La María Teresa Arizabaleta de 20 años, jovial y siempre crítica, había pasado toda su vida sin saber lo que era que una mujer pudiera votar, “yo anhelaba ver mi dedo marcado de rojo”, dice. Durante dos décadas, nunca conoció la posibilidad de entrar a una urna, una realidad que desde muy pequeña le generó muchas preguntas que sus padres no sabían cómo responder. En la sociedad colombiana de ese entonces, a las mujeres se les reservaba el lugar de madres, esposas e hijas, bajo la autoridad de los hombres de sus familias. En la suya no eran pocos, pues ella era la única mujer entre cinco hijos.
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Hoy, a sus 92 años, cuando se cumplen 72 años de la aprobación del voto femenino en Colombia, le parece impensable una vida en la que las mujeres no participen en política. Por eso le sorprende que, en la actualidad, haya personas que propongan revocar ese derecho: “¡Ay, carajo! Que las mujeres deben darle una patada en el fondillo y mandarlos al diablo, que les pesen las tetas”, responde al escuchar la pregunta al otro lado de la línea.
La conversación se da en torno al movimiento “Repeal the 19th”, liderado por figuras religiosas, políticas y creadores de contenido de la extrema derecha en Estados Unidos, que argumentan que el voto de las mujeres no es necesario y que, por el contrario, habría causado problemas en el país. Impulsan el llamado “voto por familia” y estos discursos, difundidos en blogs, podcasts y videos en redes sociales, ya están siendo replicados en español en algunas partes de América Latina.
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Con la tenacidad que siempre la ha caracterizado, insiste en que es una propuesta que no tiene sentido y nunca lo tendrá. “La mujer tiene tanto derecho al voto como el hombre. Así como él desayuna, almuerza y come, y nosotras desayunamos, almorzamos y comemos, tenemos los mismos derechos que ellos. Así como ellos trabajan ocho o nueve horas, nosotras incluso trabajamos más. Tenemos los mismos derechos y por nada del mundo nos los vamos a dejar quitar”, afirma.
Lo que no le sorprende son los argumentos que promueve ese discurso. El “voto por familia” era la misma consigna que usaban los contradictores del sufragio femenino cuando ella era una adolescente y la calle era su lugar favorito para exponer sus ideas. “Lo que decían era que no era necesario que las mujeres votaran, porque el voto del hombre representaba las ideas de toda la familia y que con eso era suficiente, jajaja. ¿Te imaginás?”, cuenta con su indistinguible acento valluno entre risas, quizás con una risa cargada de sarcasmo. “Y yo decía: ‘No, no es cierto, porque mi papá piensa de una forma y mi mamá de otra’”.
Esa certeza no nació de repente. María Teresa llevaba años haciéndose preguntas. Algunas habían empezado cuando era apenas una niña, observando a su propia familia y tratando de entender por qué, si su mamá y su papá podían pensar distinto, uno de los dos tenía el derecho de decidir políticamente y la otra no. “Siempre que acompañábamos a mi papá a votar yo sentía una rabia porque mi mamá no podía votar. Un día llegué a meter el dedo de ella en la tinta roja y le dije: ‘Ya, ya votaste. ¿No? ¿Por qué no puedes votar?’. Y ninguno de los dos sabía cómo responder”.
Su mamá, María Helena Calderón, era líder de una organización de mujeres católicas. Su papá, Juan Demetrio Arizábaleta, había alcanzado el grado 33 de la masonería, uno de los máximos reconocimientos dentro de esta fraternidad, históricamente asociada con espacios de debate, sociabilidad y discusión de ideas. Fue él quien le enseñó a leer cuando ella tenía apenas tres años, relata. También fue, sin proponérselo, la primera persona que la acercó a conversaciones que terminarían despertando aún más su curiosidad. “Él se reunía con gente de la élite y yo escuchaba muchas de sus conversaciones. Todos me parecían muy inteligentes. Hoy no podría decir lo mismo de todos, jajaja. Pero en esos años yo escuchaba y después les hablaba de esas cosas a las niñas de mi colegio”, recuerda.
Entre esos dos mundos tan distintos, María Teresa empezó a formar el carácter crítico que la acompañaría por el resto de su vida. Aprendió muy temprano que las ideas podían discutirse y que también era posible rebatirlas. El problema era que, en la Colombia de los años cuarenta, una niña que hacía preguntas y contradecía a los demás no era bien visto. “Todos mis recreos los pasé castigada. Yo era una niña muy rebelde”, acota. Tenía apenas ocho años cuando entró al Gimnasio Femenino del Valle, que, pese a su nombre, era un colegio mixto en el que estudiaban tanto hombres como mujeres. Allí, conoció a quien también sería artífice de alimentar sus ideas: la directora, Matilde González, a quien todavía llama “la señorita Matilde”.
En uno de esos tantos recreos que pasó castigada, la dejaron junto a una ventana. Desde allí alcanzó a ver una reunión entre la directora, Esmeralda Arboleda y Alberto Lleras Camargo. Y, como era de esperarse por su personalidad, en lugar de conformarse con mirar desde afuera, quiso saber qué estaba ocurriendo al otro lado del cristal. “Yo quería estar ahí y escuchar, así que le pedí a la señorita Matilde que me dejara estar castigada en esa reunión y le prometí que me quedaba en silencio”. La directora accedió. Quedó completamente encantada al escuchar a la abogada Esmeralda Arboleda, quien iba todos los viernes a esa reunión.
“Yo llegaba del recreo y les daba cátedra a mis compañeras. ¿Qué les decía? Pues que nosotras teníamos que tener los mismos derechos que los hombres, que por qué no, que teníamos que hacer algo para que eso pasara algún día”, agrega.
Ella aprovechaba cualquier espacio para hablar con sus compañeras sobre los derechos de las mujeres. Y fue también en esos años de colegio cuando vivió una situación que terminaría marcándola. Una de sus compañeras, Lucero, fue sobreviviente de violación cometida por un odontólogo, un hombre mayor. Cuando se enteraron de que estaba embarazada, las familias de sus compañeras obligaron a sus hijas a alejarse de ella porque la consideraban una “mala influencia”.
María Teresa no lo hizo. Siguió siendo su amiga. “Ella tuvo que cargar con todo eso cuando tenía qué, como unos 12 años, mientras que el infame siguió su vida como si nada”, asegura. Para ella, la injusticia no estaba en Lucero, sino en una sociedad que terminó castigando y aislando a una niña por la violencia que había sufrido, mientras el hombre que la violentó continuó con su vida.
Con los años, esas preguntas y experiencias fueron dando más forma y fuerza, hasta que empezó a reconocerse como feminista. A sus 92 años -“bien vividos”, aclara- ya no recuerda exactamente cuándo se vinculó formalmente al movimiento sufragista. Lo que sí queda en su memoria es que, después de conocer a Esmeralda Arboleda, comenzó a viajar con ella para dar charlas sobre los derechos y la educación de las mujeres. Cuando empezaron las conversaciones en el Congreso, también se encargó de recoger firmas y participó en distintas manifestaciones.
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“Siempre fui rebelde y estaba convencida. Para mí, que pudiéramos votar era un recreo”, dice. Pero el camino hacia el sufragio estuvo lejos de ser un juego o fácil. Quienes se oponían a la causa las llamaban “malas mujeres”, “políticos con falda” o “mujeres desviadas”. En ocasiones, los ataques pasaban de las palabras a la violencia física.
Ella misma lo vivió cerca de La Merced. “Un hombre me pegó y me dio patadas y puñetazos. Me dijo que era muy feo que yo estuviera diciendo que las mujeres debían votar, que eso era muy feo. Y me pegó. Me dio puntapiés, me dio una patada en la cara”. Hace una pequeña pausa antes de volver sobre ese episodio y dice: “Para mí fue muy duro crecer, porque crecí con todas las contradicciones de la sociedad”.
Fue a sus 20 años cuando recibió la llamada que, de alguna manera, llevaba casi una década esperando desde aquellos días en que, castigada junto a una ventana del colegio, intentaba escuchar las conversaciones entre quienes hablaban del futuro del país. Al otro lado de la línea estaba Esmeralda Arboleda con la noticia: el 25 de agosto de 1954, el Congreso de la República había aprobado el derecho al voto de las mujeres en Colombia. “Yo estaba muy ansiosa y muy emocionada”, cuenta.
La aprobación, que quedó formalizada con la reforma constitucional del 27 de agosto de ese año, era apenas el comienzo. María Teresa todavía tenía que esperar, pues con 20 años no había alcanzado la mayoría de edad, que entonces se cumplía a los 21. Pero tres años después llegó el tan anhelado momento. El 1 de diciembre de 1957, las mujeres colombianas votaron por primera vez y María Teresa, que durante años había dicho que soñaba con ver su dedo marcado de rojo -la tinta utilizada entonces para identificar a quienes ya habían votado-, finalmente pudo hacerlo junto a su madre.
La jornada también dejó al descubierto que, aunque el movimiento sufragista estaba representado públicamente por un grupo reducido de mujeres que participaban de manera visible en los debates, 1.835.255 mujeres acudieron a votar en el plebiscito en el que se aprobó el Acuerdo del Frente Nacional. La participación mostró que el deseo de intervenir en las decisiones del país no pertenecía únicamente a quienes habían encabezado públicamente la lucha.
Sin embargo, la memoria histórica reconoce a Josefina Valencia de Hubach, Lucila Rubio, Bertha Hernández, Ofelia Uribe, María Teresa Arizabaleta, Rosita Turizo, Mercedes Abadía, María Currea y Esmeralda Arboleda como algunas de las mujeres que abrieron camino y lucharon sin cansancio. Décadas después, su papel fue reconocido a través de la Ley 2463, que adiciona y modifica la Ley 2412 de 2024. La norma contempla actos conmemorativos, esculturas y otras obras artísticas, además de espacios académicos y culturales para preservar la memoria del movimiento.
María Teresa es hoy la única sufragista que sigue viva para contar esa historia y dar fe de una lucha que, para ella, no terminó con la conquista del voto. Siguió participando en manifestaciones y cuestionando las decisiones políticas del país. En 1973, por ejemplo, viajó de Cali a Bogotá para protestar junto a otras mujeres contra la repartición del poder entre liberales y conservadores que, a su juicio, se había convertido en una democracia fallida. Incluso, continúo con la costumbre de llevar la política a su casa. “Me enamoré de un godo muy godo, Daniel. Teníamos un jeep y mientras él sacaba una bandera azul por una de las ventanas, yo sacaba mi bandera roja. Siempre me respetó, siempre respetó mis luchas”, recuerda.
Después vendrían muchas otras primeras veces. Fue la primera mujer embarazada en estudiar en la Universidad del Valle y la primera profesora de matemáticas de la misma institución. También fue senadora, participó en la creación de las comisarías de familia, fue la primera mujer candidata a la Alcaldía de Cali y la primera directora de Planeación Municipal. Entre otros logros.
A sus 92 años, María Teresa reconoce en su propia historia una misma obstinación: no quedarse quieta cuando algo le parecía injusto y no tener miedo. Esa obstinación la llevó a discutir, a marchar, a estudiar, a hacer política y a ocupar lugares donde antes no había mujeres. También le trajo insultos, escupitajos y golpes. Pero nunca consiguieron callarla. Eso sí, nunca imaginó que viviría lo suficiente para ver cómo, décadas después de aquella lucha, el voto de las mujeres volvía a ser cuestionado en alguna parte del mundo. Pero así fue. Y para las mujeres feministas que hoy defienden ese y otros derechos, tiene un mensaje claro e irreverente: “Que les pesen las tetas, ole, que no se dejen quitar nuestros derechos”.
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