyectos que ya había desarrollado en Haití, seguí formándome y actualmente hago una maestría en Artes Visuales en la UQAM. También puse en marcha un festival de fotografía en Montreal y he buscado otras oportunidades, como la del Instituto Francés de París, que me permitió desarrollar este proyecto sobre Josepha.
Usted lidera TOKAY, una organización que busca abrir espacio a artistas migrantes, exiliados, refugiados, personas LGBTIQ+ y creadores de comunidades diversas. ¿Qué carencias encontró en la escena artística para sentir que hacía falta una iniciativa como esta?
Yo siempre había querido crear un festival de fotografía en Haití, pero no pude hacerlo porque estaba involucrada en otros proyectos. Cuando llegué a Montreal sí pude hacer exposiciones, pero fue extremadamente difícil. Montreal es una ciudad cosmopolita, pero integrarse a su mercado cultural y artístico es un rompecabezas. En mi caso, soy mujer, mujer negra, persona refugiada y acababa de llegar. Es como si cumpliera con todas las condiciones para no encontrar un espacio donde exponer mi trabajo. Conocí a otras personas que estaban en la misma situación y me dije: ese proyecto que quería hacer en Haití lo voy a poner en marcha en Montreal.
Así fundé TOKAY. En creole haitiano, Tokay significa amistad, fraternidad y solidaridad, y al mismo tiempo es un homenaje a mi abuela, que tenía ese apodo. Ella dejó Haití cuando mi madre tenía 11 años y pasó casi toda su vida en París. No sabía leer ni escribir y no pudo integrarse completamente en Francia. Después de su muerte, en 2022, cuando fui a vaciar su apartamento para repatriarla a Haití, entendí mucho mejor todo el sacrificio que había implicado para ella ser inmigrante. Por eso sentí que su historia y lo que significa Tokay resonaban con la misión de la asociación.
Lo que hacemos es acompañar a artistas que todavía no encuentran vitrinas, galerías o museos donde exponer su trabajo porque hay una cantidad enorme de requisitos que no siempre pueden cumplir. Incluso para postularse a ciertas convocatorias o exposiciones hay que tener ciudadanía o residencia permanente, y ese proceso puede tomar entre cinco y diez años. Pedirle a un artista que espere todo ese tiempo para poder presentarse a una convocatoria en la que ni siquiera sabe si va a ser aceptado no es posible.
Y ahí también hay una contradicción cuando se habla de artistas “emergentes”. En algunas convocatorias yo puedo ser considerada una artista emergente y en otras, una artista de media carrera. Tengo 33 años. Si tengo que esperar diez años para poder acceder a ciertas oportunidades, tendré 43. ¿A esa edad, después de tantos años de trayectoria, todavía se puede hablar de “emergencia” en mi caso?
*La entrevista se realizó en francés y fue transcrita con apoyo de inteligencia artificial.
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