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Atender a damnificados, liderar ayudas humanitarias y acompañar causas sociales ha sido, históricamente, parte de esa “noble tradición” de las primeras damas. O, por lo menos, así lo describió la Corte Constitucional en los años noventa. Una lógica que en Colombia terminó por institucionalizarse alrededor de las esposas de los mandatarios. Al final, a ellas también se les ha asignado históricamente el papel de cuidar, atender y acompañar. Un trabajo que durante siglos ha recaído sobre las mujeres y que el feminismo ha puesto bajo la lupa por las desigualdades que esa distribución ha dejado.
Se ha visto en múltiples ocasiones. Mientras el expresidente Juan Manuel Santos avanzaba con la implementación del Acuerdo de Paz, María Clemencia Rodríguez, conocida como Tutina, acompañaba esa misma agenda desde un lugar mucho más simbólico. En 2017 envió a distintas personalidades regalos con la frase “en nuestras manos está reconciliarnos”, acompañados de un esmalte de uñas color “reconciliadora”, lanzado como parte de una campaña de Masglo. Esto es apenas una pequeña muestra de las muchas gestiones que realizó durante esos ocho años, casi siempre alrededor de asuntos similares: ayudas a damnificados por emergencias climáticas, regalos de Navidad en algunas bases de las Fuerzas Armadas y su participación como una de las principales voces de las estrategias de atención integral a la primera infancia.
Ese vínculo entre las primeras damas y las labores simbólicas de contención y cuidado viene de mucho antes. Fue en 1934, con María Michelsen Lombana, esposa del entonces presidente Alfonso López Pumarejo, cuando se estrenó en el país la figura de la primera dama de la Nación. Desde entonces, quienes han ocupado este rol han concentrado buena parte de su agenda en asuntos ligados al cuidado, especialmente, en los temas relacionados con la infancia, las mujeres, la familia, la salud, la educación o la atención de poblaciones en situación de vulnerabilidad.
Y quizá uno de los ejemplos más claros está en el nacimiento de una de las principales instituciones de cuidado y protección de niñas, niños y adolescentes en Colombia, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Fue Cecilia de la Fuente, esposa del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo, quien, en medio de su agenda como primera dama, impulsó la Ley 75 de 1968, conocida como “Ley Cecilia”, que, tras ser sancionada, dio paso a la creación del instituto.
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Este patrón volvió a aparecer durante los primeros tres días del gobierno de Abelardo de la Espriella, tras el terremoto del 10 de agosto que dejó graves afectaciones en Risaralda, Valle del Cauca, Chocó y Caldas. En medio de la emergencia, Ana Lucía Pineda, primera dama, asumió un papel visible en la movilización de ayudas humanitarias, acompañada por las llamadas “Tigresas de la Patria”.
Una de las principales iniciativas ha sido la campaña “Colombia, un solo corazón”, activada para coordinar la recolección, el transporte y la entrega de donaciones. En ella han participado entidades como el Banco de Alimentos, la Fundación Minuto de Dios, empresas privadas y otras organizaciones que han aportado productos, transporte y capacidades logísticas para atender las necesidades básicas de las zonas afectadas. Pineda ha sido tan visible que el mandatario le agradeció públicamente durante su primera alocución presidencial, el pasado 17 de agosto: “Gracias, gracias por tanto, vida mía”.
Pero si atender una emergencia y movilizar ayudas es un asunto público, ¿por qué la mayor parte de ese trabajo termina asociado a la esposa del presidente? Las primeras damas han ocupado ese lugar desde la creación del rol. Y esa tradición también habla sobre cómo el cuidado ha quedado, una y otra vez, en manos de las mujeres.
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Primeras damas: ¿por qué el cuidado sigue siendo “cosa de mujeres”?
Más que evaluar su gestión en medio de una emergencia humanitaria, Viviana Vargas Vives, activista, feminista y defensora de derechos humanos, señala que este accionar no es nuevo y responde a una asociación histórica entre las mujeres y las labores de cuidado. “Aunque en Colombia hemos tenido ejemplos de primeras damas que recientemente han ejercido roles distintos y se han querido desmarcar también de ese concepto, la realidad es que el lugar de la primera dama desde siempre, ha estado en todo aquello que se asocia a labores propias de la maternidad”, dice a El Espectador.
Desde los estudios de género, a esto se le ha llamado “maternalismo”. Es decir, la idea de que cuidar, proteger, acompañar, alimentar o educar son cualidades supuestamente “naturales” en las mujeres. Y que, cuando ellas están expuestas a la vida pública, esas tareas pueden extenderse también hacia la sociedad, como una especie de “vocación maternal”. De hecho, las cifras muestran que esa asociación también se mantiene entre mujeres que no ocupan espacios de poder: según la OIT, el 72 % de las personas dedicadas al cuidado comunitario en Colombia son mujeres, en su mayoría sin remuneración ni protección laboral.
“Hemos tenido mujeres liderando entidades, liderando carteras, en roles directivos, pero es que aquí no solamente entra a jugar el factor de la mujer, sino el factor de la esposa. Porque el rol de la esposa es un rol que, cuando concierne a la primera dama, pesa más que su condición de ser mujer, su condición de ser profesional, su condición de tener otras capacidades, y por ser precisamente una persona que no está ahí por sus capacidades, sino por ser la esposa”, agrega Vargas.
La Corte Constitucional terminó por delimitar ese papel en 1993, a partir de la revisión de las funciones que históricamente habían asumido las primeras damas en la junta directiva del ICBF. Señaló que no son servidoras públicas, sino ciudadanas particulares frente a la administración, sin sueldo ni presupuesto propio, y que su papel es principalmente protocolario y de acompañamiento al jefe de Estado. Aun así, la Corte reconoció que podían mantener esa “noble tradición” de tener iniciativa en asuntos de asistencia social y beneficencia pública.
La pregunta, entonces, no es solo por qué las primeras damas terminan ocupándose del cuidado. También qué lugar ocupan esas tareas dentro del poder. Históricamente, mientras la seguridad, la economía o la defensa han sido presentadas como asuntos estratégicos, la atención a la infancia, la asistencia humanitaria y el cuidado han quedado con frecuencia en un terreno asociado a la sensibilidad, la caridad o la “vocación femenina”.
Para Vargas, que estas labores hayan quedado históricamente relegadas a ellas también habla del lugar que los gobiernos les han dado a los asuntos humanitarios. “Eso lo que nos demuestra es que siempre han sido un asunto de menor prioridad o de ninguna prioridad”. Y agrega que esto puede verse incluso en figuras políticas de corrientes muy distintas, donde persiste una aspiración a representar el poder de forma “hipermasculinizada”.
La fuerza, las decisiones estratégicas y asuntos como la seguridad, la defensa, la economía o la infraestructura siguen apareciendo como terrenos donde estas figuras ponen a prueba su capacidad de mando. “El lugar de sus esposas es en aquello que para ellos no es prioritario, en aquello que para ellos no es un asunto estratégico, donde puedan poner a prueba su poder masculino”, afirma.
Por su parte, Li Cuéllar, profesional en historia, codirectore y cofundadore de Sentiido, coincide en que en América Latina los principios cristianos han influido en la forma de entender la familia heterosexual, especialmente en las expectativas sobre el papel de la madre y sobre lo que significa “ser mujer”. Aun así, se distancia de la idea de reducir a las primeras damas a meros adornos. “No son solamente protocolarias, sino que toman banderas. Creo que se puede ver desde diferentes perspectivas políticas. Por ejemplo, Cristina Fernández es el mejor ejemplo de eso, de cómo ella tuvo un papel súper importante y llegó a la Presidencia de manera contundente”, asegura en conversación con este diario.
Cuéllar se refiere al caso argentino. Cristina Fernández fue la pareja sentimental de Néstor Kirchner durante su presidencia. Al terminar ese mandato, en 2007, fue elegida presidenta de Argentina. Se convirtió así en la primera mujer en llegar al cargo por elección popular y la segunda en ejercerlo. Finalmente, gobernó durante dos periodos consecutivos.
Por eso, se distancia de aquella imagen de la primera dama como una figura principalmente protocolaria, anfitriona de la casa presidencial o acompañante en viajes diplomáticos. Y vuelve al ejemplo del ICBF: “Pues uno dice, ay sí, pues la niñez, esa labor como tan noble, pero finalmente esta señora terminó empujando la creación de una institución que, con todos los problemas que tiene, se encarga de salvaguardar los derechos de la niñez”, dice.
Aun reconociendo esa capacidad de incidencia, Cuéllar pone la atención en que cuidar también implica decidir a quién se cuida. Para explicarlo, recuerda el caso de Diana de Gales. Aunque ocupó un lugar distinto al de las esposas presidenciales, su figura mostró que incluso las causas humanitarias están atravesadas por expectativas sobre qué personas se consideran dignas de recibir cuidado y atención. En medio del fuerte estigma alrededor del VIH, la princesa de Gales desafió parte de esos límites al acercarse públicamente a personas que vivían con el virus.
“Ellas tienen un poder en el Ejecutivo muy importante, por eso, si van a mover agendas, hay que preguntarles esas agendas a quiénes incluyen. ¿Qué incluye ese cuidado? ¿A quiénes va a incluir? Creo que la pregunta más importante para mí en este momento es: ¿qué infancias va a cuidar y a qué infancias va a dejar por fuera? ¿A qué mujeres va a cuidar y a qué mujeres va a dejar por fuera?”. Cuéllar afirma que en el actual gobierno se promueve una idea de protección basada en valores cristianos que, a su juicio, deja por fuera a determinados grupos de la población.
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Frente a las ayudas humanitarias que se están movilizando tras el terremoto, las expertas coinciden en que estas deben ir acompañadas de veeduría, criterios técnicos y transparencia sobre el uso de los recursos. También señalan que la distribución debe tener en cuenta las desigualdades previas de los territorios afectados y que el control político no debería empezar al final, sino desde el mismo momento en que se toman las decisiones.
Para cerrar, Vargas insiste en que la discusión de fondo está en cómo se distribuyen ciertas tareas dentro del poder, algo que, a su juicio, puede reforzarse en el actual gobierno. Sin cuestionar por ahora la gestión de Pineda, considera que su papel puede terminar concentrándose en las labores asociadas con la sensibilidad y el cuidado, para reforzar el lado más humano del presidente.
“Eso va a terminar agudizando obviamente otro tipo de prejuicios alrededor de las mujeres. Nuevamente nos va a volver a hacer pensar que la fuerza, la administración más seria, es un asunto de los hombres y todo lo que indique caridad, sensibilidad y cuidado vulnerable es un asunto de las mujeres, sin ni siquiera evaluar capacidades, sin ni siquiera evaluar habilidades, sin ni siquiera evaluar cualificación”, concluye.
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