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Natalia Montealegre llegó a la barra brava Fortaleza Leoparda Sur cuando tenía 13 años. Allí aprendió a hacerle aguante al Atlético Bucaramanga. Una década después, quiso que Las Arrogantes, el grupo de mujeres que había ayudado a organizar, dejara de ocupar un lugar informal dentro de la barra. El aval dependía del Comité de Líderes y les permitiría acceder a las finanzas del grupo, tener voz y voto en las decisiones y, por fin, colgar su propia bandera en el estadio. La respuesta no solo fue negativa. Natalia terminó vetada del espacio, en medio de tensiones relacionadas con ese proceso organizativo de mujeres. Desde entonces, hace parte de La Gran Familia, una disidencia conformada por quienes, debido a diferencias políticas, habían quedado al margen del grupo principal.
Fue esa “determinación por existir”, como la llama Diana Ojeda, la que terminó por convencer a la cineasta santandereana de que allí había una historia. No solo porque le permitía mostrar una cara poco contada de las mujeres dentro de estos espacios masculinizados, sino porque ese caso le resonaba. Ojeda había atravesado dinámicas violentas y excluyentes dentro del cine, hasta el punto de preguntarse si valía la pena continuar. Por eso, en aquellas barristas que se negaban a abandonar el lugar que habían construido alrededor del fútbol, encontró una oportunidad para hablar de lo que ocurre cuando las mujeres se empeñan en permanecer en espacios que intentan expulsarlas.
De esa historia nació Las Bravas, una película documental rodada en Bucaramanga que sigue a Natalia, Nani, Nataly y Karen, integrantes del primer grupo de mujeres organizado dentro de la barra brava del Atlético Bucaramanga. La película acompaña su intento por ser reconocidas oficialmente y cómo las normas no escritas del patriarcado no se lo permiten. Impulsadas por la determinación de Natalia, deciden disputar ese lugar, pero abrirse paso en un escenario hostil tiene consecuencias que se reflejan en violencias basadas en género. Mientras el grupo enfrenta el acoso y la violencia en las calles, la protagonista atraviesa una batalla más silenciosa en los tribunales de familia, donde su militancia política y social afecta la custodia de su hija.
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En entrevista con El Espectador, Diana Ojeda, directora y una de las productoras, habló sobre el filme, la relación entre el feminismo y la fanaticada, y la manera en que la cinta reivindica esa fama de “bravas” que acompaña a las santandereanas, pero esta vez convertida en una expresión de “bravura” frente al machismo. La producción, distribuida por DOC:CO, también estuvo a cargo de Ibeth Rey, Mariana Vega, Katherin Durán y Mila Bahamón.
¿Con qué historia se van a encontrar las personas que decidan ir a ver Las Bravas?
Las Bravas es la historia de un grupo de mujeres que se disputan el derecho a existir en un espacio profundamente masculinizado. Y aunque es una película de barras bravas, en realidad nos cuenta cómo opera el patriarcado en la vida cotidiana de estas mujeres y cómo ellas responden, construyendo formas de resistencia colectiva para reclamar ese lugar. Es una historia que nos habla sobre pertenencia, libertad, sororidad y de cómo, en la alianza, las mujeres encontramos esa fuerza para enfrentar las violencias que el patriarcado ejerce sobre nosotras.
Usted menciona el machismo que enfrentan las protagonistas y, en general, las mujeres que pertenecen a las barras. ¿A qué violencias particulares están expuestas?
Algo interesante de esta película es la violencia simbólica sobre las mujeres que tienen una iniciativa de organización de género en la barra brava, en la del Atlético Bucaramanga. Yo investigué y entrevisté a mujeres de barras bravas de distintos equipos, como Millonarios y América; fueron varias y sus historias coincidían en un viaje muy similar. Entonces, la forma en la que opera el patriarcado en la barra brava tiene unos códigos muy específicos, como la violencia simbólica de no permitirles tener una bandera donde ellas pinten el nombre de su parche para poder colgarla en los estadios donde alientan a su equipo.
También está la justicia espacial, es decir, ¿a quién le pertenecen ciertos espacios? Nos han hecho pensar que el fútbol y la barra, que es parte de ese universo, pertenecen exclusivamente a los hombres y que las mujeres van a acompañar a los hombres a ver los partidos. Hay países en los que ni siquiera se permite a las mujeres entrar al estadio, como Afganistán, y se tienen que hacer pasar por hombres para poder ver jugar fútbol. O sea, es una lucha muy real. La tribuna es una metáfora del mundo. Los códigos que atraviesan el comportamiento de la barra brava son profundamente machistas, de discriminación hacia las mujeres. De hecho, así empieza la película.
Cuéntenos un poco más, ¿cuál es la historia e inspiración detrás?
Como realizadora en el cine santandereano, me enfrenté a diversas situaciones de acoso, bullying y obras derivadas de las mías que no fueron autorizadas. Llegué a un punto en el que habría podido desistir de hacer cine. En medio de esa frustración por la que estaba pasando, recordé que había conocido a unas mujeres barristas cuya actitud me había parecido tan interesante que tal vez podría trabajar con ellas en una ficción.
Fui a buscarlas una noche al espacio de la barra brava grande del Bucaramanga, que es La Fortaleza. Cuando llegué, conocí a la protagonista, Natalia Montealegre. Ella me contó que esa semana iba a pedirle el aval al Comité de Líderes para que su parche, Las Arrogantes, fuera oficial y pudieran sentarse en el comité de líderes de la barra. Eso les daría ciertos derechos, como tener acceso a las finanzas de la barra y tener voz y voto en los espacios donde se toman las decisiones. También podrían tener su propia bandera, la bandera de Las Arrogantes, y colgarla en el estadio.
Yo la conocí el lunes y ese viernes les negaron el aval y vetaron a Natalia de la barra por haber organizado a las mujeres. La sacaron en medio de una situación de bullying muy fuerte. Me dijo: “ya no soy de La Fortaleza, me vetaron. Ahora soy de La Gran Familia”. Me explicó que era la disidencia del Bucaramanga, las liebres de La Fortaleza.
Cuando vi que su respuesta era de resistencia, pensé: “Ella es una de las mías. Ella va a luchar, va a pelear, no se quiere dejar borrar del espacio en el que existe y en el que está su pasión”. En ese momento pensé en mi experiencia en el cine santandereano. Nos volvimos aliadas y desde entonces la entrevisté para que me contara su historia. Ahí empezó ese viaje de Las Bravas para entender juntas lo que nos estaba pasando en esta ciudad, que es supremamente machista.
La violencia contra las mujeres en Santander es ruidosa, escandalosa y social. Yo nací en esta tierra y he tenido que enfrentar el machismo desde la cuna. Siempre había querido encontrar una historia que me permitiera entender esa doble condición del machismo santandereano, que es tan violento y ruidoso y que, a la vez, convive con esa fama que tenemos las santandereanas de ser mujeres bravas, aguerridas y contestatarias. Ese día encontré esa puerta y decidí atravesarla. Sentí que esa historia me estaba buscando y que era una película necesaria.
¿Por qué la película se llama Las Bravas? ¿Qué hay detrás de ese nombre?
La palabra brava históricamente ha estado relacionada con el fútbol, con la fuerza y la confrontación, pero nosotras en esta obra proponemos otra forma de entender la bravura, y es la valentía para desafiar el orden patriarcal, para permanecer donde nos quieren expulsar y para transformar esos espacios en una organización donde quepamos las mujeres. La palabra también sirve para entender la arrogancia de otra manera, porque esa palabra es muy importante en Santander. Nuestro himno dice, y en la película está incluso, “Santandereanos, siempre arrogantes, santandereanos, ni un paso atrás, porque llevamos en nuestra sangre la libertad”. Entonces, es entender cómo esa bravura, esa arrogancia, es la determinación de resistir, de contestar, de rebelarse, de no dejarse borrar de los espacios que ya hemos ganado las mujeres.
¿Qué conversaciones espera abrir esta película, especialmente dentro del barrismo y el feminismo?
Esta película quisiera también aportar al feminismo colombiano y latinoamericano, mostrando que la lucha por la igualdad ocurre en lugares diversos. Una cosa por la que me enamoré muchísimo de la historia es que es un proceso feminista popular y que las mujeres de los barrios populares latinoamericanos también luchan. Allí también están dando la pelea desde ese espacio y creo que es algo que debemos reconocer, que el feminismo no es solo un tema académico ni de redes sociales, sino que también está en los barrios de Latinoamérica, donde las mujeres están dando la pelea desde unas formas de lucha muy viscerales y orgánicas. Para mí, eso es como una de las cosas que me enamoraron más de la historia.
¿Qué luchas feministas están impulsando las mujeres desde el barrismo?
Desde el barrismo en Colombia hay procesos muy importantes. Por ejemplo, hablemos de sororidad. Es un reto que tenemos las feministas, que estamos movidas por este deseo y por esta lucha. Ellas en la barra encuentran en la sororidad, en la alianza, una forma de resistir a la violencia. La junta femenina fue satanizada desde el patriarcado y recuperar ese espíritu de sororidad entre nosotras creo que es lo que nos va a ayudar a avanzar frente a los retos actuales.
Ya en Colombia hay barras femeninas paralelas, como la Coordinadora Futbolera. Todas están en distintas etapas. Unas quieren por un lado que el parche exista dentro de la barra masculina. Y hay otras que ya entendieron que tienen que salir y crear espacios propios, y buscar no la igualdad, sino la liberación de los espacios que las oprimen. Es decir, crear, por ejemplo, una barra que tenga esas especificidades de lo que necesitan las mujeres, como que puedan llevar a sus hijos al estadio.
Allí hay unos procesos feministas muy interesantes y diversos que vale la pena visibilizar. Por eso invito a que veamos la película, confrontemos y pongamos esta conversación en la mesa. Es un espacio muy político [la barra] que funciona de una manera patriarcal y que se presta para mostrar lo que pasa en el país entero.
¿Qué hay en Las Bravas que puede resonar con mujeres que nunca han estado en una barra?
Escogí esta historia precisamente por la respuesta de ellas frente a esas situaciones que pretenden convertir en víctimas a las mujeres que luchan por existir en un espacio dominado por hombres, en un sistema que quiere oprimir a quienes sobresalen o que quieren tener derechos en un espacio que ellos dominan. En palabras de una de las protagonistas, “cuando queremos un pedazo del pastel, nos cortan la cabeza”. Eso es la película.
Tenemos que entender que no son violencias aisladas, que no son comportamientos machistas de fulanito y sultanito, sino que estamos hablando verdaderamente de un sistema de control social sobre las mujeres. Que eso que nos ha pasado es una experiencia colectiva, no una anécdota personal. Y que, como dice Catalina Ruiz Navarro, “las mujeres que luchan se encuentran”. ¿Y qué pasa cuando se encuentran? Se cuentan sus vivencias y se dan cuenta de que todas hemos vivido lo mismo.
Eso propone esta película, que nos encontremos en el cine. Que nos encontremos las barristas, las feministas, las que luchan desde el deporte, desde el derecho, desde la ciencia, desde el cine, desde la literatura, desde el periodismo, porque lo que cuenta esta historia es un viaje de las mujeres que luchamos. Así lo propuse en la estructura narrativa. El contexto es la barra, pero, en realidad, es una película que cuenta muchos temas de la vida de las mujeres y a lo que nos enfrentamos cuando queremos, cuando no desistimos.
Después de acompañar este proceso, ¿qué esperanza encontró en las experiencias y luchas de las mujeres barristas?
Yo creo que la esperanza está en la sororidad, reconociendo también, con mucha honestidad, que para nosotras es un reto. Es un reto porque todas y todos estamos atravesados por los códigos del patriarcado. Es un sistema en el que vivimos, en el que crecimos, en el que nos educaron, y tenemos la oportunidad de tomar conciencia de eso, desaprender y aprender nuevos códigos para relacionarnos de maneras diferentes entre nosotras.
Creo que reconocer eso es fundamental en este momento de la lucha. Y que esa sororidad, esa solidaridad entre nosotras, se logre simplemente porque somos mujeres, sin importar la ideología, el estatus socioeconómico, el nivel educativo ni otras cosas que nos atraviesan. Que logremos reflexionar acerca de la necesidad que tenemos de la sororidad y de cómo esta puede incluso salvarnos la vida o ayudarnos a conquistar las luchas que tenemos. Entonces, yo creo que ese es el punto de reflexión y de inquietud hacia el que va la respuesta que propone la película.
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